Cuando el quinto álbum de estudio de la banda The Who vio la luz el 14 de junio de 1971, el cuarteto londinense ya era una banda superestelar, que había participado en los más importantes festivales de la época, desde Woodstock hasta Isle of Wight y había editado desde simples de éxito rotundo (“My Generation”) a clásicos discos en vivo (“Live at Leeds”). Pero lo mejor estaba aún por venir.

Soy del tiempo de los vinilos, cuando uno realmente se sentaba a escuchar música y ésta no era solamente la banda sonora de tu vida mientras otras cosas te iban pasando. Sentarse a escuchar todo lo que la púa arrojaba, con la tapa delante, apreciando todo su arte y leyendo hasta el último de sus detalles, era todo un ritual.