Un Rockuerdo Para Ricardo “Tucho” Bonelli

Esta serie de artículos está dedicada a músicos de rock nacional que ya no están entre nosotros. En esta oportunidad nos referiremos a Ricardo Bonelli, alias Tucho, baterista y guitarrista en bandas como Delirium Tremens Blues, Río y Delirium Tremens. El artículo está compuesto de una pequeña biografía y una parte fundamental: gente del ambiente del rock cercana a Tucho que contribuyeron especialmente para este artículo respondiendo seis preguntas. Para el Rockuerdo de Tucho, contamos con el aporte de Carlos Martínez (bajista en Ciclo Lunar, Delirium Tremens y La RockA), Gato Eduardo (Delirium Tremens Blues, participación en varias bandas y creador del mítico Templo del Gato), Daniel Renna (periodista), Arturo Meneses (Delirium Tremens Blues, Delirium Tremens Band, banda del Gato Eduardo, Agujero Negro, Quo Vadis, Monalisa, Zafhfaroni), Juan Faccini (Sicosis, TAAF AUM, División Panzer, Hez, Mother Shipton, Dios, Oniros, Super Tribi, Río, Incandescente Blues Band, El Conde de Saint Germain, Todo por el Blues, Faccini Implosion, StaRRats, Expreso Blues y Tres Para el Blues) y Ronald Bustos (After Life, Parabelium, Indra, Río, Delirium Tremens, El Conde de Saint Germain, La Chicago Blues Band). Terrible equipo de gente para dar testimonio.


Tucho nace en Montevideo el 11 de mayo de 1948. Esta fecha de nacimiento lo ubica dentro de los rockeros de la camada inicial. Su historia incluye el pasaje por la época más dura para todo el país, y también para la música rock, como lo fue la dictadura. Tucho supo estar en esos inicios complicados, donde la inexperiencia y las pocas oportunidades de todo hacían que hacer rock fuera mucho más difícil que hoy.

Su derrotero musical lo llevó a integrar una gran variedad de grupos, como ser Delirium Tremens Band, Hez, Mother Shipton, Dios, Río y Delirium Tremens. Un rockero de pura cepa en su vida y su música, como atestiguan quienes fueron sus compañeros de ruta. Un camino tan largo que resulta difícil de recomponer. Daniel Renna aporta al respecto: “Delirium Tremens Band fue fundada por el baterista Ricardo Daniel “Tucho” Bonelli Figueredo en los 70’s -años de golpe de Estado y represión militar- con el guitarrista Ricardo “Marciano” Legal, el bajista Arturo “Gallego” Meneses (después bajista de Zafhfaroni, Agujero Negro y Quo Vadis), y el cantante “Gato” Eduardo Oviedo. Durante estos años, “en pleno auge de Cream y Ten Years After acá”, apuntaba Tucho, músicos como Jorge Trasante (posteriormente percusionista de los Gispy Kings), Guillermo Pelozzi (guitarra) y finalmente Ronald Bustos (bajo) se unieron a la banda en distintos momentos. En la década de los 80’s, la banda cambió su nombre por Río (Tucho Bonelli en la batería, Ronald Bustos en el bajo, Juan Faccini – Incandescente Blues Band, El Conde de Saint Germain- en guitarras y voces, y las hermanas Leslie y Giselle Pinguillem en voz y coros”.

Cedida por D. Renna

Para fines de los ’80s, Tucho era ya un hombre mayor en comparación con la juventud que arreciaba en esa época. Pero más allá de las marcas del tiempo en su rostro, lograba mimetizarse con los jóvenes, resultando muchas veces en un faro, un referente a seguir. Y mostrando que tenía mucho más rock and roll en su vida y su hacer que algunos colegas del momento.

Su vida y pensar transcurrían por canales alternativos, llamando la atención en sus lúcidas charlas. Destacado por todos como una persona buena, en el más amplio sentido de la palabra. Tenía un algo diferente, algo mítico para quienes recién lo conocían. Sus particularidades eran destacables. Para fines de los ’80s era leyenda el hecho de que no tenía cédula de identidad. Sí era cierto, confirmado por Ronald Bustos, que nunca tuvo credencial, por lo que nunca votó.

Tucho tenía una forma calma, clara y rotunda de hablar. Parte de esto está reflejado en la entrevista que Sólo Rock le hizo a Delirium Tremens para nuestro número 34. Uno se daba cuenta de que era un tipo especial con sólo verlo. Con su carisma era capaz de encantar a su interlocutor y hacerle llegar sus ideas de manera fuerte y clara.

Su forma de tocar la batería se destacaba por la contundencia de su interpretación. No dejaba dudas que por esas venas corría un rock and roll destilado, un estilo acuñado a lo largo de varios años, caracterizado por la entrega total. Sus composiciones de letra y música son destacadas por sus compañeros de bandas, así como una particular forma de tocar los instrumentos de cuerda.

Su forma de pensar y su propia vida eran rock. Parte de sus declaraciones en la entrevista que realizamos dan cuenta de ello. Tucho nos decía: “Entonces si yo estoy viendo cosas que son agresivas, como el hambre, un tipo revolviendo un tacho de basura para poder comer, o que un gurí no pueda estudiar para que no lo exploten, y aplaco todo eso dentro de mí, yo no estoy siendo honesto conmigo mismo y no puedo ser honesto con el resto. Como nosotros tratamos de reflejar todo eso que tienen tapado a través del metal, nosotros chocamos, como chocan otros grupos. Hay intereses creados para que la gente no piense. Nosotros de repente hacemos una letra, como la de “Todo bajo control”, que abarca una temática que a todos nos tocó: tipos que adoraron el sable y las botas y que quieren tener todo bajo control. Nosotros los calificamos en la letra de hijos de puta, porque es lo que son. Porque un tipo que trata de dejar en el olvido vidas masacradas, gente inutilizada, hambre y todo lo demás, para mí es un hijo de puta”.

En otro párrafo comentaba: “La violencia no es sacar una lamparita, romper un teléfono público o patear la puerta de un zaguán; eso es estupidez. Yo pienso que tiene que haber una reacción encaminada hacia algo positivo. ¿Contra qué tiene que estar encaminada nuestra rebeldía? Contra el sistema que nos quiere pisotear. Y vos rompiendo un teléfono público lo único que estás ganando es que el sistema tenga motivos para pisarte la cabeza. Lo que tratamos es que tengan claro de que vamos a derribar esto que está mal, pero sobre esto que queda limpio, construir algo que esté bien, o por lo menos regular”. Declaraciones de hace 30 años atrás y que tienen aún su vigencia.

Tucho fallece el 4 de junio de 2016 en Solís de Mataojo, dejando atrás un legado que vive en quienes supieron acompañarlo en su aventura por la vida. Y eso es mucho.

 

CONOCIENDO A TUCHO

Juan: Allá por el ’67 ó ’68 Tucho estaba viviendo con sus padres en Manuel Pagola y Achiras, Pocitos. La casa, que hoy ocupa otra familia, obviamente, se mantiene casi sin cambios. Su padre, Helvecio, era bancario y su mamá, Iris (prima lejana de mi padre), era ama de casa y fabricaba medias. Tucho se había criado en Pueblo Victoria, con unos tíos. En el garaje de la casa de Pagola se había montado un taller para reparar calzado.  Por esa época él tocaba trompeta y estaba empezando a estudiar batería con el manco Ledo. Después, ya más como autodidacta, llegó a la guitarra y el bajo. Tenía en estos instrumentos un estilo muy particular, con riffs muy rítmicos. Supongo que llevé a arreglar algún par de zapatos, nos trenzamos a hablar de música y comenzamos a cimentar una amistad. Recuerdo que a Tucho le gustaban mucho Spencer Davis Group y Procol Harum, éste sobre todo por su poesía sicodélica. Siempre silbaba una melodía que hace el teclado en “Dance on through”, un tema de Human Beinz. Tucho tenía cuadernos llenos con letras, ideas y reflexiones suyas. No sé adónde habrán ido a parar. Jugaba muy bien al fútbol, llegó a jugar de puntero izquierdo en la 4ta. de Rampla Juniors.

Cedida por R. Bustos

Arturo: Fue por el principio de los años ’70 creo, en La Mondiola (Pocitos). Por esa época nos reuníamos un montón de botijas que tocábamos, algunos con más experiencia que otros. Tucho andaba por ahí, creo el padre vivía en el barrio. Pero él vivía en La Teja y tenía su taller de zapatero.

Ronald: A Tucho lo conocí por el año 1972 – ’73, que se había mudado a la vuelta de mi casa, en el barrio Pueblo Victoria. Recuerdo que un día estábamos jugando al fútbol en la calle y aparece Tucho. Se sienta en un muro que había en la esquina y lo invitamos a jugar. Era un tipo que ya nos llamaba la atención por lo largo del pelo, por ejemplo, porque por ese entonces la mayoría estudiábamos y para entrar a estudiar, en una época complicada, no podías llevar pelo largo, y él andaba con el pelo por la mitad de la espalda. Ahí se puso a jugar al fútbol con nosotros y empezó a parar con nosotros en esa esquina. Era buenísimo escucharlo hablar. Para nosotros era como un gurú, porque él tenía conceptos de la vida y de la música que pocas veces habíamos escuchado. Era diferente. Y ahí surge, para mí, una gran gran amistad. Con los años se fue transformando en una hermandad, porque fue como un hermano de la vida para mí. Desde esa época hasta 1990 anduvimos juntos para arriba y para abajo, tocando en diferentes grupos, tocando él diferentes instrumentos. Yo lo conocí tocando batería, y en el primer grupo que yo toco con él, él toca guitarra. Era como un sabio, ése que tenía siempre la palabra justa para todo, para temas de distinta índole. Todos le prestábamos mucha atención.

Cedido por R. Bustos

Gato: A Tucho lo conocía de encuentros cueveros donde tocaban Días de Blues, Genesis, Scream, Pappo’s Blues, Billy Bond, Psiglo… Un día me encuentro una banda tocando en el Club Colombes en la calle Dr. Pena casi Molinos de Raffo, tremenda banda de blues: Delirium Tremens Blues, con Ricardo Legar en guitarra, Arturo Meneses en bajo y Tucho en batería. Tucho me invitó a subir a cantar y ahí me quedé. Ricardo me propuso unirme y así lo hice. Después yo me fui y entró Guillermito Pelosi y Gustavo Parada en batería; Tucho salió. Un día, en un Templo del Gato realizado un 25 de diciembre de 1989 en el club Colón, dentro de las bandas convocadas, estaba el nuevo Delirium Tremens. Ahí conozco a Juan Torradefló y a Carlos Martínez (quien varios años después tocó en una banda mía (Blues Callejero). El batero era Tucho. Esta vez la versión era metal rock (era más rock poderoso que metal, sonaban bárbaro). ¡¡Juan cantaba fenomenal!! De ahí en más compartimos varios escenarios, incluso alguna zapada que hicimos juntos en La Tramoya, boliche administrado por gente de El Galpón.

Carlos: Allá por los ’80s había mucha movida de rock and roll subterráneo en el Parque Posadas. Un local con pool y maquinitas de juegos de la época, invitaban a que los jóvenes que rondábamos por allí encontráramos un reducto donde intercambiar músicas que no eran precisamente las que sonaban en las radios. Era un sitio que siempre estaba a tope, ya que la cercanías con los liceos 18, IBO y Bauzá nutrían continuamente de clientes aquel sitio que se convertiría en un bar de copas, donde a la postre, comenzarían toques debido a la cantidad de grupos en la zona, entre ellos Nostradamus. Yo era estudiante en el liceo 18, pasaba cada día por aquel local donde compartía alguna conversación con gente habitué: El Pachorra, El Funfu, El Völker, etc. En aquel “Bar” llegó a instalarse una edición de El Templo del Gato, y a la postre terminé siendo bajista de Los Blues Callejeros, grupo soporte del Gato Eduardo junto a Alejandro Pinnejas en guitarra y Mario Azcani en batería. Allí un día se acercó Ricardo “Tucho” Bonelli, que tenía vinculo con “El Völker”. En aquel momento yo tocaba en Ciclo Lunar, un trío muy experimental donde aplicaba artilugios que extrapolaba desde mis escuchas de Steve Harris, Roger Glover y Geezer Butler. Delirium Tremens, grupo creado alrededor de aquellos meses, estaba teniendo algún problema de integración con su bajista Ronald Bustos (músico que de alguna manera ponía orden a un enorme flujo creativo). En aquella conversación, (yo diría muy diplomática) Tucho me preguntaría sobre mi formación y más que nada hacía hincapié a mi experiencia, ya que yo era un adolescente de 17 años interesado en bucear en un océano profundo que era la cultura rock en una post-dictadura que enfrentaba mucha resistencia social.

Daniel: Al igual que Juan, fuimos presentados por Carlitos Martínez en el ensayo de Delirium Tremens, un sitio cerca del Aeropuerto.

 

TUCHO COMO PERSONA

Daniel: Un gran tipo. Muy humilde, tenía esa bonhomía sincera, sin afectaciones, de la gente del campo uruguayo. Parecía sacado de un poema de Bartolomé Hidalgo, ese tipo de persona. Un espíritu libre, cimarrón. Hay fotos de Delirium Tremens Blues de los ’70s en las que él no está. Creó su propio grupo, y cada tanto desaparecía. Quiero creer que se iba a vivir una vida bohemia a Brasil, o al sur de Argentina. Ese tipo de cosas. Su muerte dice mucho de cómo fue. Murió solo, pobre, en Solís de Mataojo, viviendo según sus reglas, apartado de la sociedad. Como lo de “Caso Perdido” de Barón Rojo.

Carlos: Tucho era dueño de muchas virtudes en lo personal, muy leal, lealtad hacia su familia, amigos, camaradas, pero también a sí mismo. Un tipo muy coherente entre su ideal y su actitud. Fue mi primer “Maestre”, junto con Juan me maravillaba con su sabiduría en aquellas largas charlas sobre historia y filosofía. Una persona muy culta, con una rigurosa autocrítica, un desarrollo del pensamiento desde la investigación y la contrastación de datos, una persona de la cual podías aprender muchísimo ya que no se guardaba nada; un libro abierto para quien era por él elegido como discípulo.

Juan: Básicamente un tipo bueno, sufrido, sensible, rebelde, solidario y con un gran sentido del humor. También, quizá un poco cabeza dura.

Cedida por D. Renna y J. Faccini

Ronald: A Tucho lo definiría como una persona de gran corazón, muy sencilla, transparente. Si hay algo que no se le puede reprochar era su transparencia. A veces podía tener opiniones que a uno no le gustaban, pero realmente uno las analizaba y veía que tenía razón. Para todos nosotros en ese momento significó algo muy importante, porque él fue capaz de trasladarnos o llevarnos al mundo de la música, nada más ni nada menos. Yo lo definiría como un ser excepcional, realmente.

Arturo: Como persona era muy crack, tranquilo, conciliador y muy derecho siempre.

Gato: Con Tucho nuestra relación era de amistad, política y rock. Él después armó otra buena banda donde cantaba una chica (no me acuerdo bien el nombre de esa banda) y tocaron en varios Templo del Gato por principio de 1993. Con Carlitos Martínez tocamos un año junto a Alejandro Pinnejas en guitarra y Mario Ascani en batería, sustituido a la postre por Ariel “Quieto” Gerona, entre 1990 y 1991. En todo ese tiempo de manera paralela me encontraba con Tucho, quien se había mudado de Belvedere a los fondos del aeropuerto de Carrasco, y andaba cerca de San Martín y Luis Alberto de Herrera, siempre en su bicicleta. Lo veía y lo invitaba a tomar un café. Temas recurrentes la música, la política, el humanismo. Él era mucho mayor (sería ahora un hombre de más de ochenta) tal vez el rockero mayor en ese tiempo. Allá por Belvedere el vivía económicamente de un taller dedicado a la textilería, devanaba lana o algo así, una especie de destajista para diferentes empresas. Un gran tipo, soñador, trabajador independiente, cabeza marxista, actitud anarquista. Él tenía ese tipo de cosas que lo hacían seguir un poco mis convicciones, que para hacer las cosas, hay que hacerlas: uno las diagrama un poco y después a la acción, y sobre la acción ir corrigiendo. Cuando uno busca la perfección, no hacés nada.

 

TUCHO COMO MÚSICO

Arturo: En esa época estábamos todos empezando. Era de los que le gustaba ensayar. Tenía una característica, que era como muy “melódico” en su toque, casi como si tocara una marimba muy particular. Es difícil, éramos muy jóvenes, pero una virtud sería su tenacidad.

Juan: Tucho era un todo terreno. En algún momento hasta acompañamos a un grupo de niñas que cantaban (y hacían coreografías) temas de Los Parchís. Le gustaban muchas cosas, y creo que él expresaba mejor su pasión por la música en los géneros más fuertes, como el hard rock. Como yo lo tenía tan cerca me parecía natural lo que él hacía, y solamente después de que se murió me di cuenta de que Delirium Tremens aparecía en las crónicas como uno de los pioneros de la movida metalera. A principios de los ’70 formamos varios grupos: Hez, Mother Shipton, Dios. Tocamos en muchos lugares, en la tele, en el Teatro de Verano. En los ’80s formamos Río, con Ronald Bustos. Muchas veces me dio una mano con El Conde. Él era el batero cuando teloneamos a Luis Alberto Spinetta. Él estudió y además era muy intuitivo. Quizá yo pueda no ser muy objetivo porque compartimos muchas cosas y es alguien fundamental en mi propia historia.

Cedida por D. Renna

Carlos: Un músico realmente multifacético: tocaba la batería, la guitarra y el bajo de una manera que sólo a él le salía así. Me daba gracia, tocaba con mi bajo una línea y le sonaba súper particular, su pulsación, sus pausas. Unos minutos después yo trataba de reproducir lo mismo, tocando las mismas notas, al mismo tempo, con el mismo bajo y amplificador, pero a mí no me sonaba tan bien como a él. Como guitarrista rítmico era sorprendente, sus acentuaciones eran únicas. Como compañero de base en Delirium era fantástico tocar junto a él, era una locomotora.

Ronald: Ese es uno de los puntos más intrincados, porque está la faceta del músico batero y está la faceta del músico guitarrista y compositor, aparte de escribir unas letras increíbles, también. Primero que nada hay que dejar en claro que, tanto en la batería como en la guitarra, él fue autodidacta, siempre fue a corazón y a sangre. Como batero me parece que fue muy bueno, capaz de adaptarse a cualquier estilo musical dentro de sus conocimientos por haber escuchado tanta música. Él era capaz de tocar tanto un blues como un rock and roll o hacer una zapada en el estilo Cream sin ningún problema. Era muy versátil en ese sentido, no tenía inconvenientes para adaptarse a los estilos. Tal es así que en la última banda en que tocamos hacíamos heavy metal. Con sólo escuchar un poco de música del estilo que tenía que tocar, él lo adaptaba a su forma y cumplía una función genial. Como guitarrista es otro tema, y a mí me gustaría resaltarlo, porque poca gente sabe el mérito de ser guitarrista autodidacta. Tucho aprendió a tocar la guitarra mirando tocar a los guitarristas que tocaban con él; es muy loco eso. Tal es así que él tenía esa impronta muy extraña para tocar, era un estilo muy particular que los catedráticos no podrían entender nunca. Realmente no conocía muchas escalas ni nada por el estilo, pero él componía unos temas que eran geniales, y que para la época sonaban muy extraños. En esa época tocábamos en un trío con el hoy batero de El Conde de Saint Germain, Fernando Gómez, y él armaba unos temas extrañísimos que podían durar hasta 10 ó 12 minutos. De repente arrancaba el tema con influencias de Procol Harum, pasaba por una parte con influencias de los Who y podía terminar con algo con influencias de King Crimson, Frank Zappa o Black Sabbath. Era muy loca la manera de componer que tenía y se las arreglaba para construir melodías muy buenas, incluso letras; Tucho escribía muy bien, era muy profundo escribiendo sobre su persona, sobre la sociedad, sobre la vida. Tenía letras muy locas para la época y a la vez espectaculares, para mi gusto. Me quedó grabado un tema que tenía que era genial, y en una parte de la letra decía: “Cuando el sol se ha ido un rato y el silencio se hace oír, ya no hay llanto que ocultar, en las sombras nadie ve”. Para ser un músico autodidacta, fue uno que creo que fue muy bueno, y que tocando guitarra no tuvo la oportunidad de redondear su idea de la música, que iba más adelante; se negaba a tocar un cuadrado de rock and roll o un blues, quería otro tipo de cosas, quería ir un poco más allá. Para los estudiosos de la música capaz que era muy extraño escuchar aquello. Y como primera guitarra, para lo que él componía, creo que cumplía al pie de la letra. Hacía cosas muy buenas, muy locas. Fue de esos músicos muy extraños y geniales a la vez. Si hubiera tenido una escuela musical, hubiera llevado ese nivel de composición a algo mucho más alto, más que nada porque él tenía eso en su cabeza, y por falta de conocimiento no sabía cómo sacarle mejor rédito.

Daniel: Excelente músico. El tipo venía de la escuela de Ginger Baker, de Bill Ward. Tenía mucho jazz, mucho swing en sus muñecas, y a la vez, era muy sólido y preciso. Florituras, las justas.

Gato: Como músico me parecía un batero aguerrido y poco técnico; no le podías dar para tocar jazz o bossa o candombe. Él era rock y blues, punto.

 

SU APORTE AL ROCK

Ronald: Creo que fue, nada más ni nada menos, que su vida. Él le dedicó toda su vida a esta música; fue su forma de vida. Algo que hay que valorar muchísimo es el aporte que nos dejó a todos los que tocamos con él: conceptos de la música pocas veces escuchados. Él tenía mucha música en su cabeza que de alguna manera siempre explotó. Como aporte a la música yo creo que más que nada fue en su pasaje como guitarrista, que era donde podía expresarse en todos sus términos.

 

Cedido por R. Bustos

Gato: Su aporte al rock fue su adhesión al mismo, el entusiasmo que ponía que hacía que a veces las cosas más utópicas se transformaran en realidad. Una vez fuimos a tocar a Solymar con Delirium Tremens Blues. Mis letras eran imbancables, y era dictadura. Entonces, directamente nos echaron. Creo que el tema había sido con mi tema “La hora de cambiar”. Cuando fui a cobrar, no nos querían dar la plata. Entré de pesado a la boletería (era muy joven) agarré el cajón de la guita y me la traje. Todos los demás músicos se habían ido en auto, y a mí me habían traído, y había quedado la batería de Tucho. Desarmamos y cargamos la batería con unos amigos, y empezamos a caminar por la Interbalenearia, mirando para atrás para que no nos siguieran para quitarnos la guita. Estuvimos como cuatro o cinco horas caminando, y cuando llegamos a Av. Italia y Bolivia, recién ahí tomé un 306 en un bar que se llamaba Mendizábal, para bajarme con la mayor parte de la batería en San Martín y Luis Alberto de Herrera. Ese fue el último toque de Tucho en Delirium Tremens Blues. El aporte más grande de Tucho era su apego al rock, su actitud como rockero, su convicción. Pero lo más importante es que él nunca se despegó de Montevideo, del barrio, de ser un tipo común y corriente, de ser uno más, del mate, del vecino. No era un rockero de video clip o de película o del norte. Él fue uno de esos músicos que adoptó el rock a la medida de lo que él era como gente de Montevideo. Y así lo expresó. Parecía un poco rara su cara de Woodstock o su campera de rockero de moto, pero era su atuendo. Su actitud era de un obrero de la construcción, de un vecino cualquiera, y eso se notaba en su música, que era lo más importante. Lo mismo pasaba con Juan Torradefló, que era un tipo de mate, de escuchar a Gardel de mañana, de ir a laburar, y en el escenario él tiraba todo su mundo interior, ese volcán en permanente erupción que era el rock o su forma de manifestar el rock. Lo mismo pasaba con Tucho. Su aporte máximo fue la actitud, la entrega, la convicción, algo que lograba transmitir desde el escenario y desde la acción. En el último Delirium Tremens, la fortaleza de la banda radicaba en que el rock en el escenario, para ser rock, tiene que ser. Y para ser, no se puede prescindir del entorno que está viviendo. Y lo que es más, la forma de explicarlo y expresarlo, tiene que estar emparentado con ámbito en el que estás viviendo.

Carlos: Tucho venía con un bagaje cuando lo conocí, tenía ya sus 40 años, acumulaba experiencia tanto propia como la de haber tocado junto a grandes músicos. Era un viajero transgeneracional, vivó los ’60s, ’70s, ’80s y ’90s, recogiendo información musical y volcándola en su interpretación. Logró abrir un surco, siendo un referente para muchos de los que intercambiábamos semicorcheas con él. Quienes compartíamos la magia de las cuerdas de acero fuimos contagiados por sus convicciones, ser estudiosos del género, me lo decía muy a menudo: “Para tocar rock es necesario hacerlo bien, si no terminarás sólo haciendo ruido”.

Arturo: En la primera etapa perteneció a una generación que fue arrasada por la dictadura y de la cual no quedan registros grabados, pero que fue muy activa. Con Tucho usamos el nombre Delirium Tremens Blues, el blues hacía la diferencia. Escuchábamos bandas como Cream, John Mayal, Hendrix, y era nuestra influencia en lo que tocamos. Creo que nuestra generación fue bastante ignorada en su principio. Una lástima porque fue una época llena de anécdotas y aventuras musicales.

Cedidos por A. Meneses

Daniel: Tenía 20 años más que yo, y me parecía un eslabón perdido fascinante con el rock uruguayo de principios de los ’70s. Quiero creer que Tucho fue el primer metalero que hubo en Uruguay. Era contemporáneo de Psiglo, de Días de Blues. El blues rock británico pegó mucho en Uruguay, se publicaban discos de Cream, Savoy Brown, Keef Hartley Band, Ten Yars After.  Él llevó eso al metal, a la conclusión más extrema, a diferencia de sus contemporáneos. Jazz y blues como piedras angulares para un sonido más pesado. Lo mismo que hizo Black Sabbath.

Juan: Probablemente no queden muchos registros de todo lo que hizo, más que esas grabaciones con Delirium Tremens. Pero doy fe de que compuso, trabajó por la música como el que más; la mayoría de las veces, incomprendido.

 

LAS ANÉCDOTAS

Daniel: Era un tipo de perfil bajo, quedaba eclipsado por Juan Torradefló. Se enfocaba en la música, escuchaba a los demás con atención. El mejor recuerdo que tengo suyo, es explicar con orgullo un tema que había compuesto, “Todo bajo control”. Era un tipo culto, capaz de usar la expresión “payasos genuflexos” en una canción. Me reía mucho de eso.

Arturo: Estábamos tocando Delirium Tremens Blues en una fiesta de cumpleaños en un club por La Teja, creo (daños colaterales). Entonces empezamos a tocar un blues que fue mágico, me acuerdo de verme flotando en el escenario y mirar para abajo y vernos a los tres, fue una experiencia única. No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando volví y miré, la sala estaba vacía, y me acuerdo la cara de pánico de una pobre limpiadora como diciendo “no piensan terminar nunca”.

Cedida por A. Meneses

Carlos: Ensayábamos con Delirium Tremens muchas horas, era común salir de la sala a “oxigenarnos” y solían darse charlas entre Tucho y Juan con un humor entre intelectual y sarcástico; es sabido de lo atraído que Juan estaba por toda la memorabilia nazi. Tenía un montón de neologismos terminados en “en”, “tanken de guerren” por ejemplo referido a tanque de guerra, y a la gente que le caía en gracia los bautizaba con un Vön antes de su nombre de pila. Vön Waltiten era su camarada Walter Bonelli (hermano de Tucho). Así surge mi apodo Vön Carliten, le debo ese seudónimo a Juan, y lo completó Tucho haciendo alusión a la letra y título de una canción de Baron Rojo: “Breakthoven”. De ahí que mucha gente me conoce con lo que quedaría con el tiempo como una especie de nombre artístico referido a mi actividad musical: “Vön Carliten Breakthoven” en Facebook.

Gato: Una noche nos encontramos en la puerta del club Bella Vista y nos quedamos charlando de política. Yo iba a la casa de un amigo y le pedí me acompañara. Al llegar a la casa él se quedó frío y me comentó: “A esta casa venía mi hermano que está preso por la dictadura”. Ese conocido en común era un militante de izquierda al que yo le avisaría esa noche que había conseguido un lugar para que pasara a vivir, pues en cualquier momento lo buscarían. Al otro día se fue al lugar nuevo y ¡¡zafó!! Al año siguiente lo llevamos hasta Rivera, ahí entró a Brasil y allí conectó vuelo en San Pablo para México. Este amigo era mayor que nosotros, argentino comunista.

Juan: Alrededor del año ’70 hicieron un festival en una parroquia del Cerro, por Carlos María Ramírez, pasando Grecia, creo que a cuatro o cinco cuadras. Anduvimos bastante bien musicalmente, pero el festival terminó muy tarde. Julito Méndez, de alpargatas y un impermeable largo como toda vestimenta (quiero creer que por lo menos tendría puestos calzoncillos), con su bajo (sin funda) al hombro, Tucho, con su redoblante y palillos, y yo con mi guitarra, volvimos caminando hasta Pocitos. En ese entonces no existían los accesos. Nos trillamos absolutamente toda Agraciada.

Cedida por R. Bustos

Ronald: Por el año ’85 él tocaba la batería, yo el bajo y Juan Faccini la guitarra, en un grupo que se llamaba Río. Hay dos anécdotas que son interesantes. En determinado momento Juan decide integrar a dos hermanas que hacían coros, y también a otro guitarrista. Un día estábamos ensayando en la casa de ese guitarrista (en aquella época se estaba haciendo conocer mucho The Cure) y ese guitarrista presenta un tema que no iba con los lineamientos de la banda: nosotros tocábamos rock and roll y blues. El tema era onda The Cure, y estas hermanas estaban locas de la vida. Lo empezamos a tocar, de alguna manera, pero a nosotros no nos caía del todo bien. A la tercera o cuarta vez que estábamos tratando de sacarlo, en la mitad del tema, Tucho pega un golpe en el tambor y corta el tema. Todos lo miramos, y entonces dice: “Che, vamos a dejar de tocar esta cagada y vamos a tocar rock and roll”. Te podés imaginar que el aire se cortó. Después hay otra anécdota con ese grupo. En ese momento había pocos lugares para tocar. Estaba el Templo del Gato, que para los rockeros y blueseros era como tocar en el Fillmore East, y también se había puesto de moda Graffiti, que más bien era un reducto de la música punk. Surge para ir a tocar ahí. Cuando empezamos a tocar, ya nos miraron raro. Claro, no era el estilo que el público quería escuchar. Realmente tuvimos una noche mala musicalmente, inspirados por el público que ni nos escuchaba. Si Río tenía una particularidad era que muchas veces terminábamos todos peleados por alguna razón. La cuestión es que al otro día se había organizado en el Club Atenas el Desconcierto, y nosotros habíamos entrado a tocar medio a la fuerza, porque siempre nos enterábamos a último momento, era como que habíamos quedado un poco fuera de la grilla. La propuesta era que teníamos que ir los tres días que duraba el festival, y entrábamos a tocar si faltaba algún grupo. Si no faltaba nadie, tocaríamos el último día en el penúltimo lugar antes de Los Estómagos. La cuestión fue que fuimos el primer día y apenas nos saludamos. Antes de que empezara el recital viene alguien de la producción buscando a Río. Ahí nos dan la noticia de que abríamos nosotros porque el grupo que le tocaba ir primero no había ido. Ahí Tucho larga la frase matadora: “Che, Juan, mirá que yo no traje los palos”. Eso fue como un balde de agua fría para todos. Ya que el ambiente entre nosotros estaba jodido, Tucho agrega una perla más: “Y bueno, yo qué iba a saber que íbamos a tocar el primer día”. Toda una discusión. Justo pasaba un batero amigo de Juan y Tucho le dice que le pida un par de palos. Juan los pidió y se los prestaron y subimos a tocar. Río era tan extraño que cuando estábamos peleados era cuando tocábamos mejor, y tuvimos una noche genial. En determinado momento, Tucho va a hacer un pique y se le escapa el palo, que empieza a elevarse por encima de su cabeza. En esos segundos que parecía que no terminaban nunca, el palo subía y subía, hasta que empezó a bajar derecho adonde estaba él, y estira la mano, lo agarra y sigue tocando como si eso hubiese estado preparado. La gente que estaba alrededor del escenario gritaba y aplaudía. Todavía, en el último tema, rompe uno de los palos. Más calentura para Juan, que tenía que ir a devolver un palo y medio. Luego le digo a Tucho: “Casi me matás del corazón cuando se te escapó el palo”. Y me dice: “No, no se me escapó, pero no me pidas que lo haga de vuelta porque capaz que no me sale”. Hay otra anécdota de Tucho tocando la guitarra en Parabelium, alrededor de 1980. Yo trabajaba en una fábrica de pinturas, y ahí conozco a un compañero que vivía en Suárez y tenía un conjunto de cumbia y organizaba bailes. Me invita para que fuera la banda, quería rellenar con algo el baile y que le costara poco o nada. Pero nosotros con tal de tocar, íbamos a cualquier lado. Fuimos tres veces a tocar ahí, tocando los temas de Tucho que duraban 8, 10 ó 12 minutos y que no los podía bailar ni el mejor bailarín. Las primeras dos veces, nos miraron raro, nos daban poca pelota. La tercera vez estaba Sonido Cotopaxi, que era una banda que en ese género andaba muy bien. La banda local no quería tocar después de Cotopaxi, así que abrieron ellos y nos tocó a nosotros para cerrar. El ambiente quedó enardecido. Empezamos a tocar nosotros los temas de Tucho y la gente se fue abriendo de la pista. Estábamos en plena actuación y yo dejo de escuchar la voz de Tucho. Me mira y me hace una seña. Vuelve la voz, pero se corta la guitarra. Tucho tenía un gesto muy característico cuando se calentaba, como que se le achinaban los ojos. Miramos para donde estaba la consola y había un tipo metiendo mano. Tucho tenía un distorsionador Beat Sound que venía en una caja de hierro fundido, y como se calentó, le pegó una patada que lo mandó al medio de la pista. Ahí cortan la luz y se arma una locura total: se agarraron a trompadas y empezaron a volar botellas. Tuvimos que salir de apuro como pudimos.

 

UN MENSAJE PARA TUCHO

Ronald: No es lo que le diría sino más bien lo que le preguntaría: ¿por qué en el momento más difícil de su vida decide aislarse, por qué decide alejarse de los amigos no permitiendo que nadie pudiera darle una mano? ¿Por qué en un momento tan crucial para una persona como fue Tucho, conocido entre muchos de nosotros como El Ternero Bonelli, decidió alejarse de todos, confinándose, aislándose y muriendo solo?

Carlos: Además de un tiempo precioso dedicado a la música, había también otro dedicado al análisis. Todo tiene un porqué, que explica el presente y un para qué, el cual nos da una señal hacia el futuro. En estas reflexiones o pensamientos en voz alta que yo escuchaba atento, casi de manera profética, Tucho me planteó la posibilidad de vivir en un mundo con acceso a mucha información (manipulada), lleno de esclavos convencidos de ser completamente libres, viviendo una vida condicionada por pensamientos inducidos como si fueran propios. Mi mensaje sería “TENÍAS RAZÓN”.

Cedida por R. Bustos

Daniel: El mismo que cuando estaba con nosotros: el mayor de mis respetos y admiración.

Gato: Si él viviera (¡¡murió hace años!!) o si pudiera escucharme, le diría ¡¡Gracias TUCHO!! Fuiste una de esas personas que escribió en el libro de mi vida la palabra humildad y yo la leí, y de a poco se convirtió en acción, como algo mágico. No fuiste un batero técnico, pero fuiste tan de verdad que eso se notaba en tu “toque” y conectaba. Vos, cuando estabas en la batería, “viajabas”, te rescatabas, eras vida fluyendo en rock hasta en tu destartalada bicicleta. Eras rock de verdad, sin pose, melena ya blanca al viento. Por las calles de mis eternidades suena tu batería (prestada, casi siempre) y tu bici recorre el tiempo, y desde ahí me saludás; una sonrisa amanece en mi alma. ¡¡TUCHO OOOOO!!  CELEBRO HABERTE CONOCIDO. ¡¡¡SOS DE LOS ESPEJOS QUE REFLEJAN BONDADES!!!

Arturo: ¡¡¡Le diría que lo quiero un montón!!!

Juan: Hermano, te echo de menos.

Ariel Scarpa