Rock… ¿De Dónde?

¿Dónde nos gusta más ver y escuchar rock? ¿Cuál es el mejor ámbito para disfrutar el rock que cada uno de nosotros elije como banda sonora de su vida? ¿Hay un solo lugar o varios? ¿Se pueden combinar esos espacios? El nombre del fantástico libro de Fernando Peláez parece indicar una ruta algunas veces transitada y muchas otras anhelada en cuanto al derrotero de escenarios: De Las Cuevas Al Solís.

Antes de zambullirme en los detalles de este artículo, vale aclarar que la discriminación de espacios que propondré y sus interpretaciones, no es excluyente una de otra sino todo lo contrario. El relato es una descripción de percepciones personales de lo que todos vivimos cuando concurrimos a un concierto de rock.

 

Rock de sótanos

Particularmente, el ámbito donde nace el rock: en lo subterráneo. A media luz, con poco espacio y en una atmósfera propicia. Un entorno casi natural donde quizás se logran presenciar las propuestas más auténticas, aquellas que no necesitan de las mejores luces ni de miles de espectadores. Donde se transpira, el sonido quizás no es lo mejor, pero donde la comunión de los concurrentes se palpa y logra trascender el hecho de que no todos se conozcan. Eso casi no importa, todos saben porqué están ahí.

Es en los sótanos donde un pogo de cuatro o cinco personas quizás requiera de todo el espacio para desplegarse. Donde seguramente salgas mojado por tu propia transpiración o por la de alguien más, o por un vaso de cerveza que sobre vuela las cabezas rumbo al escenario. Es una intransferible vivencia de 360° de los cinco sentidos, y alguno que otro más.

 

Rock de salas

Crecemos un poco, un desarrollo natural, y llegamos a las salas. Mayor capacidad que un sótano sin perder la escencia de lo underground. Quizás uno de los mejores ámbitos para el rock, donde lo esencial de una propuesta rockera se da la mano con un espacio de buenas proporciones, y donde generalmente se puede apreciar todo de mejor manera.

Acá generalmente se puede ver y escuchar bien, se puede circular e interactuar sin perder la sensación de que se está en medio de la movida. La proximidad al escenario resulta determinate para transformarse en esa experiencia de intercambio, de ida y vuelta que es parte fundamental de lo que se busca como fin en un concierto de rock.

 

Rock de teatros

Ya la banda dio un paso más, o quizás directamente sea su ámbito. Las escasas decenas de espectadores se multiplicaron en algunos cientos. La calidad del espectáculo mejora en cuanto a sonido y luces, y permite una mejor exposición de la banda, la cual está prácticamente conminada a un buen comportamiento que no altere al público, quizás considerados como ex trogloditas, potenciales destructores de las instalaciones.

Todos sentaditos y quietitos casi que asegura un mejor disfrute desde arriba y abajo del escenario, aunque el alcance de la palabra disfrute seguramente esté delimitado por las expectativas de ambas partes. ¿La banda pierde autenticidad al cambiar de escenario? No necesariamente. ¿Cualquier banda sonará mejor? No necesariamente. ¿Implica algún compromiso de la banda o el público? No necesariamente.

 

Rock de estadios

Acá la cosa se puso gorda. Miles de personas para una sola banda sobre el escenario. La palabra dominante es masividad. El estadio permite retomar algunas de las características de los toques en sótanos, donde el pogo vuelve a brillar y la interacción del público en la cancha permite otra dinámica diferente a la del teatro. Pero el factor determinante de desmejora de la experiencia es la distancia.

Todos hemos estado en la cancha de algún estadio viendo a una de nuestras bandas favoritas, vivenciando una experiencia inmersiva que, a estadio lleno, resulta única. Pero creo que ahí está la diferencia, porque son los miles de personas los que nos alejan de la banda que fuimos a ver.

Recuerdo varias experiencias de poder ver a la misma banda en dos reductos con capacidades muy diferentes. Me ocurrió con muchas de las bandas de rock nacional y con algunas de rock internacional. La última nacional fue con el Peyote (Teatro de Verano y La Trastienda) y la internacional con The Cult (Estadio Centenario y La Trastienda). En todos los casos me resultó mucho mejor tener a la banda lo más cerca posible.

 

Rock de living

Y después de toda esta vuelta, terminamos escuchando rock en nuestro living, tratando de rescatar en soledad algunos de los sentimientos que una banda que vimos en vivo, supo impregnarnos. O buscando conectar con bandas que sabemos que difícilmente logremos ver en vivo y directo. Mucho de lo que pasa en estos casos, ocurre en nuestra cabeza… o quizás no tanto.

Les cuento una experiencia que viví hace unos cuantos años. Un gran amigo estaba de visita en mi casa con su esposa y sus dos hijos, de unos 8 y 10 años. Sobre el final de la visita, mi amigo me pide que ponga el dvd de Led Zeppelin editado en 2003 que recopila diferentes actuaciones en vivo de la banda. Específicamente me pide que ponga “Rock and roll”, del concierto de Knebworth de 1979. Y algo ocurrió en ese living. Sus hijos, con un comportamiento tranquilo hasta ese momento, fueron cautivados al instante por la música y transformados por la energía de la canción. Los saltos y el peludeo surgieron espontáneamente y se mantuvieron a lo largo de todo el tema, siendo difícil volverlos a su estado anterior. A pesar de que fue ejecutado el rock más doméstico, la energía trascendió la pantalla y los parlantes, llegando a donde sólo el rock puede llegar.

Si la música ha de llegarnos a determinadas fibras, lo hará, independientemente del medio en que se ejecute. Si éste mejora la experiencia, ya tenemos un plus que transformará la vivencia en algo único.

Ariel Scarpa