Son pocos los compositores que se sumergen en el universo de la literatura con éxito. Garo Arakelián es uno de ellos. Al igual que Bob Dylan, Lou Reed o Bruce Springsteen, seguramente quiso ser escritor pero fue músico. Cuando uno escucha sus canciones siempre queda esa duda, pues se posiciona como un meticuloso narrador que usa el lenguaje, de manera precisa, en función de la historia que quiere contar. Su inconfundible voz no falsea la tristeza ni la tragedia, simplemente las transforma en versos maravillosos.

En los últimos días, a cuarenta años de la “no edición” del simple perdido de Los Estómagos, ha circulado información falsa sobre el mismo, que incluso hizo dudar a los mismísimos autores de la obra. Con este artículo pretendo, humildemente, despejar las interrogantes planteadas al respecto.

Fue en 1983, en un bar ubicado en 26 de marzo y Gabriel Pereira, donde Renzo Teflón conoció a Leonardo Baroncini, el baterista de aquel momento que tocaba con todo el mundo; era como si no hubiera otro y efectivamente no había otro que tocara como él. Tenía el punch y la precisión de Copeland. En ese entonces estaba grabando el primer álbum compartido de Alberto Wolf y El Cuarteto De Nos, entre otras cosas. También era un gran letrista; ahí mismo en el bar abrió su carpeta y le mostró a Renzo sus letras prolijamente mecanografiadas, entre las cuales se encontraba el texto de lo que, a la postre, sería el mayor éxito del rock uruguayo: “Himno de los conductores imprudentes”. He aquí la enigmática historia de cómo se llega a su accidentada grabación.

La lucha de trincheras durante la Primera Guerra Mundial nos ha traído historias curiosas sobre la dura vida y constante prueba de resistencia humana que tuvieron que soportar aquellos soldados. También en esas mismas trincheras se dice que nació la superstición de no encender tres cigarros con la misma cerilla, porque traía mala suerte.

Ese día Villa Dolores amaneció bajo una copiosa lluvia. Desde la ventana de un tercer piso apenas podía distinguir el Club Valle Miñor, a pesar de vivir enfrente. Era invierno de 1987, me aprontaba para entrar al IAVA mientras escuchaba, en una rústica bandeja Philips, las escasas ediciones de rock uruguayo publicadas hasta ese entonces. Vinilos que costeaba ahorrando el dinero del boleto. 34 interminables cuadras separaban Julio César de Eduardo Acevedo.

Los patrones rojizos, esas líneas y puntos borrosos que ves flotando cuando cerrás los ojos, se llaman fosfenos. Es como vivir en el intervalo, entre el momento que expira y el que comienza. Te dirán que se debe a una sobreestimulación de la retina pero, en realidad, nadie sabe qué los provoca ni para qué carajo sirven.

Los sábados de enero, desde temprano en la mañana, el viejo cachilo con parlante en techo, promocionaba el baile del Club de Pesca por las polvorientas calles de Cuchilla Alta y aledaños. Ítalo Colafranceschi contrataba el servicio del veterano Franco, uno de los lugareños más antiguos de toda la Costa de Oro, aún más viejo que su Ford T. Recién comenzaba San 1985; el Partido Colorado, con Sanguinetti a la cabeza, había ganado las elecciones de noviembre del ’84 y se esperaba con ansias el retorno democrático tutelado.

La amistad entre David Bowie e Iggy Pop fue harto conocida por todos y seguramente, una de las más entrañables de toda la historia del rock. Bowie había sido un gran admirador, desde fines de la década del sesenta, coleccionando discos de The Stooges y escuchando cientos de historias salvajes sobre las locas presentaciones en vivo de Iggy Pop. Para 1975, Iggy estaba totalmente metido en la heroína y su fuerza de voluntad se había agotado. Pero aun así, tuvo la suficiente lucidez para internarse en una clínica e intentar sobrevivir. Incluso antes de que se hicieran amigos cercanos, Bowie fue influenciado por Iggy. El nombre de la creación más famosa de Bowie, Ziggy Stardust, fue una bastardización del primer nombre de Pop. Elementos del estilo errático de Pop alimentaron al personaje, pero incluso después de que Bowie hubiera matado a Ziggy, todavía estaba canalizando el estilo único en el que Pop había sido pionero. Así que cuando Bowie escuchó que Iggy estaba en un pabellón psiquiátrico no dudó un instante en sacarlo.