Ernesto Sclavo es una figura relevante de nuestro medio local. Polifacético y altamente instruido e informado sobre rock y todo lo que puede haber influido en él a lo largo de su historia. Siempre sus decires son elocuentes e interesantes, y este rockportaje tiene esos aportes superlativos. Es una zambullida en un océano de conocimiento para la cual utilizamos como trampolín a su último proyecto, El Factor S – Música sin Fronteras. Abrimos las puertas a una nota más que nutrida. Pasen.

En una gélida Bariloche, Enrique Symns brindaba un taller literario, en la primera clase, ante unos veinte participantes, «El Duende Australiano» preguntó cuál había sido el peor invento de la humanidad. Alguien levantó la mano y dijo: «La bomba atómica». Otro se inclinó por las armas biológicas. De esa manera, se sucedieron diversas posturas. Finalmente, Symns manifestó: «Están todos equivocados. El peor invento fue la imprenta». Un alumno, entonces, le recriminó: «Pero usted, que es escritor, ¿dice eso?». Y Symns, con petaca en mano, le contestó: «Sí, ¿sabés por qué? Porque el primer libro que se elaboró con la imprenta fue la Biblia, y con eso le envenenaron la cabeza a la humanidad entera durante dos mil años».

El Load, publicado un 4 de junio de 1996, es un disco muy polémico que dividió aguas entre los seguidores del grupo y hasta con el público en general del rock. Fueron momentos muy duros para los acérrimos fanáticos de la banda que no podían entender la música, ni mucho menos la nueva apariencia y el catálogo de fotos que el disco tiene. Los fans de la primera época no sabían si hacerse le harakiri o salir a quemar los discos y las fotos de la banda en la plaza pública.

Quien dice que el rock está muerto es porque no ha leído alguna de las casi 500 entradas que hemos publicado en nuestra revista digital a lo largo de estos dos años. Esas entradas sólo cubren parcialmente lo que ha ocurrido en ese período de tiempo, ya que se han generado muchísimas cosas más sobre las que no hemos podido escribir.

Hace unos años, al dar vuelta una esquina de Villa Dolores, me encontré con un veterano desaliñado, boletos en mano, gritando: «Se viene el fin, se viene el fin». Resultó ser Don Julián, quien había construido un arca en el techo de su casa y estaba vendiendo los pasajes a transeúntes devotos del apocalipsis.