Historias, anécdotas y entrevistas de Hugo Gutiérrez, baterista de la histórica banda uruguaya de punk rock, La Sangre de Verónika.

El concepto de Banda “One-hit Wonder” en Uruguay, se puede aplicar perfectamente al grupo 9-28, son un claro ejemplo. A mediados de los ’80 su tema “Ciudad dormida” sonaba en todas las radios, desde El Dorado, pasando por Radio Independencia, hasta FM Del Molino de Pando. No había programa de rock en donde no sonara su pegadizo estribillo. Lo curioso era que no tenían disco editado, ni siquiera integraban una ensalada de la época, cosa que lo hacía más meritorio. Para aquellos que tuvimos la fortuna de verlos en vivo, además de su sólida base, que compartían con los punks LSD, se destacaba su frontman, Marcel Nuñez, poseedor de un gran registro vocal y una enorme presencia escénica. Después de varias décadas e intentos fallidos, dimos con su paradero y gentilmente accedió a ser entrevistado.

Pocas personas conocen la conexión California- Pando que se dio a fines de los años ’70. Clayton Merkle fue uno de los responsables de cambiar el transcurso del rock uruguayo para siempre. Dicho adolescente californiano había llegado a Pando, en 1979, en el marco del programa de intercambio estudiantil “Youth for understanding”. En la ciudad industrial se había hecho amigo de un púber Gustavo Parodi, quien vivía a 15 metros de la Comisaría local. “Nos contaba cómo vivían los jóvenes en USA, cómo se divertían y nos parecía que hablaba de otro planeta, porque realmente estábamos atrasados, crecimos en dictadura en el Liceo Brause absolutamente bajo control”, recuerda Parodi.

Recuerdo un ajetreado viernes de diciembre de 1989, en la mañana había salvado, en el tercer intento, el examen de Matemáticas de sexto año de Bachillerato del IAVA y por la noche tocaba La Tabaré Riverock Banda en La Tramoya, pequeño pub regentado por gente del teatro. Todo pintaba para una gran jornada. Era la época del Rocanrol del Arrabal que, desde el miércoles anterior, reposaba en las bateas de las disquerías capitalinas. Me había enterado de dicho show sorpresa gracias a la agenda de espectáculos del diario La Hora (órgano de prensa del PCU) que el padre de Andrés religiosamente compraba.

Aquellos que presenciaron la actuación de Leo Antúnez en el Parque Harriague (Salto, febrero de 1971) no dudan en denominarlo “el primer punk uruguayo” en pleno apogeo hippie. Al igual que sus contemporáneos catalanes Pau Riba y Oriol Tramvia, el carácter virulento de sus shows rompía los esquemas de la época. Lejos de buscar la manera de escuchar cumbia sin que genere culpa, lejos de las plataformas de streaming, lejos de reediciones esnobistas, aquí va una tímida pincelada del primer Woodstock criollo.

Algunas veces un cruce de miradas puede llegar a detener una hermosa canción. Bueno, al menos en mi cabeza ocurre. Vaya uno a saber por qué motivo la melodía sigue sonando pero, como por arte de magia, mi lóbulo temporal queda anestesiado y la deja de percibir. No suele pasarme con frecuencia, de hecho, es muy difícil que algo me desconcentre al disfrutar de una buena combinación de notas, pero cuando ocurre, estaré condenado de por vida a recordar el momento exacto del verso en donde mi cerebro se bloqueó. Increíblemente, nunca más volveré a registrar el final del tema. La representación de esos ojos, mantenidos en el tiempo, seguirán acaparando toda mi atención.

En una gélida Bariloche, Enrique Symns brindaba un taller literario, en la primera clase, ante unos veinte participantes, “El Duende Australiano” preguntó cuál había sido el peor invento de la humanidad. Alguien levantó la mano y dijo: “La bomba atómica”. Otro se inclinó por las armas biológicas. De esa manera, se sucedieron diversas posturas. Finalmente, Symns manifestó: “Están todos equivocados. El peor invento fue la imprenta”. Un alumno, entonces, le recriminó: “Pero usted, que es escritor, ¿dice eso?”. Y Symns, con petaca en mano, le contestó: “Sí, ¿sabés por qué? Porque el primer libro que se elaboró con la imprenta fue la Biblia, y con eso le envenenaron la cabeza a la humanidad entera durante dos mil años”.

Hace unos años, al dar vuelta una esquina de Villa Dolores, me encontré con un veterano desaliñado, boletos en mano, gritando: “Se viene el fin, se viene el fin”. Resultó ser Don Julián, quien había construido un arca en el techo de su casa y estaba vendiendo los pasajes a transeúntes devotos del apocalipsis.

Cuando me pidieron que escribiera un artículo sobre la figura del “Gallego” Dominguín enseguida me di cuenta que al hacerlo me sumergiría en mi infancia; más aún, sería como hacer un repaso de mi vida. ¿Con cuántas personas te puede ocurrir algo así?