Leo Peirano, de Catalina Records, comparte sus múltiples experiencias en materia de rock. Un aporte con historia.
Sábado de noche en Santa Lucía. Un viejo galpón de AFE, un escenario armado sobre el suelo, tres músicos y un público atravesado por una mezcla de expectativa y alegría contenida. No hay presentación formal ni frases de ocasión. Apenas alguna arenga perdida entre la gente. Tres golpes de palillo anuncian el comienzo y el pasado vuelve a encenderse, eléctrico, aquí y ahora. Pero no se trata de nostalgia. Lo que ocurre ahí es otra cosa. Es presente.
Pocas ideas funcionan mejor que el misterio: lo poco o nada explícito, aquello que exige ser descubierto. En un mundo dominado por la imagen y la sobreabundancia de palabras, todo lo que se sustrae a esa lógica tiende a generar un interés mayor. Esa misma lógica del ocultamiento y la sugerencia parece haber guiado en muchas ocasiones el trabajo de Peter Saville, probablemente el diseñador de portadas más influyente de las últimas décadas, aunque su producción más decisiva se concentrara a finales de los años setenta y durante los ochenta, en su etapa para la discográfica Factory Records.
A principios de setiembre de 1984, en las oficinas de Orfeo en la intersección de las calles 18 de Julio y Paraguay, se define para el próximo mes de octubre una sesión de grabación en vistas de la edición del debut de Estómagos en formato simple 7”. El mismo sería un adelanto del primer álbum de la banda y sería utilizado como herramienta promocional.
Formados en Portland, Oregón, a principios de la década de 1960, The Kingsmen fueron una banda estadounidense de garage rock que alcanzó notoriedad gracias a su estilo enérgico y directo. Aunque comenzaron tocando covers de rock and roll clásico y rhythm and blues, su versión de «Louie Louie» los catapultó a la fama casi instantáneamente.
Los Invasores celebraron 40 años de su nacimiento en un hermoso espacio como lo es La Casa de Máximo: amplio, con varios ambientes integrados y una excelente sala de recitales. Un gran marco de público -mezcla de viejos y nuevos fans, jóvenes y adultos- se reunió para disfrutar de ambas bandas en una noche cargada de música, reencuentros y amistad.
Antes de que existiera Spotify, los CDs o incluso los vinilos como los conocemos, la música se vendía en discos de 78 rpm. Venían en fundas de cartón sin ninguna gracia: marrones, grises, con tipografías aburridas y sin imágenes. Nada que llamara la atención. Eso fue así… hasta que llegó Alex Steinweiss.
¿Pueden un encuentro y un gesto aparentemente pequeño, tener un impacto cultural y a la vez duradero? Así es, y lo protagonizaron John Lennon y Juan Carrión, un profesor español de inglés.
Hoy es una práctica habitual y es parte del folclore en las tribunas del futbol, encontrar banderas de todo tipo en las hinchadas de los equipos de cualquier divisional en todo el mundo. Banderas que remiten a ciudades, barrios y a agrupaciones, banderas que referencian a tal o cual ídolo del club, banderas políticas y así también, banderas que referencian a bandas de rock.
Hoy quiero hacerles partícipes involuntarios, como lo fui yo también, de una historia de amor trunca (o eso creo): la historia de Ruben y su interés romántico, a quien llamaremos la Señorita X. Todo comenzó sin saberlo, una noche cualquiera en casa, meses atrás. Quizás fue un sábado, aunque no puedo precisarlo con certeza. Tras la cena con mi esposa, no sé a santo de qué, comenzamos a hablar sobre viejas canciones de nuestra adolescencia y a buscar en YouTube sus videos correspondientes. Fueron pasando temas y más temas, mientras íbamos activando nuestros recuerdos y comentando sobre cada uno de ellos. Y así llegamos a Bravo…