Gustavo Zecharies: Post Coito y La Cooperativa del Molino

Una de las experiencias más lindas y nutrientes del rock de los ’80 se dio en la Cooperativa del Molino, con base en el Molino de Pérez. Un emprendimiento totalmente under y DIY, real y removedor, de esas experiencias que uno puede decir con mucho placer que lo pudo vivenciar. Uno de los grupos más destacados y que logra trascender la Cooperativa, fue Post Coito. De la mano de Gustavo y Diego Zecharies (guitarra y voz, y bajo, respectivamente) el grupo presentaba unas letras acordes a la propuesta musical de la banda y de la Cooperativa.

Verlos en vivo era toda una experiencia. El tiempo y la vida pasan, y Gustavo vive hoy en Estados Unidos. Hace unas semanas encontré un impreso de la Cooperativa con letras de las bandas escrito de puño y letra por ellas, que fue el disparador de esta entrevista. En lo personal, un contacto muy cercano con Post Coito que luego de estar interrumpido por 30 años, se retoma. Una estupenda charla por video llamada para ponernos al día, y poder constatar que el tiempo pareció que no había pasado. Más de una hora inicial, y otro tanto más que se transformó en la entrevista que transcribimos a continuación. Así habló Gustavo Zecharies.


SR: Fue una sorpresa para mí encontrarme con las letras de las bandas de la Cooperativa del Molino, ya que no recordaba que las tenía. Inicialmente pensé en hacer un artículo con el hallazgo, pero al final me pareció mucho más interesante charlar contigo. La primera pregunta es, precisamente, ¿qué fue la Cooperativa del Molino?

Gustavo: Teníamos cierta afinidad entre gente que nos encontrábamos recurrentemente en diferentes lugares de Montevideo por cierto tipo de música. Había un par de centros, Malvín y la feria de Villa Biárritz, donde nos juntábamos entre gente que recién estaba terminando el liceo o estaba arrancando la Universidad, en un rango de edades entre 15 y 23 años. Teníamos cierta similitud estética, con un gusto musical bastante similar, todos con la misma preocupación de esa salida a una democracia pequeña, recién nacida. Había una ilusión enorme de esa entrada a la democracia y una detección de que los paradigmas que teníamos durante la dictadura, como represión policial y un nivel de conservadurismo enorme, seguían intactos después de haber cambiado de la dictadura a la democracia. Era un momento de choque. En las radios se escuchaban grupitos con cierto nivel de material, el incipiente rock nacional como una segunda generación, porque en los ’70s hubo una gran explosión de eso, y como que arrancaba otra vez. Pero se escuchaba que los textos eran metafóricos en lo que se quería decir, estaba todo tan autocensurado que yo entendía lo que querían decir, pero no decían nada que hiriera la sensibilidad de nadie. Yo creo que en nuestro grupo, claramente, teníamos las sensibilidades heridas por lo que veíamos todos los días, como las razzias. Era algo que no podía soportarse. Entonces sale una especie de agite subterráneo de bandas que empezamos a tocar en diferentes lugares. Y escuchar a las otras bandas hizo que nos empezáramos a conectar. Fue una movida muy interesante, porque tocamos en bastantes lados. Quien haya pasado por esa época se acuerda de las cosas que pasaron cuando, por ejemplo, Clandestino tocó en uno de esos recitales y los llevaron a todos en cana, pero no ha quedado registrado nada. Quedó un impacto, un gen por ahí disuelto en la historia. Fuimos los dinosaurios que desaparecimos; vino un meteorito, nos extinguió y encontramos huesos por ahí (risas). En ciertos niveles, la calidad musical de algunos de los que tocaban, fue una vibra fundacional de gente que tocó después. De ahí sale la Cooperativa del Molino, que se llamó así porque la primera vez que nos juntamos para hacer un toque entre nosotros, juntamos unos amplificadores, una batería, dos micrófonos y nos fuimos hasta el Molino de Pérez. Uno de los anormales, abre la caja de distribución donde iban las luces hacia las columnas de iluminación, saca los 220 voltios, y armamos un recital ahí, de la nada. No habíamos llamado a nadie, era para tocar entre nosotros, y a todo el mundo le llamó la atención. Ese fue nuestro nacimiento. Los grupos eran Orgasmo Rosa, Las Tumbas, Sádica, Clandestino y nosotros. La idea era juntarse en lugares donde pudiéramos tocar. Éramos de estilos bastante diferentes, y de niveles de cultura musical también diferentes. Nos unían más los textos que la calidad musical, la música era una especie de soporte a lo que se quería decir. Había cosas más elaboradas, por ejemplo, Orgasmo Rosa tenía unas composiciones bastante más interesantes del punto de vista musical. A nosotros nos agarró en un momento en que estábamos estudiando qué eran los instrumentos; cada seis meses había una evolución increíble por las cosas que estábamos aprendiendo.

SR: ¿Cuáles fueron los factores que se dieron para que la Cooperativa siguiera funcionando como tal, qué fue lo que disparó su crecimiento?

Gustavo: Teníamos puntos de inspiración similares, como La Polla Records, los Sex Pistols o The Clash, bandas que tomábamos como punto de partida a cómo queríamos presentarnos en la estética general de las letras. Los tipos cuando querían decir algo, lo decían. Creo que llevar un tipo de protesta a algo poético, que rime, que tenga sentido y cierto ritmo, poder banalizarlo para que salga una música que la gente recuerde, es algo que tiene su onda, y era una fibra común entre los miembros del grupo. Lo que sustentaba esto es que había un montón de gente que estaba esperando a que salieran bandas así. No éramos nosotros los inventores de esto, todo el mundo estaba repodrido y frustrado con la situación del momento. Como la preocupación era común, cuando tocábamos, venía un montón de gente a vernos, y veías que había gente que empezaba a cantar nuestras letras. Nunca salimos en ninguna radio, por lo que nos resultaba increíble. Nadie tenía plata como para meterse en un estudio y hacer perdurar ninguno de estos materiales. Entonces, cuando vos encontrás esas fotocopias con las letras o sale una grabación, es como cuando un arqueólogo encuentra un hueso de un dinosaurio (risas).

SR: Contame qué es ese documento con las letras de las bandas.

Gustavo: Uno de los toques fue en el Parque Rock-Dó, un evento organizado por la Intendencia con bandas totalmente nuevas para abrir un espacio para que se expresen. Esto es para celebrar, porque no se hace normalmente. Con esta idea de la Cooperativa en mente, se nos ocurrió dejar un huesito en este sistema y hacer una fotocopia de nuestras letras, así cuando la gente nos fuera a escuchar podría estar leyendo las letras y entender bien lo que estábamos diciendo, porque acá lo importante era el mensaje porque desde el punto de vista musical era bastante limitado. Creo que lo vendimos para recuperar la plata de las fotocopias. Algunas de las letras son increíbles, tienen una genialidad, una frescura, no vienen de ningún lado, no copiaron a nadie, fue una cosa que se manifestó ahí. Muy interesante.

SR: Era el punto fuerte de la Cooperativa.

Gustavo: Sí, y no era común el mensaje. Había de todos los extremos, cosas más poéticas o más metafóricas, o bandas como Post Coito y Clandestino que se nos daba por decir las cosas como había que decirlas. Una de las bandas que estaba totalmente en el extremo, que era Clandestino, terminaron todos en cana.

SR: Fueron muy efectivos.

Gustavo: Una cosa que no puede ser es la congregación del pueblito, la congregación atrás de la institución, condenar a tipos de 16 a 18 años, mandarlos en cana porque salen a gritar en un micrófono. Eso y el desafuero de José Germán Araújo son las cosas que recuerdo como para decir que esto es sólo una fachada sobre algo que está ultra podrido desde hace 100 años. Te das cuenta que no hay nada que hacer.

SR: ¿La Cooperativa tenía algún punto débil?

Gustavo: Sí, sí. Como todo sistema medio anárquico, no tenía una línea directriz de lo que pensábamos hacer. Era todo un sentimiento común, y como todos los sentimientos, deja lugar a muchas interpretaciones de lo que hay que hacer y cómo profesionalizar. Acordate que éramos gente que no teníamos medios ninguno para llevar esto a otro nivel. Había una falta de cualquier tipo de apoyo o interés de un medio masivo, más allá de que estábamos todos en la parte subterránea, como uds. No existía una radio que fuera a pasar un tema nuestro o a mencionar nuestro nombre. El único medio que una vez compartió nuestro nombre, fue la revista Guambia. Porque una de las cosas brillantes que hicimos en la época, fue salir a pintar las paredes de Montevideo. Pintamos en ocho lugares, y lo vieron el millón de habitantes de la ciudad, porque iban en ómnibus y decían “¿y esto qué es?” (risas). Fue una medida de marketing tan genial que popularizó el nombre, y Guambia escribe “Post Coito” en un muro de un dibujo que publicaron. Se eternizó esta idiotez (risas). Increíble. Pero bueno, como punto débil, la falta de un proyecto, porque no era un proyecto, era un sentimiento, y la falta de plata y estructura. Quizás también la inmadurez de todos nosotros, un grupo de pendejos tratando de sacar algo adelante que era totalmente utópico. Fue mucho más lejos que donde tendría que haber ido; este tipo de cosas terminan mal mucho antes.

SR: Post Coito fue de las bandas más fuertes de la Cooperativa y logró trascender más allá de la experiencia. ¿Por qué te parece que fue así?

Gustavo: Tanto mi hermano Diego, que era el bajista en esa época, como yo, teníamos una curiosidad especial sobre la música. No somos hijos de músicos, pero estábamos tomando clases con gente que era repesada en Uruguay. Mi hermano recibió clases de Arturo Meneses y el Popo Romano, que en aquella época estaban prendidos fuego ambos. Yo tomé clases con Carlos Quintana, con Firpo, con Esteban Klisich. Nos daban todos los colores de la paleta para que pudiéramos sonar como queríamos. En la época que trabajábamos juntos, escuchaba las cosas que hacíamos, y estaban totalmente fuera de escala, hasta el día de hoy. Eso sumado a la rabia de las letras, quizás tenía una combinación bastante explosiva: no sólo sonaba bien y desde el punto de vista musical era atrayente, sino que además lo que se decía tenía todo el sentido. Hubo un momento en que esa formación tampoco se sustentó mucho más. Quizás la idea de utilizar como base al rock, quizás punk rock, llegó un momento donde ya no daba para más desde el punto de vista musical para nosotros, estaba limitado. Habíamos aprendido más cosas y nos hubiera gustado decir otras cosas pero de una forma quizás un poco más sofisticada desde el punto de vista musical. Rearmamos la banda y trajimos a Diego Carbonel, que toca la guitarra y armoniza las cosas de una forma increíble, Daniel Carini que viene del lado del candombe, afro rock, y un percusionista. Nada que ver. Si nos veías, éramos como Weather Report por la forma en que estábamos estructurados. Como música, fue de lo más desarrollado que sacamos. En esa época ya estábamos enfrentándonos a una juventud donde uno forma pareja y tiene que empezar a sustentar una familia, irse a vivir fuera de la casa de los padres. Ahí o te metés a trabajar 20 horas por día o te vas del país. A la larga nos fuimos todos y no quedó ninguno en Uruguay. La mayoría de los integrantes de la Cooperativa del Molino con los que mantuve conexión, se fueron del país. Es una pérdida irreparable cuando estos músicos se van. No hablo de nosotros sino de los demás. Se va un capital intelectual que hubiera forjado otras generaciones y hubiera tenido opiniones y generado una red de gente con influencia buenísima artística e intelectual en el país.

SR: Me contabas recién lo de los graffitis y el impacto que tuvieron por el nombre de la banda. ¿De dónde sale el nombre Post Coito?

Gustavo: Fue una generación espontánea de la idea. Tenía que ser algo que no fuera insultante, pero que en el nombre instantáneamente generara incomodidad. No dice nada, ninguna señora iba a repetir ese nombre y ninguna radio nos iba a pasar nunca. Íbamos a buscar ese conservadurismo uruguayo y lo íbamos a rascar y a irritar. Yo estaba comiendo con mi padre y ¡puf!, se me vino a la mente. Y le dije: “¿qué te parece si llamamos al grupo Post Coito?”.  Él me mira, lo piensa unos 15 segundos, y me dice: “¡Genial!” (risas).

SR: ¿Qué pensás hoy de las letras de Post Coito?

Gustavo: Pienso qué genial que estaban y cómo han podido subsistir. Hay gente que ha tomado esos temas como referencia. Hoy, viendo para atrás, uno como que justifica el tiempo que pasó llevando el proceso de creación de las letras a algo potable, que tenga su lógica y estructura. Sin haber tenido formación sobre cómo escribir letras, que se hayan generado de la nada, es algo muy meritorio. Estoy muy orgulloso de que hayamos podido lograr eso.

SR: Asusta un poco la vigencia de las letras.

Gustavo: Vos y yo somos de la generación que vio todo eso, y hoy perduran y soportan las observaciones que teníamos hace 30 ó 40 años. Si pudiera ir para atrás y revivir todo esto, habría que pensar para las generaciones futuras, que además del hecho de compartir y socializar los problemas con música, hay que encontrar otras cosas que tengan mayor influencia sobre la educación general de la gente.

SR: ¿Te parece que el rock tiene alguna incidencia para modificar estas situaciones?

Gustavo: Como cualquier expresión artística, definitivamente tiene un rol unificador. Sé que es una comunicación en un sentido, pero cuando la gente tiende a entender el mensaje, uno tiende a justificar su propio pensamiento. Lo que me parece más importante de la existencia del rock o de cualquier tipo de música, es que crea una mayor cantidad de gente que puede expresarse desde el punto de vista artístico, que permite una mayor diversidad y tonos diferentes de realidades. En ausencia de esto, tenés el mensaje del gobierno de que “esto es lo único que existe” y uno tiende a atrofiarse. Cuando tenés arte dando otros mensajes, existe una pluralidad de opiniones sobre una vasta cantidad de cosas en las cuales tenés muchas más opciones. La música soporta el alma de uno, sinceramente, es el lenguaje universal. Solamente con una melodía te puedo hacer llorar, y eso es muy importante, que te lleve a un lugar común con el tipo que tocó esa música o el que dijo alguna palabra. Es impresionante, sobre todo cuando perdura a través de los años.

SR: En Uruguay está ocurriendo, por ejemplo, de que a los toques va poco público. ¿Eso puede ser un problema?

Gustavo: El problema no es el recital como concepto -hay que pensar cómo lo hacemos evolucionar- sino que la tecnología que tenemos al día de hoy para masificar las propuestas, está tan manejada como estaban las radios entre los años 70 y 90 en Uruguay. Pero creo que estamos a la entrada, sobre todo con esta pandemia, de la necesidad de la producción individual y la pluralización. Si querés ser un artista que trascienda, vas a tener que digitalizar tu propuesta, poder llegar a la gente de alguna otra forma. La necesidad de la música sigue ahí, el problema es que creo que se abolió el privilegio de las súper grandes bandas de ser las únicas que mantienen el pulso del mensaje musical. Esa dictadura de que hay una sola banda de 30 que perdura, no existe más. Yo sé que lo vemos hoy por hoy, pero vemos el legado de eso. Yo no pondría todo el capital en tocar en vivo como era originalmente. Quizás la experiencia musical es algo más íntimo; no pasa por meterse en un recital, sino meterse en un pequeño lugar donde haya una banda y haya 18 personas tomando una cervecita y escuchando en un lugar un poco más civilizado. Es mucho más disfrutable hacer eso que meterse en un estadio donde es un quilombo.

SR: ¿Te parece que estaría bueno que apareciera una nueva cooperativa en el sentido que tuvo la Cooperativa del Molino?

Gustavo: Me encantaría. Estando tan lejos y tan viejo, es muy probable que lo que digan me va irritar enormemente. Voy a tener dos reacciones: la irritación del viejo que soy y la gran ternura que me va a llevar ver gente que me está moviendo el piso como yo trataba de movérselo a mis viejos. Voy a ir a comprarles el ticket pero no sé si voy a entrar a ese recital (risas).

SR: Pasaste de la guitarra punk al virtuosismo en el bajo. ¿Cómo fue ese camino?

Gustavo: La guitarra fue un instrumento que toda la vida quise tocar. A los 13 años vi a Eddie Van Halen en el Cilindro y me marcó para siempre qué era lo que había que hacer. Así y todo, cuando me fui de Uruguay, dejé un poco la guitarra y me empecé a dar cuenta que es un instrumento bastante ingrato, donde el retorno de la inversión es mínimo: uno le pone un millón de horas y le devuelve una hora de placer, más allá de que tiene problemas de afinación. Una de las cosas que estaba desarrollando en la guitarra era tocar con ambas manos en el mástil, tocar tapping todo el tiempo. Pude darme el lujo de comprarme un stick, que es un instrumento diseñado para eso, que es guitarra y bajo en el mismo instrumento. Después pasé a otros instrumentos de este estilo, con lo cual pude formar mi primera banda en Montreal que se llamó Krakatoa, que éramos un saxofonista, un baterista y yo. Habíamos arreglado el problema de las prima donna: no teníamos ni guitarrista ni cantante (risas). Tocábamos una especie de jazz progresivo. Dado que este instrumento me daba acceso a las frecuencias bajas, se me ocurrió conseguir un bajo para ver si podía tocar algunos temas solamente con el bajo. Y me di cuenta, de viejo, que siempre fui un bajista y que el bajo es un instrumento mucho más gratificante para mí en el sentido de que si le das 1.000 horas de estudio, recibís 800 de placer. Tiene unos armónicos increíbles; el espectro del bajo está mucho más cerca de la voz humana, es mucho más cálido, lleno. Me puse a especializarme en tocar bajo solo, que es algo bastante difícil de hacer. Hay que ingeniarse, porque el bajo puede llegar a ser medio monótono en su frecuencia. Tengo un bajo de seis cuerdas, que me permite un espectro bastante alto. La verdad que lo disfruto increíblemente bien.

SR: Hiciste la experiencia a la inversa, generalmente los músicos van del bajo a la guitarra.

Gustavo: Podés tener una guitarra desafinada o una batería que le erra a algún tiempo, pero si tenés un bajista que no funciona, la banda pierde completamente el groove, el ritmo, el swing. Desde siempre se ha minimizado el rol de este instrumento. En su simpleza, es súper complicado. Es como tocar el ukelele: hay que ser un fenómeno para tocar el ukelele.

SR: ¿Qué opinión tenés de las bandas y la música rock en Uruguay?

Gustavo: Tengo una opinión permanente, la misma que tenía en alguna época. Al día de hoy, no creo que haya algo que puedas decir “esto es rock uruguayo” al escucharlo. Cuando empiezo a escuchar las letras, me empiezo a dar más o menos cuenta. Para quien haya escuchado rock en español en Latinoamérica, se confunde entre más o menos la misma rítmica e utilización de los recursos. Hay una idea de la guitarra haciendo unas cosas técnicas, un par de solos distorsionados, y siempre la misma vibra, para mí, cuando escucho desde el punto de vista masivo. Creo que falta un poco más de trabajo para darle esas gotas de autenticidad que lo harían específicamente uruguayo. Sonidos como el candombe, la murga, gente que ha compuesto cosas, como Zitarrosa, son indiscutiblemente uruguayos. Hay una cosa sombría, una agresividad, como una rebelión interna en lo que uno escucha que dice que eso es único y específico de ese lugar. Creo que todavía eso no ha trascendido a lo que podríamos catalogar como rock uruguayo específicamente. Con esto quizás estoy hiriendo la sensibilidad de mucha gente que está tratando de encontrar esa identidad. Sigo pensando que habría que darle un poco más de trabajo a crear una entidad que cuando se escuchara se pudiera decir inmediatamente que viene de Uruguay. Así y todo, hay muchísima diversidad y hay una educación bastante grande con respecto a la música en Uruguay, hay mucha gente que toca muy bien. Tenemos una diversidad de talentos que es espectacular. Pienso que con el tiempo esto va a empezar a tomar más forma. Cuando hay un talento fuera de lo común, hay que incentivarlo a que viva y perdure.

SR: ¿Querés agregar algo a lo que conversamos?

Gustavo: El hecho de que nos contactamos después de 30 años y que estamos charlando ahora como la última vez que charlamos como si no hubiera pasado nada, es algo bastante peculiar y es algo que habría que atesorar. Nos habíamos juntado en un momento muy feliz de nuestras vidas y han pasado millones de cosas en el medio. Si hay un mensaje, es la alegría que me da de poder charlar contigo otra vez, ver que seguís fiel al que eras hace 30 años atrás, así como yo espero poder darte esa imagen también.

SR: Es compartido. Yo sentí una alegría enorme de volvernos a contactar. Retomar desde aquellos momentos compartidos, que estuvieron buenísimos, es fantástico. Te agradezco pila, por aquellos momentos y por éste de ahora.

Gustavo: Una cosa que tendríamos que ponernos como proyecto es rejuntar a Post Coito y hacer un toque.

SR: Me encantaría.

Gustavo: Cantando los mismos temas de antes y cagarnos de risa tomando una cerveza, por valorizar aquellos momentos. Para que sea realmente auténtico tendríamos que ir a una sala a sentir el ruido. Es una emoción que habría que ir a buscar, el hecho de salir en vivo. Te dejo esto para darle continuidad a un proyecto, que sería algo que podríamos pensar cómo llevar a cabo y celebrar con tres o cuatro temas.

SR: Hecho.

Ariel Scarpa