Son tiempos raros… Siento que la misión autoasignada es ir juntando fragmentos del pasado, de mi pasado. Y eso ocurrió el pasado sábado 28 de agosto del 2021, al asistir a la presentación del libro de Marcelo Rodríguez. Porque esta crónica indefectiblemente pasa por el devenir de mi vida y de mi carrera.

«The Shaggs son de verdad, puras, al margen de influencias. Su música es diferente, es sólo de ellas. Creen en ella, la viven. […] The Shaggs te quieren y les encanta tocar para ti. Tú puedes o no apreciar su música, pero sientas lo que sientas, sabes que son artistas de verdad», afirmaba la contraportada de Philosophy of the World…

¡Hola! Sí sí… llegó el dia. Es como el día de… ¿la primera vez? ¿que nace un hijo? ¿casarse? bueno .. lo dejo para cada uno, y si bien fui un poco exagerado en la comparación, grabar tiene eso .. que lo que se inicia, si se termina, (detalle no menor), va a ser para siempre. Ahora si .. ¿Cómo les va? ¿Cómo han pasado? Ya saben pero debo contarles. En esta edición de BRIKDATA retomamos el hilo planteado en columnas anteriores acerca de las etapas de producción de material en estudio y que es la pre producción.

El rock tiene conexiones con varias formas de expresión cultural, y una con las que más tiene, sin lugar a dudas, es el cine; desde películas hechas a medida para la estrella de turno (Elvis sería un gran ejemplo) hasta películas basadas en obras musicales (como es el caso de Tommy de los Who o The Wall de Pink Floyd). En el medio entran mil aspectos más: películas que se nutren de una buena banda sonora, otras basadas en la vida de diferentes artistas, algunas que cuentan con la presencia de músicos tocando en ellas y, en algunos casos, músicos actuando en películas que nada tienen que ver con su música.

¿Dónde nos gusta más ver y escuchar rock? ¿Cuál es el mejor ámbito para disfrutar el rock que cada uno de nosotros elije como banda sonora de su vida? ¿Hay un solo lugar o varios? ¿Se pueden combinar esos espacios? El nombre del fantástico libro de Fernando Peláez parece indicar una ruta algunas veces transitada y muchas otras anhelada en cuanto al derrotero de escenarios: De Las Cuevas Al Solís.

Los ochenta se iban terminando y el viejo local de El Cid en el que empezó todo este rollo demencial (hacía ya como 8 años), avisaba que había que mudarse con la música a otra parte. Los dueños del local lo querían para instalar su joyería, así que salí a buscar un nuevo sitio donde trasladar ese pequeño universo que se había generado en torno a unos vinilos y a los locos que respirábamos de esas emanaciones sonoras, y a mí que estaba tratando de enderezar mi economía familiar con un proyecto que cualquier persona equilibrada hubiera desechado al toque. Lo que empezó en una feria de los sábados, con un caja llena de lps para zafar del desempleo y llevar un poco de aliento a casa, fue mutando en un emprendimiento que envolvió mis días en una aventura de vida y pasión por los discos que se derramó sobre las siguientes dos décadas.

Hace una semana, en La Tertulia del Rock se discutía si el Rock está vivo o muerto; con sólidos argumentos para ambos posicionamientos, he de admitir. Creo eso sí, que como toda expresión cultural, mientras exista un solo artista vivo que se dedique a ese género, y mientras exista un solo espectador interesado, ese género artístico no debe considerarse como muerto. Y que yo sepa, el rock tiene más de un artista y más de un espectador. ¿Menos que en 1969? Ciertamente; pero muchos más que uno.