Las historias y comentarios del dueño histórico de las disquerías El Cid y Crossroads. Poniéndole rock and roll al Uruguay.

Digamos que en los días de Crossroads, hubo un momento en el que todo funcionaba como si se tratara de un plan preconcebido y que la “empresa” había adquirido un grado de madurez comercial que se notaba hacia afuera por la variedad de recursos y curros para conseguir discos que provenían de lugares que no podés imaginarte. Pero esta historia no es acerca de “piques”, “contactos” y trapisondas varias. Es acerca de LA PASIÓN. Esa cosa que se siente cuando te cae la ficha de que “tenés que conseguir” ese disco. O la poco estudiada patología del comprador serial (de vinilos, cds o lo que sea).

Los ochenta se iban terminando y el viejo local de El Cid en el que empezó todo este rollo demencial (hacía ya como 8 años), avisaba que había que mudarse con la música a otra parte. Los dueños del local lo querían para instalar su joyería, así que salí a buscar un nuevo sitio donde trasladar ese pequeño universo que se había generado en torno a unos vinilos y a los locos que respirábamos de esas emanaciones sonoras, y a mí que estaba tratando de enderezar mi economía familiar con un proyecto que cualquier persona equilibrada hubiera desechado al toque. Lo que empezó en una feria de los sábados, con un caja llena de lps para zafar del desempleo y llevar un poco de aliento a casa, fue mutando en un emprendimiento que envolvió mis días en una aventura de vida y pasión por los discos que se derramó sobre las siguientes dos décadas.