Historias, anécdotas y entrevistas de Hugo Gutiérrez, baterista de la histórica banda uruguaya de punk rock, La Sangre de Verónika.

Existió un elemento fundamental para el conocimiento, disfrute, transporte y difusión de esas bandas: el cassette. Creado en 1963 por el Ingeniero holandés Lou Ottens, la “cajita” se transformó en una pieza de suma importancia para la escena under del Río de la Plata durante cuatro décadas consecutivas. No sólo permitió las copias de los vinilos extranjeros inaccesibles por estos lados, también dio lugar a registros de ensayos, shows en vivo y composición de célebres canciones, universalizando la incipiente movida de grupos locales.

Formar parte de un grupo musical durante más de tres décadas, te transforma en un gran coleccionista de anécdotas. “Villa Soledad” fue la primera canción compuesta de nuestro próximo disco. El texto fue escrito, en 2018, en una particular zona de descanso de un lugar de trabajo. Describe un encuentro fortuito entre dos personas sentadas frente a frente.

Era invierno de 1989 y Gerardo Michelín, en el informativo de Canal 4, anunciaba la separación de Los Estómagos. Ese mismo día había comprado los pasajes para ir a Buenos Aires a ver, por primera vez, a Todos Tus Muertos. Vaya manera de amargar un viaje. Esta vez, mis compañeros de ruta eran Fernando y George de la banda punk Libertad Condicional. Para mí significaba regresar, dos años después, “al barrio posta” (como lo había definido un improvisado y calvo guía turístico), dado que el show sería en San Telmo. Justamente, el local del Parakultural había sido el centro de atención en aquella recorrida, por esa pequeña zona de la capital bonaerense, que disfrutamos gracias a la generosidad de Luca Prodan.

Una de las grandes aventuras que viví con mi gran amigo Pablito “El New Wave” (Q.E.P.D.), se dio el fin de semana del 4 y 5 de julio de 1987 en Buenos Aires. Ese año, gracias a mi vecino del edificio Julio César y al permiso del menor, Cacciola mediante, disfruté varios shows del otro lado del charco. Había inaugurado el “método”, en febrero, con la primera visita de Ramones a Obras (único recital, en suelo argento, con Dee-Dee en el bajo).

El artista británico Norman Wilkinson, inspirado en el movimiento cubista, deliberadamente distorsionó los ángulos y la perspectiva causando un novedoso efecto en sus óleos. Fue así como, sin quererlo, dio origen a un original tipo de camuflaje, al cual denominó Dazzle. Esta técnica se presentó como una solución al problema que tenían los barcos de guerra al no poderse camuflar del mismo modo que los tanques u otros vehículos militares. Al aplicarse a las embarcaciones, no los hace más difíciles de ver, pero dificulta que un enemigo juzgue con precisión la distancia, la dirección y la velocidad de los buques, lo cual otorga una clara ventaja militar. (Por Hugo Gutiérrez)

El sorteo para elegir los servicios de salud donde realizar el Internado de la Licenciatura en Fisioterapia me permitió elegir en primer lugar. Ya lo tenía decidido hacía tiempo, por una cuestión de cercanía, así que cuando el bolillero me nombró, grité: “Instituto Nacional de Oncología”, causando risas en el resto de mi generación de estudios. Nadie quería ir ahí, de hecho fui el único fisioterapeuta en marcar tarjeta en dicho centro, lo cual tenía sus ventajas.

“Confía en la historia pero no en el que la cuenta”, decía Joe Strummer a fines de los ’70s. Hace unos cuantos años, mientras paseábamos a Fuckface, le comenté esa frase a Alexa, al repasar un texto de Nietzsche. Recuerdo que se detuvo y me miró con unos ojos tan grises como las nubes que amenazaban la mañana otoñal. “¡Es genial!”, exclamó con la vitalidad que la caracterizaba. Lo cierto es que, una historia tiene tantas aristas como narradores. Dependerá de las vivencias y características de quien la cuente, así como de quien la reciba.

“Están tirando mucho de la cuerdita”, me dijo Pope, con la tapa del Sansueña en su mano derecha. La púa de la MK2 torturaba el vinilo mientras un ganso de pico rojo, hervía en una olla de pésima higiene. Pope vivía en un predio ocupado atrás del Zoo Municipal y estaba cursando una profunda depresión, que lo había hecho perder veinte kilos, producto de una ruptura amorosa. Según mi profesora de Filosofía del IAVA, Pope escuchaba rock. Pope escuchaba Darnauchans. Por lo tanto, Darnauchans era rock.

“Me tenés que hacer la segunda, Hugo. ¡Por favor, no me dejés tirado!”, me dijo Javier en un tono que no le había escuchado antes. Estábamos entrenando en el garage de Fajardo, unos años antes de que se convirtiera en sala de musculación de la Selección Uruguaya de Basketball. Sonaba DRI con Jello Biafra en el casetero del radiograbador, y mientras me ayudaba con la última repetición de press de pecho inclinado, me volvió a explicar: “la condición para que Betiana acepte salir conmigo es que lleve un amigo para Dafne. Vos estás solo, no te cuesta nada hacerme esa gauchada”.