Existe un hecho que ha sido sistemáticamente erradicado de todas las biografías y autobiografías de The Clash: la presencia de Steve Jones en el escenario de los liderados por Strummer. Recuerdo, en 1987, el artículo que escribió Pablo “El New Wave”, en el fanzine Miseria Juvenil, al respecto. Resulta que a mitad de la gira de The Clash «Out On Parole», en 1978 (donde tuvieron como teloneros a The Specials y a los americanos Suicide), el guitarrista de los Sex Pistols, Steve Jones, empezó a aparecer por sorpresa en los shows de los Clash, para subirse a tocar en los bises del grupo.

El arte en general, a menudo ha sido la manera que tiene el artista de sacar hacia afuera aquello que le duele. Cuando el artista ha acabado tomando alguna decisión irreversible, como suicidarse o cortarse una oreja, es cuando se ha hecho algún análisis de sus porqué y cómo. Pero en general, en los restantes casos, en el mundo del rock este análisis ha sido muy poco habitual. Casi nulo.

Efectivamente; estoy hablando de que en Uruguay, entre 1979 y 1982 se editaron discos fabricados localmente pero que se vendían dentro de una tapa norteamericana. Cerrados y todo. ¡¡¡Como lo escucháis!!! Quien no comprase discos en 1980 u 81 (por ser muy joven o directamente no haber nacido aún) pensará que me he vuelto loco; o que la edad empieza a costarme en términos de neuronas muertas.

El fin de semana pasado, gracias al repertorio elegido por Víctor Nattero y Juan Casanova, en Sala del Museo, quedó demostrada, una vez más, la enorme vigencia de los textos de Traidores (condición que se hace extensiva a toda la Generación Graffiti). Canciones como “Mentiras”, “La muerte elegante”, “Flores en mi tumba”, “De amor y de guerra”, “Enemigo del mundo”, además de no tener fecha de caducidad (a diferencia de la mayonesa y el chocolate) se vieron potenciadas como consecuencia del semi-secuestro que estamos padeciendo (un atentado a los tratados de Epidemiología). Esos temas parece que fueron escritos ayer; cobraron otra dimensión, pasaron a otro nivel. Lamentablemente, esa experiencia no se da con todos los artistas, no todos son inoxidables.

Hoy escribiré sobre pedir disculpas; disculpas artísticas (que son las que de verdad importan). Puede que contractual o mercantilmente no haya que pedirlas. Pero artísticamente no caben dudas de que sí. Un ejecutivo de la música te dirá que no se les debe nada, que se les ha pagado por su trabajo y el contrato se ha cumplido en toda su extensión. Esto habrá sido así en muchos casos, seguramente. No hay porqué dudarlo. Pero artísticamente no va así la cosa.

Esta serie de artículos está dedicada a músicos de rock nacional que ya no están entre nosotros. En esta oportunidad nos referiremos a Mariel Marnai, vocalista de las bandas Los Suitos, Cifra, Argot y Macbeth. El artículo está compuesto de una pequeña biografía y una parte fundamental: gente del ambiente del rock cercana a Mariel que contribuyeron especialmente para este artículo respondiendo seis preguntas. Para el Rockuerdo de Mariel, contamos con el aporte especial de su esposo, Tony Aversa (Vade Retro, Pelo, Titanic III, 111, Polenta, Axis, Alvacast, Ilegal, Macbeth, Narval), Ernesto Sclavo (diseñador, ilustrador gráfico, periodista cultural, investigador histórico), Gabriela Aguiar (Darkprincess Eskol) (Entre Rejas, Agathor, Amaduzia, soprano del Coro del SODRE), Martiniano Olivera (ADN, Zero, Macbeth, Sally Spectra, Polaroids, Crvcera), Enrique Domingo (Territorios, Axis, Macbeth, Hielo Seco, Narval, Sicarios Del Amor, Nocivo), Jorge Camero (Pelo, Attica, Luz Roja, C.A.S., Ilegal, Abxtracta) y Marcel Loustau (diseñador gráfico, fotógrafo).

Después de comprar el litro de vino suelto en el bar “La Pocha”, terminábamos en un banco de la Placita Viera, nuestro lugar en el mundo en aquellas tardes de estaciones bien marcadas. Los vecinos más reaccionarios, decían que cuando Piko, encargado de la taberna, se descompensaba, orinaba dentro de la damajuana del clarete. A veces le encontrábamos un sabor extraño, pero cuando tenés 17 años eso poco importa.