…el dicho que con el ejercicio la mente se acostumbra es cierto, hace tiempo no lo hacía. Me encanta escribir, siempre me gustó, e hice hasta un Curso de Periodismo cuando la carrera no existía. Llegué a publicar a modo de free lance en La Mañana, Últimas Noticias y El País. Artículos sueltos. Mis primeras notas fueron increíblemente a enormes artistas. Ruben Rada, el flaco Spinetta, Pappo, Pedro y Pablo, Osvaldo Fattoruso, Javier Martínez, Artigas Silvestro de Siddhartha y alguno que se me olvida (hasta al Director del Centro Krishna en Uruguay, pero eso son $ 20 aparte… porque lo que hicimos con algunos amigos luego por ahí fue divertidísimo…).

Recuerdo un ajetreado viernes de diciembre de 1989, en la mañana había salvado, en el tercer intento, el examen de Matemáticas de sexto año de Bachillerato del IAVA y por la noche tocaba La Tabaré Riverock Banda en La Tramoya, pequeño pub regentado por gente del teatro. Todo pintaba para una gran jornada. Era la época del Rocanrol del Arrabal que, desde el miércoles anterior, reposaba en las bateas de las disquerías capitalinas. Me había enterado de dicho show sorpresa gracias a la agenda de espectáculos del diario La Hora (órgano de prensa del PCU) que el padre de Andrés religiosamente compraba.

Aquellos que presenciaron la actuación de Leo Antúnez en el Parque Harriague (Salto, febrero de 1971) no dudan en denominarlo «el primer punk uruguayo» en pleno apogeo hippie. Al igual que sus contemporáneos catalanes Pau Riba y Oriol Tramvia, el carácter virulento de sus shows rompía los esquemas de la época. Lejos de buscar la manera de escuchar cumbia sin que genere culpa, lejos de las plataformas de streaming, lejos de reediciones esnobistas, aquí va una tímida pincelada del primer Woodstock criollo.

Algunas veces un cruce de miradas puede llegar a detener una hermosa canción. Bueno, al menos en mi cabeza ocurre. Vaya uno a saber por qué motivo la melodía sigue sonando pero, como por arte de magia, mi lóbulo temporal queda anestesiado y la deja de percibir. No suele pasarme con frecuencia, de hecho, es muy difícil que algo me desconcentre al disfrutar de una buena combinación de notas, pero cuando ocurre, estaré condenado de por vida a recordar el momento exacto del verso en donde mi cerebro se bloqueó. Increíblemente, nunca más volveré a registrar el final del tema. La representación de esos ojos, mantenidos en el tiempo, seguirán acaparando toda mi atención.

En una gélida Bariloche, Enrique Symns brindaba un taller literario, en la primera clase, ante unos veinte participantes, «El Duende Australiano» preguntó cuál había sido el peor invento de la humanidad. Alguien levantó la mano y dijo: «La bomba atómica». Otro se inclinó por las armas biológicas. De esa manera, se sucedieron diversas posturas. Finalmente, Symns manifestó: «Están todos equivocados. El peor invento fue la imprenta». Un alumno, entonces, le recriminó: «Pero usted, que es escritor, ¿dice eso?». Y Symns, con petaca en mano, le contestó: «Sí, ¿sabés por qué? Porque el primer libro que se elaboró con la imprenta fue la Biblia, y con eso le envenenaron la cabeza a la humanidad entera durante dos mil años».

Hace unos años, al dar vuelta una esquina de Villa Dolores, me encontré con un veterano desaliñado, boletos en mano, gritando: «Se viene el fin, se viene el fin». Resultó ser Don Julián, quien había construido un arca en el techo de su casa y estaba vendiendo los pasajes a transeúntes devotos del apocalipsis.

Cuando me pidieron que escribiera un artículo sobre la figura del “Gallego” Dominguín enseguida me di cuenta que al hacerlo me sumergiría en mi infancia; más aún, sería como hacer un repaso de mi vida. ¿Con cuántas personas te puede ocurrir algo así?

ABRIL 1949- Se publica la fábula totalitaria del autor inglés George Orwell, considerada una advertencia después de años de meditar sobre las amenazas gemelas del Nazismo y Estalinismo. La distopía escalofriante que narra «1984» causó una profunda impresión en los lectores y sus ideas marcaron a fuego la cultura popular como pocos libros lo han hecho. El título y muchos de sus conceptos como «El Gran Hermano» y «La Policía del Pensamiento» son reconocidos y entendidos instantáneamente a menudo como sinónimo de abusos sociopolíticos modernos.