El Conde En The Shannon (4/8/21)

Muchas veces la vida nos pone delante de ciertos momentos ante los cuales es gracias al raciocinio del ser humano que podemos dilucidar si es que nos estamos enfrentando ante algo de calidad o no lo es. Dependiendo de los casos y de las personas, no son muchos los momentos en que uno se da cuenta que está viviendo un momento magnífico, de mucha trascendencia o tal vez, de gran significado aunque sea para uno solo de nosotros. El obtener un buen trabajo, un ascenso, el diplomarse, el nacimiento de un hijo, el divorciarse rápido, son todos ejemplos de hechos que a muchos nos gustaría vivir. Como la vida es efímera y cada vez más uno transcurre por ella a tres mil por hora, saber encontrar esos destellos mágicos implica una ardua tarea que bien vale la pena aunque sea intentarlo en pro de logar alguna satisfacción más duradera que el aggionarmiento de consola de juegos.

Uno de estos ejemplos de gratos momentos y que no se dan muy seguido, fue lo que sucedió hace unas noches, precisamente el pasado miércoles 4 del corriente, cuando se presentó en The Shannon Pub la legendaria banda de blues-rock, El Conde. Festejando sus primeros 30 años de música y luego de este parate obligatorio por la pandemia, El Conde no demoró ni un instante, y ante la primera oportunidad que tuvo en esta vuelta hacia una teórica normalidad, se subió al escenario y de pie con la frente en alto, instrumentos enchufados y voces preparadas, otorgó lo que cada uno de los que allí estábamos buscando y sabíamos que íbamos a encontrar, un sin fin de gratas sensaciones consecuencia directa de la acción de un cuarteto conformado por excepcionales músicos.

El ambiente acogedor logrado por la muy buena decoración y ambientación del pub, mancomunado a ricos platos y una gran variedad de elixires con poca, mucha o ninguna graduación alcohólica, conformaban el marco ideal para un acontecer maravilloso. Si a eso le sumás una serie de individuos responsables de encarar la difícil empresa de armonizar con notas musicales a ese particular momento, se logra sostener unos instantes únicos.

Y ahí estaba para ocuparse de dicha tarea el Sr. Juan Faccini y compañía. Deslumbrante como siempre y a quien el paso del tiempo, al igual que sucede con los buenos vinos, le cae muy bien, se plantó ante todos los presentes como un estoico valuarte del más genuino blues y rock de todas las latitudes.

A pesar que la vida le jugó una manganeta, que el referee le sacó roja y lo tuvimos afuera de las canchas por un tiempo, gracias a la fuerza del blues (su gran pasión) una enorme voluntad y luego de una recuperación que duró algún tiempo, supo reponerse y retornar con la vitalidad de ataño. Con sus jóvenes 69 años, Faccini demostró esa noche que irá por otros tantos años más recorriendo el país y tal vez la región para mantener el buen nombre del blues y rock ‘n’ roll en lo más alto.

Junto a Lulo Higgs en el bajo, Bonzo Gómez en la batería y Verónica Sanguinetti en los teclados, Faccini tocó su guitarra y cantó durante más de una hora, con un pequeño parate en el medio, temas clásicos de autoría personal y del rock mundial.

Canciones como “EL cuervo”, “Blues social” y “Frente al añil” (la cual repitió como despedida) más versiones de temas extranjeros como “Nacido bajo un signo malo”, del extinto Pappo, “Sobre el vidrio mojado”, o “Before you acuse me” de Clapton y “Honky tonk women” de los Stones, fue parte de un todo exquisito que en ese show se pudo disfrutar.

No queda más que agradecer a la vida por haber disfrutado de este toque, y aunque haya sido esta misma vida que le dio una zancadilla a Faccini (de la cual se levantó) que nos brindó esta pandemia mundial, un reducido aforo para espectáculos, una noche fría, niebla, humedad y hasta una esposa con serias dudas que en verdad una noche de miércoles fuésemos a un toque, a pesar de todo esto, la magia se pudo dar, hizo su presentación y quedó develado uno de sus más grandes trucos: El Conde.

Para aquellos que no fueron y ante próximas oportunidades, recuerden este nombre: El Conde. Permítanse vivir destellos de felicidad.

Tomás Cámara