De Cassettes y Biromes

Junto con la reapertura democrática, la inauguración del primer shopping center en Uruguay y el debut de Eldorado FM, el liceo 12 estrenó local sobre la Avenida Ricaldoni, en pleno corazón del Parque Batlle. Atrás quedaba la vieja casona de la calle Rivera, los uniformes y la requisa capilar al ingreso. Aún así, el profesor Alexander Torres Mega seguía dictando clases de Educación Moral y Cívica mientras comenzaba su colección de fotografías de carteleras gremiales. Era la época de Videoclips, el programa de Alfonso Carbone, en Canal 5, que inspiró las cinco exitosas ensaladas publicadas en vinilo para deleite de los afamados disc-jockeys vernáculos.

Hacía nueve meses que había llegado a la capital proveniente de Pando y esperaba con ansias la salida del primer disco de Los Estómagos, después de la fallida edición de su simple “Los seres vivientes”.

Durante las dos primeras semanas de marzo asistimos al liceo Dámaso mientras se ultimaban detalles en la flamante construcción. Después de la semana de turismo de ese año, inauguramos el local liceal, bautizando los pupitres de madera con los nombres de todo el espectro rockero de los ochentas.

Existió un elemento fundamental para el conocimiento, disfrute, transporte y difusión de esas bandas: el cassette. Creado en 1963 por el Ingeniero holandés Lou Ottens, la “cajita” se transformó en una pieza de suma importancia para la escena under del Río de la Plata durante cuatro décadas consecutivas. No sólo permitió las copias de los vinilos extranjeros inaccesibles por estos lados, también dio lugar a registros de ensayos, shows en vivo y composición de célebres canciones, universalizando la incipiente movida de grupos locales.

 

El día que Cuevas casi escuchó a Barricada

Años después, compartían aula del liceo 12, Andrés Burgueño, Ismael Cuevas (futuros Sangre de Verónika) y Sebastián Cybulski (futuro iluminador de La Vela Puerca). En los recreos, Cuevas se levantaba del pupitre sólo para escribir en el pizarrón: Los Traidores. En uno de esos cortos trayectos, Cybulski lo interceptó y le prestó un TDK, con Barricada de un lado y Kortatu del otro. El objetivo del préstamo era que escuchara por primera vez la banda de Boni y “El Drogas”, cosa que no pudo hacer, pues al poner la gastada cinta de cromo en su casetero, ésta enloqueció transformándose en un acordeón magnético. Luego de la obligada reparación de la misma, mediante birome y cinta adhesiva, Cuevas, sin escucharla, se la devolvió al actual y codiciado iluminador de los liderados por Sebastián Teysera. “Tomá, muchas gracias. Me encantó”.

 

Canciones malditas, sin editar, cruzan el océano

Tiempo atrás, un veterano periodista musical argentino comentó en un programa radial de Buenos Aires una interesante anécdota. Resulta que el mencionado periodista, a fines de los ’60, estaba en una conferencia de prensa de The Beatles, en Londres. Lejos de su Boedo natal pero más lejos aún de internet y de la enfermiza globalización, después de mucho esfuerzo, gracias a sus boletos aéreos, logró acceder a una pregunta destinada a los 4 fabulosos de Liverpool. Cuando mencionó la nacionalidad del medio para el cual trabajaba, fue Lennon quien lo sorprendió con una increíble inquietud: “¿Conocés a una banda, de esa zona, llamada Los Malditos?” (agrupación rockera de los jóvenes “Caramelo” Mattos y Eduardo Mateo). “Hace unos meses me llegó un cassette con algunos de sus temas, son muy buenos”, complementó Lennon ante la perplejidad del periodista porteño.

 

Caminando por Manhattan o por cualquier parte del mundo

Transcurría el Mundialito del ’80 y en una esquina de Pando, Esteban “Cabeza” Lafargue (por aquel entonces, baterista de The Vultures, banda precursora del punk rioplatense) me dio lo que sería mi primer cinta: un cassette Alme con los dos primeros discos de Ramones. Ese tape supo torturar, sin piedad, los cabezales de mi radiograbador Pioneer plateado.

Llegado a la capital en 1984, con el sonido estomacal en la cabeza, compré el vinilo, editado por Ayuí, que compartían Cuarteto de Nos y Mandrake Wolf, al leer una reseña en el matutino La Hora. Fue su copia a cassette la que, junto a mi walkman chino, me acompañaban por la Avenida Rivera, sobre las desparejas veredas que separan la calle Julio César del IAVA (si el japonés Masaru Ibuka, de Sony, hubiera transitado esas grises calles, jamás habría denominado walkman a su invento). El ahorro en boletos me permitía comprar un disco cada 30 días, sumado al número mensual de Sólo Rock, publicación vital de la cultura-rock local por aquellos años.

Fue en esas caminatas donde conocí a un pibe allegado a “Los de Persia”, quien me pasó una cinta con la versión apócrifa del Himno Nacional a manos de Los Traidores (tema que utilizó Pablo “El New Wave” para boicotear uno de los últimos actos liceales, durante el régimen de facto). Inmediatamente empecé a seguir a los oriundos del barrio Cordón. Me perdí su debut, en Lazy Ranch, en un intervalo del recordado show de Los Estómagos (gracias a la gestión de Álvaro Gaynicotche, DJ del pub).

Los pude ver en Graffiti de Carrasco y en Partagás de Pocitos, recital reprimido por las fuerzas del orden, donde el bis fue un éxodo de 60 personas, a pie, hacia la Seccional Novena. Además de su caótico cierre en Montevideo Rock 1, recuerdo una accidentada presentación en el Teatro de Verano, producto de sus temas prohibidos. Ante la inminente irrupción policial, Álvaro “Varo” Coll (batero de Ácido, banda pionera del metal uruguayo) sacó, en el baúl de su auto, a Juan Casanova del citado predio municipal, quien a las cuadras se bajó. “Gracias, Varo. Tengo que volver, me olvidé de algo…”.

 

Código de barras sobre Teflón holandés

Renzo era un ferviente admirador del Ingeniero Ottens; de hecho, fiel a su estilo autodidacta, había estudiado la vida y obra del eximio inventor, quien en marzo de este año, a sus 94 años, nos dejó físicamente. Además del cassette, Renzo le adjudicaba el invento del CD; solía afirmar que en una maniobra turbia lo había patentado otra persona. Lo que más celebraba el ídolo uruguayo de los ’80, era el “Germanenfilter”, dispositivo creado por un adolescente Ottens durante la Segunda Guerra Mundial, que evitaba los bloqueadores de señal, utilizados por el gobierno nazi durante su ocupación a Países Bajos. El debut solista de Renzo Teflón, editado por Orfeo en 1988, se llamó “Je-Je” y es uno de los grandes discos del rock uruguayo. En su edición en cassette se puede apreciar el primer código de barras de la música uruguaya. Consultado por ese hecho, Renzo ironizaba: “no tengo el dial del orgullo, pero a Ottens le hubiera gustado la idea…”.

Hugo Gutiérrez

 

 

 

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