Historias, anécdotas y entrevistas de Hugo Gutiérrez, baterista de la histórica banda uruguaya de punk rock, La Sangre de Verónika.

“Están tirando mucho de la cuerdita”, me dijo Pope, con la tapa del Sansueña en su mano derecha. La púa de la MK2 torturaba el vinilo mientras un ganso de pico rojo, hervía en una olla de pésima higiene. Pope vivía en un predio ocupado atrás del Zoo Municipal y estaba cursando una profunda depresión, que lo había hecho perder veinte kilos, producto de una ruptura amorosa. Según mi profesora de Filosofía del IAVA, Pope escuchaba rock. Pope escuchaba Darnauchans. Por lo tanto, Darnauchans era rock.

“Me tenés que hacer la segunda, Hugo. ¡Por favor, no me dejés tirado!”, me dijo Javier en un tono que no le había escuchado antes. Estábamos entrenando en el garage de Fajardo, unos años antes de que se convirtiera en sala de musculación de la Selección Uruguaya de Basketball. Sonaba DRI con Jello Biafra en el casetero del radiograbador, y mientras me ayudaba con la última repetición de press de pecho inclinado, me volvió a explicar: “la condición para que Betiana acepte salir conmigo es que lleve un amigo para Dafne. Vos estás solo, no te cuesta nada hacerme esa gauchada”.

The Clash debutó un 4 de julio de 1976 (mientras Ramones tocaban en Roundhouse) en el Black Swan de Sheffield. Su segunda presentación fue un show privado (sólo para la prensa) que brindó el 13 de agosto en su sala de ensayos, Rehearsals Rehearsals (que compartían con, los también manejados por Bernie Rhodes, Subway Sect) ubicada en el límite de Camden Town y Chalk Farm. Dos días después de tocar en el cine Screen on the Green de Islington, su tercera presentación, (al otro día de los disturbios del carnaval de Notting Hill, que dieron origen al tema “White riot”). El 31 de agosto de 1976 los Clash volvieron a telonear a los Sex Pistols, ahora, en el 100 Club de Londres.

¡La putísima madre que te re contra mil parió! ¿Cómo carajo le vas a decir “Feliz cumple” a un tipo que llegó a las 5 décadas? Es una broma de pésimo gusto. En todo caso, con un mínimo de sentido común, me tendrías que manifestar: “Lo lamento mucho. Te acompaño en el sentimiento”. Después de los treinta años, cada “aniversario” de tu natalicio no es un privilegio, es una condena, un cruel castigo. Una maldición que te convierte en un coleccionista de decepciones, catador de toda la gama de dolores.

Existe un hecho que ha sido sistemáticamente erradicado de todas las biografías y autobiografías de The Clash: la presencia de Steve Jones en el escenario de los liderados por Strummer. Recuerdo, en 1987, el artículo que escribió Pablo “El New Wave”, en el fanzine Miseria Juvenil, al respecto. Resulta que a mitad de la gira de The Clash “Out On Parole”, en 1978 (donde tuvieron como teloneros a The Specials y a los americanos Suicide), el guitarrista de los Sex Pistols, Steve Jones, empezó a aparecer por sorpresa en los shows de los Clash, para subirse a tocar en los bises del grupo.

El fin de semana pasado, gracias al repertorio elegido por Víctor Nattero y Juan Casanova, en Sala del Museo, quedó demostrada, una vez más, la enorme vigencia de los textos de Traidores (condición que se hace extensiva a toda la Generación Graffiti). Canciones como “Mentiras”, “La muerte elegante”, “Flores en mi tumba”, “De amor y de guerra”, “Enemigo del mundo”, además de no tener fecha de caducidad (a diferencia de la mayonesa y el chocolate) se vieron potenciadas como consecuencia del semi-secuestro que estamos padeciendo (un atentado a los tratados de Epidemiología). Esos temas parece que fueron escritos ayer; cobraron otra dimensión, pasaron a otro nivel. Lamentablemente, esa experiencia no se da con todos los artistas, no todos son inoxidables.

Después de comprar el litro de vino suelto en el bar “La Pocha”, terminábamos en un banco de la Placita Viera, nuestro lugar en el mundo en aquellas tardes de estaciones bien marcadas. Los vecinos más reaccionarios, decían que cuando Piko, encargado de la taberna, se descompensaba, orinaba dentro de la damajuana del clarete. A veces le encontrábamos un sabor extraño, pero cuando tenés 17 años eso poco importa.

El concepto de Banda “One-hit Wonder” en Uruguay, se puede aplicar perfectamente al grupo 9-28, son un claro ejemplo. A mediados de los ’80 su tema “Ciudad dormida” sonaba en todas las radios, desde El Dorado, pasando por Radio Independencia, hasta FM Del Molino de Pando. No había programa de rock en donde no sonara su pegadizo estribillo. Lo curioso era que no tenían disco editado, ni siquiera integraban una ensalada de la época, cosa que lo hacía más meritorio. Para aquellos que tuvimos la fortuna de verlos en vivo, además de su sólida base, que compartían con los punks LSD, se destacaba su frontman, Marcel Nuñez, poseedor de un gran registro vocal y una enorme presencia escénica. Después de varias décadas e intentos fallidos, dimos con su paradero y gentilmente accedió a ser entrevistado.

Pocas personas conocen la conexión California- Pando que se dio a fines de los años ’70. Clayton Merkle fue uno de los responsables de cambiar el transcurso del rock uruguayo para siempre. Dicho adolescente californiano había llegado a Pando, en 1979, en el marco del programa de intercambio estudiantil “Youth for understanding”. En la ciudad industrial se había hecho amigo de un púber Gustavo Parodi, quien vivía a 15 metros de la Comisaría local. “Nos contaba cómo vivían los jóvenes en USA, cómo se divertían y nos parecía que hablaba de otro planeta, porque realmente estábamos atrasados, crecimos en dictadura en el Liceo Brause absolutamente bajo control”, recuerda Parodi.