¿Dónde nos gusta más ver y escuchar rock? ¿Cuál es el mejor ámbito para disfrutar el rock que cada uno de nosotros elije como banda sonora de su vida? ¿Hay un solo lugar o varios? ¿Se pueden combinar esos espacios? El nombre del fantástico libro de Fernando Peláez parece indicar una ruta algunas veces transitada y muchas otras anhelada en cuanto al derrotero de escenarios: De Las Cuevas Al Solís.

Uno de estos ejemplos de gratos momentos y que no se dan muy seguido, fue lo que sucedió hace unas noches, precisamente el pasado miércoles 4 del corriente, cuando se presentó en The Shannon Pub la legendaria banda de blues-rock, El Conde. Festejando sus primeros 30 años de música y luego de este parate obligatorio por la pandemia, El Conde no demoró ni un instante, y ante la primera oportunidad que tuvo en esta vuelta hacia una teórica normalidad, se subió al escenario y de pie con la frente en alto, instrumentos enchufados y voces preparadas, otorgó lo que cada uno de los que allí estábamos buscando y sabíamos que íbamos a encontrar, un sin fin de gratas sensaciones consecuencia directa de la acción de un cuarteto conformado por excepcionales músicos.

Una excelente edición de Catalina Records, como nos tiene acostumbrados. Su catálogo se compone de perlas muy preciadas, material seleccionado con cuidado por Leo Peirano para disfrute de todos nosotros. Y Manual De Combate no es la excepción. Un disco que, en lo personal, me sorprende gratamente y que desde ya, los estoy invitando a repasar.

Los ochenta se iban terminando y el viejo local de El Cid en el que empezó todo este rollo demencial (hacía ya como 8 años), avisaba que había que mudarse con la música a otra parte. Los dueños del local lo querían para instalar su joyería, así que salí a buscar un nuevo sitio donde trasladar ese pequeño universo que se había generado en torno a unos vinilos y a los locos que respirábamos de esas emanaciones sonoras, y a mí que estaba tratando de enderezar mi economía familiar con un proyecto que cualquier persona equilibrada hubiera desechado al toque. Lo que empezó en una feria de los sábados, con un caja llena de lps para zafar del desempleo y llevar un poco de aliento a casa, fue mutando en un emprendimiento que envolvió mis días en una aventura de vida y pasión por los discos que se derramó sobre las siguientes dos décadas.