Me he preguntado muchas veces qué hace que una canción se convierta en un clásico, que un disco se convierta en esencial e imperecedero. Qué hace que una banda o un solista se convierta en un signo de sus tiempos. Y no me refiero a la fama o el estrellato; ni a la música construida en laboratorios de complacencia y desidia organizada. Me refiero a esa música que sobrevive al olvido a empuje de su propia fuerza, de su necesidad de decir cosas que no se pueden dejar atrás. Esos sonidos que invaden silencios escabulléndose de la multitud, pero grabándose en lo más profundo de su sensibilidad, de su memoria colectiva.
Pensando El Rock: El Hambre Artística (Parte 1)
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