Leo Peirano, de Catalina Records, comparte sus múltiples experiencias en materia de rock.

Esta frase la vi o la leí hace mucho tiempo, vaya uno a saber dónde a esta altura de la vida, en algún sitio. A veces cuando hablamos de la música o en este caso del rock, que es lo que nos compete, olvidamos o no le damos el valor que merece a un puntal esencial en toda esa ecuación: La Familia. Cuando comenzamos a enamorarnos del rock, casi siempre ha sido bajo el influjo de algún padre, hermano, tío o primo que nos acercó o hizo escuchar a tal o cual banda, hecho que nos impulsó a querer saber y escuchar más. Seguramente al leer esto ya pensaste en ese familiar quien quizás te acercó al rock.

No creo que sea necesario presentar a The Beatles. Su carrera no sólo está llena de canciones y discos increíbles, sino que también, a los Fab Four, los rodea un halo de misterio, verdades, mentiras y mitología variada (desde la supuesta muerte de Paul a los mensajes en clave en sus canciones e inclusive, en el arte de sus discos). En lo personal, más allá que mis padres escucharan a los Beatles, por esa cosa adolescente de ir contracorriente, yo no les escuchaba y me revelaba contra su música no dándole valor. Yo era Punk, joven y tonto.

«The Shaggs son de verdad, puras, al margen de influencias. Su música es diferente, es sólo de ellas. Creen en ella, la viven. […] The Shaggs te quieren y les encanta tocar para ti. Tú puedes o no apreciar su música, pero sientas lo que sientas, sabes que son artistas de verdad», afirmaba la contraportada de Philosophy of the World…

Si tenés una idea de la historia del rock, sabrás seguramente que la historia de Sid Vicious (Simon John Ritchie) fue tan triste y trágica como parece. Sid, cuando reemplazo a Glen Matlock como bajista de Sex Pistols, no sabía tocar su instrumento.

El mundo de las discográficas ha sido desde siempre un mundo complejo. Desde sellos pequeños llevados adelante por entusiastas de la música, a grandes corporaciones que monopolizan el mercado a través de variadas maneras. Es un universo amplio, diverso; una industria cultural imprescindible y, a la vez, un lugar de claroscuros, con proyectos y personas valiosas, y donde conviven también seres oscuros, interesados sólo en ganar más y más dinero, usando y abusando de los artistas y de su talento hasta límites realmente increíbles.

Cuando comencé a escuchar Punk Rock, años luz atrás, los Sex Pistols fueron mi puerta de ingreso. Ya el gen del coleccionismo estaba en mí, y sin darme cuenta lo iba de a poco alimentando. En esos años, acá se conseguía la versión uruguaya del Never Mind The Bollocks y nada más. Tenía y aún la conservo a esa versión, pero tenía la suerte que mis tíos que vivían en Buenos Aires, siempre que caían en verano a casa, solían traerme un regalo.