Historias, anécdotas y entrevistas de Hugo Gutiérrez, baterista de la histórica banda uruguaya de punk rock, La Sangre de Verónika.

Existe un hecho que ha sido sistemáticamente erradicado de todas las biografías y autobiografías de The Clash: la presencia de Steve Jones en el escenario de los liderados por Strummer. Recuerdo, en 1987, el artículo que escribió Pablo “El New Wave”, en el fanzine Miseria Juvenil, al respecto. Resulta que a mitad de la gira de The Clash “Out On Parole”, en 1978 (donde tuvieron como teloneros a The Specials y a los americanos Suicide), el guitarrista de los Sex Pistols, Steve Jones, empezó a aparecer por sorpresa en los shows de los Clash, para subirse a tocar en los bises del grupo.

El fin de semana pasado, gracias al repertorio elegido por Víctor Nattero y Juan Casanova, en Sala del Museo, quedó demostrada, una vez más, la enorme vigencia de los textos de Traidores (condición que se hace extensiva a toda la Generación Graffiti). Canciones como “Mentiras”, “La muerte elegante”, “Flores en mi tumba”, “De amor y de guerra”, “Enemigo del mundo”, además de no tener fecha de caducidad (a diferencia de la mayonesa y el chocolate) se vieron potenciadas como consecuencia del semi-secuestro que estamos padeciendo (un atentado a los tratados de Epidemiología). Esos temas parece que fueron escritos ayer; cobraron otra dimensión, pasaron a otro nivel. Lamentablemente, esa experiencia no se da con todos los artistas, no todos son inoxidables.

Después de comprar el litro de vino suelto en el bar “La Pocha”, terminábamos en un banco de la Placita Viera, nuestro lugar en el mundo en aquellas tardes de estaciones bien marcadas. Los vecinos más reaccionarios, decían que cuando Piko, encargado de la taberna, se descompensaba, orinaba dentro de la damajuana del clarete. A veces le encontrábamos un sabor extraño, pero cuando tenés 17 años eso poco importa.

El concepto de Banda “One-hit Wonder” en Uruguay, se puede aplicar perfectamente al grupo 9-28, son un claro ejemplo. A mediados de los ’80 su tema “Ciudad dormida” sonaba en todas las radios, desde El Dorado, pasando por Radio Independencia, hasta FM Del Molino de Pando. No había programa de rock en donde no sonara su pegadizo estribillo. Lo curioso era que no tenían disco editado, ni siquiera integraban una ensalada de la época, cosa que lo hacía más meritorio. Para aquellos que tuvimos la fortuna de verlos en vivo, además de su sólida base, que compartían con los punks LSD, se destacaba su frontman, Marcel Nuñez, poseedor de un gran registro vocal y una enorme presencia escénica. Después de varias décadas e intentos fallidos, dimos con su paradero y gentilmente accedió a ser entrevistado.

Pocas personas conocen la conexión California- Pando que se dio a fines de los años ’70. Clayton Merkle fue uno de los responsables de cambiar el transcurso del rock uruguayo para siempre. Dicho adolescente californiano había llegado a Pando, en 1979, en el marco del programa de intercambio estudiantil “Youth for understanding”. En la ciudad industrial se había hecho amigo de un púber Gustavo Parodi, quien vivía a 15 metros de la Comisaría local. “Nos contaba cómo vivían los jóvenes en USA, cómo se divertían y nos parecía que hablaba de otro planeta, porque realmente estábamos atrasados, crecimos en dictadura en el Liceo Brause absolutamente bajo control”, recuerda Parodi.

Recuerdo un ajetreado viernes de diciembre de 1989, en la mañana había salvado, en el tercer intento, el examen de Matemáticas de sexto año de Bachillerato del IAVA y por la noche tocaba La Tabaré Riverock Banda en La Tramoya, pequeño pub regentado por gente del teatro. Todo pintaba para una gran jornada. Era la época del Rocanrol del Arrabal que, desde el miércoles anterior, reposaba en las bateas de las disquerías capitalinas. Me había enterado de dicho show sorpresa gracias a la agenda de espectáculos del diario La Hora (órgano de prensa del PCU) que el padre de Andrés religiosamente compraba.

Aquellos que presenciaron la actuación de Leo Antúnez en el Parque Harriague (Salto, febrero de 1971) no dudan en denominarlo “el primer punk uruguayo” en pleno apogeo hippie. Al igual que sus contemporáneos catalanes Pau Riba y Oriol Tramvia, el carácter virulento de sus shows rompía los esquemas de la época. Lejos de buscar la manera de escuchar cumbia sin que genere culpa, lejos de las plataformas de streaming, lejos de reediciones esnobistas, aquí va una tímida pincelada del primer Woodstock criollo.

Algunas veces un cruce de miradas puede llegar a detener una hermosa canción. Bueno, al menos en mi cabeza ocurre. Vaya uno a saber por qué motivo la melodía sigue sonando pero, como por arte de magia, mi lóbulo temporal queda anestesiado y la deja de percibir. No suele pasarme con frecuencia, de hecho, es muy difícil que algo me desconcentre al disfrutar de una buena combinación de notas, pero cuando ocurre, estaré condenado de por vida a recordar el momento exacto del verso en donde mi cerebro se bloqueó. Increíblemente, nunca más volveré a registrar el final del tema. La representación de esos ojos, mantenidos en el tiempo, seguirán acaparando toda mi atención.