La Santa Peregrinación a Metallica

Ya dije que las actividades de un disquero en los noventas están impregnadas de dolos, jugarretas, gambetas al sistema y demás trapisondas. Ni más ni menos que la empresa “líder” e histórica de la plaza, que se las arregló en tiempos de dictadura (con los “muchachos” que vinieron a “salvar” la democracia), para mantenerse abierta con una quiebra sobre sus espaldas, operando con ilegalidades de gran porte y estafando a sus clientes con productos de bajísima calidad.

Algún día contaré como era la operativa para traer discos y tenerlos a la venta el mismo día que en USA o Europa. O sea, tres meses antes que las grandes disquerías que se perdían en los laberintos de trámites de aduana, a velocidad de tortuga criada en Uruguay.

Pero los comerciantes de nuestra calaña no desdeñábamos ningún recurso para mejorar nuestras bateas de novedades, apaciguar el ansia de los buscadores de tesoros sonoros y, of course, darle duro a las ventas.

A fines de los ochentas y durante los noventas, una enorme lista de bandas y solistas incluyeron a la Argentina en sus giras. Y entonces, estábamos a tiro para poder ir hasta la cancha de River o Vélez en Buenos Aires, y ver a Guns & Roses, Ramones, David Bowie, Metallica, Mc Cartney, Los Stones y muchos más.

Una tarde cae un flaco y me tira en la cara:

– Bo… ¿No van a hacer excursión para ir a ver a…? (ni modo que me acuerde). Entonces se encendió la lámpara. Se trataba de EXCURSIONES, ¿sacás?

Pero claro, el Sistema tiene sus vericuetos para organizar este tipo de aventuras, no sea cosa que lo dejes sin la mordida de la “legalidad”. Los que estábamos del otro lado ya sabíamos remontar cometas en los sótanos, y contábamos con piadosos gobiernos de la época con los que se podía “negociar”. Aunque no tuviéramos licencia de vender excursiones.

No voy a aburrir con esa data. Brevemente, se trataba de alquilar uno o más buses para la fecha, alguien que viviera en la otra orilla con tarjeta internacional de crédito pronto para ir hasta la Rock & Pop a comprar las entradas. El resto era como coser y cantar.

Perdí la cuenta de cuántos viajes hicimos a Buenos Aires a ver musiquitas que redimen nuestros subconscientes de fariseos del rock.

Si la justicia me hubiera echado el guante en esos días, al salir del juzgado le diría a esa tribu de rockeros esperando en la puerta y haciendo el aguante: “Valió la pena, gente. Pagaría diez veces este precio por una noche de rock’n’roll”. Y ya pueden imaginarse la ovación.

Yo no soy un entendido en heavy metal. Apenas manejo los titulares del frondoso libro del metal. Humildemente soy un discípulo de una nación de chicos que pasaron por Crossroads y me pedían los discos del género con la avidez y las ansias de un adicto. Las mismas emociones que me empujaron en los sesentas, con 14 o 15 años, a buscar los discos de Sttepenwolf, The Guess Who o Jefferson Airplane. Pero esta gente estaba muy informada, yo sólo acompañaba el pelotón chupando rueda, poniendo oreja y “entendiendo”.

Con ellos aprendí de los distintos sub géneros del metal, sus coqueteos con la filosofía punk, sus aproachs al rock progresivo, al glam, el hardcore, el rap y hasta el mismísimo pop. El animal llamado heavy metal reencarnó en el doom, el black, el thrash, el speed y otros espíritus de la distorsión, y se expandió como La Mancha Voraz devorando música clásica, funk, industrial o lo que fuera, ya saben.

Metallica nos convocaba en días de la gira del álbum negro, un disquito que le explotó en la cara a los señores gordos con trajes de alpaca y corbatas Gucci que manejaban el negocio de la música sin otra brújula que el maldito dinero. Personalmente creo que las antenas de los piratas de las discográficas olfatearon ganancias, y el género entró en otra fase que no sé si siento la necesidad y menos las ganas de reseñar.

Señores, esta mugrosa disquería juntó CUATRO bondis repletos de gente del metal en clara peregrinación al altar mayor del thrash.

Casi 200 almas a bordo de buques con servicio de videocaseteras, tragos e insomnio garantido. Y con la manada de gente que se conocía entre sí de esas tardes de debates en Crossroads. Y los nuevos amigos y contactos que surgieron allí mismo. Cuando abro el Facebook y veo fotos de asados y veo a muchos de esos muchachos pisando los cincuenta años, pero continuando con la rica cadena humana que nació en aquellos tiempos, entiendo que algo que es más grande que todos nosotros sigue vivo. Que no hay algoritmo que valga contra la amistad.

Y cuando empiezo a escribir esto me doy cuenta de que hay -o debe haber- miles de crónicas, reseñas e historias acerca del recital y que es como llover sobre mojado contar algo y exigirle a mi torpe memoria algo para lo que ella y yo sabemos que no estamos hechos.

Simplemente agregar cositas como que la productora argentina arregló con Metallica para que se presentara sin el show de luces, tarimas móviles y demás chiches. No sabemos si por achique presupuestal o dificultades para trasladar el pesado escenario. Pero eso fue lo que ocurrió.

El tema es que cuando empezó a sonar la voz de Sid Vicius cantando “My way” anunciando que la banda venía andando por los corredores tras el telón, y que arrancaba el show, las austeras luces del escenario mostraban toneladas de cortinados negros y poca cosa más.

Como yo no soy un buen apreciador ni adorador de efectos especiales, montajes escénicos y todas esas bijouterías, (es más, intento de que no me impresionen para mejorar mi percepción de lo que estoy oyendo, nunca compré esas golosinas del biznes), esa desnudez escénica no me quitó el sueño para nada.

Lo que me quito el sueño fue la inolvidable noche que viví con esta banda. Agárrensen de las manos, botijas.

Debe andar el video por ahí, en la web. Debe haber millones de críticas y textos, pero seguro que nada puede empardar lo que se sintió si te tocó ser un privilegiado, ESTAR AHÍ.

Antes de salir de Montevideo, le dí una repasada al VHS “Un año y medio en la vida de una banda”, donde se puede ver como un tal Bob Rock fue produciendo ese diamante negro para la posteridad. Allí, una mente fresca, que venía desde afuera a pispear la cocina de un disco, introdujo por la vía del “menos es más”, los tips necesarios para hacer de ese disco, no sólo una masterpiece del metal, sino un manual de rock moderno universal para todos los tiempos.

Tenía que decir esto, yo que no soy un verdadero metalero. Tal vez haya quien se moleste, pero yo veo al rock como una sola cosa, y no me importa qué camino tome la “cosa”, la cuestión es que siga andando por la historia.

Acá me planto, en este presente donde las fábricas de violas eléctricas están con números rojos, desapareciendo ante el empuje de otras tecnologías y otras estéticas y unas musiquitas que realmente están muy lejos de ser rock y que se han encaramado en los medios y las redes. En esa cornisa camina el rock hoy.

A mí me cayó la ficha de que el rock puede que le haga ruido a mucha gente que lo rechaza, especialmente el metal. Eso incluye a los implacables fenicios de la industria que cuando se acabe el rock, van a vender reggaeton o la mierda que sea para seguir cambiando de limousinas todos los años.

Asistí a un espectáculo que para muchos de mi generación les hubiera parecido un exceso de distorsión y adrenalina. Lo lamento por ellos. Fue un regalo para mi sensibilidad y mi alma.

Así como hay muchos metaleros que ni registran otros tipos de rock y hasta lo desprecian, están los jovatos de mi edad que sienten que el buen rock se terminó en el ’73.

Mi amor por el rock está mas allá de esas estrecheces. Un día comenté en un muro de Facebook que yo era “Un rockero de amplio espectro”, queriendo resumir en dos palabras lo que siento por el rock. Comprenderán que las cargadas demoraron muy poquito en hacerme sentir un gil melodramático, pero bueno, yo soy el nabo que ama a los Beach Boys tanto como a los Sex Pistols, a Metallica o los Mumford & Sons.

El primero de los que me gastó fue Daniel Da Funk. Te odio m’hijo. No, mejor borren eso. Daniel me dejó un msj en el guasap hace dos o tres días diciéndome que allí  (en la disquería) entró un metalero hace treinta años y que aprendió en esa escuela de Crossroads, con el Quique Pereyra a la cabeza, a escuchar otras cosas.

Aquella noche de mayo del ’93, subimos a las naves después del show, y antes de los diez minutos estaban todos durmiendo. Mis circuitos estaban sobrecargados, en mi cabeza resonaban los riffs y la energía de Metallica, Me encontré con esa forma de felicidad que solamente proviene de la música.

Fueron demasiadas emociones, el sentimiento de haber presenciado algo grande, demasiado grande, el cansancio de tanta euforia y goce tenían su precio.

Y sí, también la constatación de que el rock va a estar ahí, bien adentro de cada uno de nosotros, hasta el último de nuestros días.

Néstor Imbriani

 

 

 

 

 

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