Detallados artículos del guitarrista Ramón Aloguín, perteneciente a las bandas de blues Rescate y La Incandescente Blues Band.

Buenos días, aquí el abuelo Ramón con más historias y batallitas de sus tiempos mozos. La lozana y bravía juventud de hoy día poco conoce de pretéritas épocas en las que no había internet, no había móviles, no había MTV, no había videos (ni promocionales ni en vivo). Y TAMPOCO HABÍA DEMOCRACIA NI LIBERTAD. Lo que había era rockeros mudos, inmóviles, que a veces te miraban desde las portadas de sus discos. ¿Y por qué a veces?

La definición que da Wikipedia es la siguiente: “El slide o bottleneck es una técnica de guitarra en la cual se toca una nota, y luego se desliza el dedo a otro traste, hacia arriba o abajo del diapasón. Esta técnica es utilizada para producir sonidos evocativos, llorosos, melancólicos o chillones. El término slide se utiliza en referencia al gesto de deslizamiento sobre las cuerdas, mientras que bottleneck se refiere al material original utilizado en dichos deslices, que era el cuello de botellas de vidrio”.

El reciente (y brillante) artículo de Ariel Scarpa “Quien dice que el rock está muerto es porque él lo está”, me ha hecho retomar un artículo que tenía pensado pero no escrito aún. Hemos hablado en anteriores notas sobre la apuesta clara por la música disco por parte de la industria musical desde mediados de los 70s; y aproximadamente hasta 1980-81. También dijimos y demostramos que ése fue exactamente el comienzo del declive (y perdón por la palabra) del suicidio de la industria discográfica tal y como se había conocido hasta entonces.

¿La verdad? Pues no lo sé. ¡¡¡No lo sé!!! Fin del artículo y gracias a todos por vuestro tiempo. Podría perfectamente dejarlo aquí. Acertada o erróneamente, yo hasta bien entrado mis 20 años, creía que el productor era quien pagaba la grabación del disco (como en el cine, productor es quién paga la película). Después descubrí que encima existía otro personaje: el arreglista o arreglador. Y allí ya comenzó a darme asco la cosa; mucho asco. Es decir: compongo una canción, y resulta que necesito un productor, un arreglador y pongamos encima además, un manager. Con todo esto, a mí ya se me quitan las ganas de tocar y de hacer música.

El arte en general, a menudo ha sido la manera que tiene el artista de sacar hacia afuera aquello que le duele. Cuando el artista ha acabado tomando alguna decisión irreversible, como suicidarse o cortarse una oreja, es cuando se ha hecho algún análisis de sus porqué y cómo. Pero en general, en los restantes casos, en el mundo del rock este análisis ha sido muy poco habitual. Casi nulo.

Efectivamente; estoy hablando de que en Uruguay, entre 1979 y 1982 se editaron discos fabricados localmente pero que se vendían dentro de una tapa norteamericana. Cerrados y todo. ¡¡¡Como lo escucháis!!! Quien no comprase discos en 1980 u 81 (por ser muy joven o directamente no haber nacido aún) pensará que me he vuelto loco; o que la edad empieza a costarme en términos de neuronas muertas.

Hoy escribiré sobre pedir disculpas; disculpas artísticas (que son las que de verdad importan). Puede que contractual o mercantilmente no haya que pedirlas. Pero artísticamente no caben dudas de que sí. Un ejecutivo de la música te dirá que no se les debe nada, que se les ha pagado por su trabajo y el contrato se ha cumplido en toda su extensión. Esto habrá sido así en muchos casos, seguramente. No hay porqué dudarlo. Pero artísticamente no va así la cosa.