Álvaro Pintos, más conocido como Alvin, es un tremendo y muy conocido baterista de nuestro medio, que viene desarrollando su actividad desde mediados de la década de 1970. Las bandas más destacadas en las que ha participado son El Cuarteto De Nos, La Trampa y La Tabaré, manteniéndose en la primera como baterista fijo original desde mediados de los ’80, siendo además, junto a Roberto Musso, los únicos integrantes que quedan de aquella formación original. Aparte de sus condiciones como músico, es una gran persona. “Conocerlo es quererlo”, siempre abierto al diálogo y con la mejor onda. Desde que Sólo Rock salía como revista under, se vendió en su estudio Elepé, de la calle Hugo Pratto 2204, lugar donde supimos tener buenas charlas y grandes momentos de intercambio. Este reportaje es uno más que se suma a esos momentos, y por eso y más allá de todo lo que nos cuenta en la entrevista, para nosotros representó mucho más que un reportaje.
SR: Comentame sobre tus comienzos musicales. Lo más atrás que conozco sobre vos es tu participación en Estudiantina.
Alvin: Mi parte musical en la vida nació cuando me regalaron un bombo legüero. Mi hermano tocaba la guitarra, mi abuela tocaba el piano, mi padre tocaba panderetas, bailaban tango, era una casa bastante ruidosa. Había un club deportivo en Pocitos, el Mirador Rosado, y había una vida activa de cosas que pasaban, bien de barrio, que ahora ya no se ve mucho en Montevideo. Mi hermano tenía canciones de folklore y yo lo acompañaba siendo muy chico. Un día mi mamá descubrió que además del bombo yo agarraba las ollas para pegarles con los palitos del bombo, sin haber escuchado demasiada música, no muy influenciado por nada, sino que era por ruido y por la sensación tímbrica. Repetía las vueltitas y me hacía un patrón. Llegaron los Reyes de los 7 u 8 años, y se les ocurrió regalarme una batería, como a mi hermano, que es cuatro años más grande, le habían regalado una guitarra eléctrica. Empecé a tocar y me mandaron a estudiar con Arturo Barros, un profesor muy interesante que teníamos en el barrio. Después fui al Instituto Musical Moderno y ahí había mucha movida musical de estudiantes. Después nos vinimos a enterar que Riki también era alumno de batería, porque eran grupos de muchos bateristas. Luego esa escuela se disolvió, pero hubo una conexión con la generación anterior de músicos, de Tótem y todo eso. La única conexión que tenía con eso era porque mi hermano escuchaba esa música, y esos profesores que había ahí eran todavía de los ’70, que todavía no los habían echado del país y seguían trabajando, seguramente porque no tenían mucho donde tocar, tampoco. Pero cuando la escuela se disolvió, se rompió eso, haciendo un silencio total en cuanto a conexión musical. Entonces seguí con Arturo Barros, que era de la escuela del SODRE. Me enseñaba el tambor clásico, que estaba bueno y me sirvió pila. Le había gustado mucho como yo coordinaba. Yo tenía mis inquietudes, así que me enseñó un poquito de rock y de pop. Yo le había mostrado una canción que hacíamos con mi hermano y sus amigos y me decía que eso no era música, y yo le estaba mostrando Santana (risas). Le mostré lo de Woodstock y el solo de batería, y me dijo: “No, eso no es, no te confundas”, pero yo quería hacer eso. Ahí nace mi parte musical y arrancamos con esta banda que se llamaba Mantis. Estábamos en dictadura, pero por lo menos había un concurso de música de rock, que en realidad era de folklore y de dúos. El rock era como lo más oscuro que tenían ahí. Era los domingos a las 12 del mediodía y se transmitía por Canal 12, todo muy light. Nosotros hacíamos una canción de Queen y no recuerdo qué otras más. Sé que hicimos “Somebody to love” y ganamos en ese año ’77 con los amigos de mi hermano, y yo que era el baterista chiquito. Ya en el ’78 se puso muy difícil hacer música en cualquier lugar, incluso para esa banda tan juvenil que había ganado. Tocamos dos o tres veces y se acabó. No había nada, sólo cositas sueltas que organizaba Ignacio Suárez, que tenía su movida, pero era suya propia. Vino el canto popular, muy fuerte, y ahí como que nos separamos. El bajista fue preso político y mi vida se pone toda muy oscura: la música como que se borró y la batería estaba ahí. Yo quería seguir tocando la batería, así que seguí estudiando y trabajando. En los ’80 yo seguía muy cabeza dura con eso, así que me armé un cuartito. Había ido a Buenos Aires a la casa de una tía y me mostraron que en la esquina había una escuela de música y sala de ensayo, porque allá, con el tema de las Malvinas y la prohibición de pasar música en inglés, había un auge de música con Serú Girán, Charly García y toda la movida de la gente de Rosario, como Fito Páez, que se habían ido todos a Buenos Aires. En ese cuartito que había armado tenía los rankings de Eldorado FM, que ya había empezado. En esa época apareció Leonardo Baroncini en casa, que era muy amigo del barrio, con un disco bajo el brazo. Pensaba hacer un grupo con Renzo, con el que yo ya había hecho algunas cosas en Elvysur, e iba a dejar esa banda del disco, que se llamaba El Cuarteto De Nos. Me dio el disco y en la tapa había un pingüino con tres tipos. Le dije: “¿Qué es esto?» (risas). “Y bueno, es un disco. No es un disco, en realidad, es una mitad”, me dice. Tenía que ir a la casa de ellos y probar con la batería de él que estaba allá. Escuché las canciones, como “Acapulco nos emborracha” y “Cucos S.R.L.”, y como tenía tiempo para aprenderlas, mientras lo hacía “Cucos S.R.L.” entró en el ranking de la radio, y pensé: «Es tremenda banda». Un día llamo a Roberto y le pregunto cuándo son los ensayos, porque ya había sacado las canciones, así que un domingo por la tarde voy a la casa de los Musso, en la calle Maldonado. Ese domingo en la mañana Roberto había ido a un partido de fútbol y tenía roto un diente por la mitad porque se le quebró en el partido. «Hola, ¿cómo andás?, yo soy el cantante”, me dice el tipo sin diente (risas). En el ensayo no escuché nada de lo que cantaban, porque aparte de esas canciones que había sacado, iban a sacar otras: “Doña Eulogia”, “La prima”, entre otras, que las saqué. Cuando volví a mi casa me preguntaron cómo me había ido. Les dije: “Está buena la banda. Es muy rara; seguramente se pueden hacer cosas buenas. Pero el cantante es un terraja, le falta un diente. Es el frontman, el que va a estar adelante. Va a ser tremendo” (risas). Después nos reíamos mucho de eso porque al otro ensayo ya estaba con el diente puesto. Se había olvidado de contarme lo que le había pasado. El primer show fue en Clave de Fu. Había llevado a toda mi familia y cuando escuché lo que estábamos cantando pensé para qué la había llevado: decían cualquier disparate. Ese es mi inicio musical, que de alguna manera tuve la suerte de que no tuve que ir a trabajar porque convencí a mis padres de que podía dar clases. Ahí en Pocitos la gente escuchaba que yo tocaba, y empezaron a preguntar si se daban clases de batería. De alguna manera, fui el enlace con muchos bateristas que fueron alumnos míos, como el Pepe Canedo, Ibarburu y muchos más, cerca de 40 alumnos. Había mucha florescencia musical y todos escuchábamos Eldorado y lo que pasaban, como Los Estómagos. Fue muy bueno y, por otro lado, muy malo. Me acuerdo que el baterista de Guerrilla Urbana, Hugo Blanco, quería estudiar para saber cómo era tocar punk. Le expliqué en dos clases y no vino más. Me dijo: “Gracias, me recibí” (risas). Le aclaré que tenía que estudiar años, pero le gustaba eso.

SR: Paralelamente, en esa época estabas en La Tabaré, también.
Alvin: Cuando empezamos, ensayamos mucho en mi casa donde tenía mi cuartito con la batería, o íbamos a la casa de los Musso. Con ellos me vinculé con otro mundo, mezcla de canto popular, mezcla de rock, porque ellos también se habían presentado en Estudiantina, pero yo les había ganado con Manti (risas). Ellos estaban muy vinculados con el canto popular, con otro tipo de humor, el humor negro de esa época, que evitaba las censuras más fuertes. Todo era como con un segundo sentido, había que tener mucha inteligencia para escribir y que no te censuraran. En la casa de los Musso aparecía gente, como Javier Silvera o Darnauchans, y un día apareció un tipo que estaba con un grupo. Me dicen si quería tocar la batería con ellos también, porque con El Cuarteto tocábamos muy poco. Era Tabaré, que quería hacer unos temas que tenía, porque hacía un teatro con música, y entonces armó La Tabaré. Quedé junto con Riki, que era el bajista. Empezamos a tocar en el Teatro Circular todas las semanas. Al teatro en dictadura iba muy poca gente, y los del Circular estaban encantados con Tabaré porque se llenaba la sala. Para mí era maravilloso. En esa época era muy fácil compartir dos bandas.
SR: En un momento tuviste que elegir entre las dos, ¿no?
Alvin: No, Tabaré me echó (risas). Él venía de la escuela de teatro y era bastante rígido. Un día llegué tarde y me echó. Pero me tuvo que llamar de vuelta porque salían cosas. En definitiva, me quedé sólo con El Cuarteto, porque aparte de todo eso, mi hermano y sus amigos se vincularon con carnaval. Si mi idea era vivir de la música, tenía mis clases y el carnaval me prometía tocar con Los Jockers y con Los Gabys, ganando plata por tablado, como si fuera una gira pero por Montevideo. Yo no conocía mucho qué era el carnaval, pero me daba un poquito de cosa que me vistieran de colores. Tenía el tablado del Club Tabaré, que estaba cerca de casa, y cuando me llamaron para actuar ahí, dije: “¿Me va a ver todo el mundo vestido así, de naranja?”. “Pero si todas las bandas están así; vos vas a estar como todos”, me dijeron. Yo tenía un prejuicio, pero resultó que a ninguno de mis amigos le gustaba el carnaval y nadie me iba a ver, así que ahí era otro mundo. Pero bueno, se ganaba bastante bien, por lo menos para un chico que no hacía nada. Me pasaron cosas relindas: cambié el instrumento, mejoré mi salita.
SR: ¿Lo de Alvin viene por la canción “Alvin de la selva” o es al revés?
Alvin: Tavella, al verme tan comprometido con mi ilusión de ser músico, para él yo era todo un comerciante: daba clases y estaba en carnaval. Igual me iban a ver; Roberto iba con su novia a verme y a saludarme en los desfiles. “Alvin de la selva” es como un indio que va por la vida haciéndose paso. De ahí nace la canción, de eso y de una foto que Riki me hizo una vez, son las dos cosas juntas. Riki nos pidió una foto de la cara a cada uno, porque a él le gustaba mucho la fotografía, y a cada uno nos transformó la cara. Lo mismo que se hace ahora con aplicaciones pero a través de cosas mucho más analógicas. Nos deformó la cara a todos. Ahí yo ya era Alvin Pintos. A él se le ocurrió eso.
SR: El nombre salió de él, entonces.
Alvin: Sí, salió de él. No sé quién nació primero, si la canción o Alvin.

SR: Vamos a algo un poco más actual, porque El Cuarteto de aquella época tiene muy poco que ver con El Cuarteto actual. Ahí hay todo un proceso donde Raro es un poco la bisagra, ¿no?
Alvin: Exacto, sí, sí. Lo que cambió un poquito antes de Raro, donde ya empieza a haber un cambio, es con Otra Navidad En Las Tricheras. Ahí está La Trampa, también, pero vamos a dejarlo de lado. Para dejarlo sentado, nomás, que estuve 10 años en La Trampa en paralelo con El Cuarteto, que fue una etapa hermosa. Después te cuento porqué me fui de La Trampa y porqué me quedé con El Cuarteto. Porque cuando hablemos de Raro, vamos a tener que hablar también de Resurrección, es todo junto. Pero bueno… a mí me gustaba mucho la música de mis hermanos, que era de Led Zeppelin, de The Who. Todo eso lo remamé, pero para mí era música de hace 1.000 años. Y la dictadura me obligó a escuchar y bailar música disco, rhythm and blues, todo como muy para arriba. Todo eso lo viví, pero yo no tocaba eso. Roberto, de alguna manera, también salía y escuchaba música. Era mucho más Lennon, pero también le gustaba bailar. Y empezaron los hitazos argentinos, con Los Pericos, Los Enanitos Verdes, Charly García, Fito, todas esas músicas que la gente bailaba. Y nuestro rock no era nada bailable. Era como que hasta ahí habíamos hecho teatros donde nos disfrazábamos, pero también nos hubiera gustado entrar en el circuito donde empezábamos a ver que iban algunas bandas, como Los Estómagos. O iba Jaime con el Sabalero, y empezaron los Candombailes, donde resurgía la música en vivo. Ahí empezamos a variar un poco, donde llega Otra Navidad En Las Trincheras y empezamos a experimentar con cualquier cosa. Yo tenía un amigo en el barrio que hacía música electrónica y que se llamaba Rolando Cieri. Le pregunté si se animaba a hacer una de esas marchas que él hacía, y nos quedamos dos días trabajando con el tecladista en una canción que se iba a llamar “El putón del barrio”. A él le encantó la idea y nos hizo esa marcha, que en el estudio Riki le puso todas esas cuarteterías que tiene arriba. Y fue un hitazo que hasta ahora lo siguen pidiendo en todos los países que vamos. Para mí, ese es el primer momento bisagra que tiene El Cuarteto, si querés llamarlo de alguna manera, porque más allá de que en los festivales entre muchas bandas lográbamos llenar el Teatro de Verano, ahí el éxito fue muy grande y nos hizo conocer los 19 Departamentos y pasamos a otro lugar. Abel Duarte nos llamaba, porque estábamos en el ranking de él. Ya no era el de la 100.3, ahora era el de Duarte. Nos llamaba Omar Gutiérrez de Canal 4. O sea, pasamos a otro mundo popular, digamos. Nos empezaron a conocer otras personas que no curtían la cosa más cultural. También fue como un golpe para Ayuí, que era el primer disco que se la jugaban a sacarlo en CD y había que pedirlo en Canadá. Era bastante complejo. Nos salía muy caro sacar discos, pero nos jugamos y mandamos pedir 500. Y terminamos vendiendo 18.000; o sea, hubo que pedir, pedir y pedir. Y hasta ahora sigue siendo el compacto de rock más vendido en la historia del Uruguay. Fue triple platino, una locura. Nos dejó muy bien en Uruguay. Hicimos algunas pruebas en Argentina, que fue un trabajo que intentó hacer Mauricio Ubal con Ayuí, pero era como muy under, no conocían nada. Fuimos a un par de cosas, pero éramos una cosa muy rara para la Argentina. No pegó “Bo cartero”, no pasó nada. Ahí sí que dijimos; «Pah, se acabó, ahora empieza barranca abajo». Llegamos a lo máximo que se llega en Uruguay, llegando a tocar en todo el Uruguay, y salimos del país, pero a Quaraí (risas).
SR: O sea, salieron del país.
Alvin: Sí, y en el Chuy también. Ahí vino Barranca Abajo y el bajón del rock nacional, que no fue sólo para nosotros sino para todos. Seguimos en nuestros experimentos y dijimos de hacer algo más serio. Con el paso del tiempo veíamos que se internacionalizaba Once Tiros. Me impresionó mucho verlos tocando en la tele en otro país. Luego también La Vela y No Te Va Gustar. “¿Cómo hacen?”, pensamos, y nos dimos cuenta que teníamos que hacer un cambio de audio. En Uruguay teníamos shows todos los fines de semana; hacíamos la Zitarrosa cuando queríamos y la llenábamos. Estábamos bárbaros. Pero llamamos a Campodónico para que nos produjera el próximo disco, y él no podía creerlo porque era re fan de nosotros. Pero no hicimos Raro, hicimos un disco que era una compilación, que eran las mismas canciones, pero con tres nuevas (“Hay que comer”, “No quiero ser normal” y “Fui yo”). Nosotros hacíamos la parodia: si tocábamos rock, jugábamos a la banda de rock. Pero Campodónico nos dijo que si hacíamos rock, hacíamos rock; si íbamos a hacer una cumbia, había que poner los mejores sonidos de cumbia, y si era otra cosa, había que estudiarlo. Nos hizo volver a estudiar música, estudiar canciones, nos puso profesor de canto para todos; una cosa muy seria en la preproducción. Hicimos ese disco y la verdad que no pasó nada, pero fue como que lo empezaron a pasar por la radio un poco más. Y el rock convergía de vuelta, comenzaba otra vez sus buenos tiempos. Después dijimos de hacer otro disco y Robert dijo que tenía unos temas muy raros y que no sabía si nos iban a gustar y otros que eran más como El Cuarteto. Ahí escuché “Invierno del 92”, “Yendo a la casa de Damián” y pensé que eso era lo mejor, los temas raros estaban buenísimos. Ahí nació Raro, porque para él era una cosa muy rara, y a Juan también le encantó todo eso. Me acuerdo que me hizo estudiar a Blink 182, Eminem, otras influencias y cosas de batería más modernas. Adaptamos eso a lo de las canciones nuevas, que eran mucho más rapeadas, con un ritmo más sencillo, pero al mismo tiempo con muchas cosas modernas, muy grunge. Salió este disco Raro y pensamos que con él íbamos a entrar a Buenos Aires. En Uruguay ya estaba, de alguna manera, pero no salíamos de esa. Estaba buenísimo porque al mismo tiempo nos empezaba a dar dinero. Nadie era infeliz; te digo, Riki era muy feliz. A mí me fue muy bien con La Trampa, también, porque sacamos el disco y en esa época había mejores producciones. Cuando grabamos Resurrección en Buenos Aires con Koala Records, el estudio estaba buenísimo, y se lo comenté a los del Cuarteto, así que fuimos a grabar a Argentina. Ahí vinculé las cosas. Laberinto, de La Trampa, y Raro, explotaron los dos. Ambas bandas estaban de gira simultáneamente, y los managers, Andrés Rega y Verónica, tenían que hablar entre ellos para coordinar para que yo pudiera estar en los toques de ambos. La única vez que falté con El Cuarteto fue porque no se podía cambiar uno de los festivales que había en Tacuarembó. El Chamaco, que era baterista de No Te Va Gustar, me hizo la suplencia. Se aprendió unos pocos temas, porque yo iba a tocar en los primeros y después hacíamos como que yo me tenía que ir y entraba él. Ese día, tocando con El Cuarteto en el teatro, en un momento dije: «Chicos, me duele mucho la barriga”, porque tenía que ir a tocar con La Trampa. Entonces Santiago preguntó: “¿Hay un baterista en la sala?». “Yo”, dijo el Chamaco, y se puso a tocar. Pero la gente se recreyó que era todo de verdad. Me fui y tenía un camión afuera esperándome para llevarme con La Trampa. A veces la camioneta del Cuarteto me llevaba a un punto de una carretera donde me levantaba la de La Trampa y hacíamos trasbordo de la batería. Llegó un momento que uno de los más grandes de los Pilsen Rock me agarró justo con la primera gira de El Cuarteto en Estados Unidos, que para mí fue impresionante. Y ahí me puse a pensar que tenía que decidir. Con La Trampa estuvo hermoso todo, pero me despedí en un lugar del interior con un tema que me dieron a elegir, que fue “Caída libre”, porque en realidad me estaba tirando a algo al igual que dice la letra. Lloré; fue muy emocionante haberme ido. Le pregunté a Irvin si quería tocar, y se tuvo que aprender todos los temas. Yo estaba en Nueva York y no iba nadie a los espectáculos del Cuarteto, era como empezar todo de vuelta. En un momento Irvin me llama y me cuenta que habían ido como 180.000 personas, había sido el Pilsen Rock más grande de todos y era su primer show con La Trampa. Se quería morir y me agradecía y al mismo tiempo me decía que lo había dejado en un lugar que era una locura. Allá en Estados Unidos me preguntaban: «¿Cómo hiciste para decidirte por uno o por el otro?». Les dije: «El Cuarteto fue mi vida, o sea, eran como mis hermanos, mi familia, y en La Trampa eran grandes amigos. Cuando te dan a elegir entre tus amigos o tu familia, tus hermanos, yo creo que te pega la familia, ¿no? Entonces, creo que va por ese lado, porque lo elegí así. Ahora con el tiempo, elegí bien.

SR: Siempre hiciste buenas elecciones.
Alvin: Fue tremendo lo que le pasó a La Trampa. Bueno, finalmente se largó Raro y, como te había comentado, pensamos que íbamos a lograr entrar a Argentina. No pasó nada, pero pegó en España. El disco en CD viajaba más rápido que la música. Acá no estamos hablando de internet ni nada, sino que ese disco fue editado por Warner y dio la casualidad que el novio de no sé quién lo estaba escuchando en el mismo auto en que viajaba Julieta Venegas y le encantó. Y ya está. De esa forma fue que nos agarró EMI España y nos editó Raro allá. Nos llamaron para que fuéramos a hacer unas notas. Cuando llegamos nos preguntaron: “¿Cuándo viene el cantante?”. Querían al de la tapa del disco. Ahí hubo que explicar todo. Empezamos a ir a España y salió una gira con una banda, muy a poquito. Y ahí sí pegó, porque hicimos tres videos y al dueño de Sony le gustaron los tres, pero uno le gustó más y lo empezó a pasar en el canal Sony que lo pasaban por todo Latinoamérica. Entonces nos empezaron a llamar de Colombia, de Venezuela, y nos preguntaban qué otra cosa teníamos. Nos invitaron al primer festival gigante en Colombia, llamado Rock al Parque, en 2007. Cuando tocamos todas las canciones no pasó nada, pero cuando hicimos “…Damián”, explotó todo el parque. Vimos el potencial que tenía la canción. Ahí nos invitaron a México, y ya pegó también “Invierno…” y empezaron como a trabajar mejor. Y así fue que empezó lo internacional del Cuarteto. Y por último llegamos a Argentina.
SR: Son la banda uruguaya de rock más famosa de toda la historia del rock uruguayo, ¿no?
Alvin: Se supone que sí. En Perú se da que siguen escuchando a Los Iracundos primero y después al Cuarteto. Pero en el resto de América, sí.
SR: ¿Cómo impacta en la banda y en vos este salto a la fama?
Alvin: Se hace muy natural por el tipo de proceso que tiene, que no es una banda que de un día para el otro la conoce toda América de golpe, y después es un piñazo en la cara. Lo de nosotros fue todo muy lento. En México, no hace mucho tiempo, después de que tocamos en un lugar para 100 personas, ahora tocamos para 20.000. Es como que todo tiene el mismo proceso de Uruguay. Así de lento fue en casi toda América. Y pasó que también nos empezaron a conocer otras generaciones, porque nace la red social en la cual se empiezan a contagiar videítos y cositas, y las frases de Robert son figuras recortadas. Está buenísimo, porque empezaron a aparecer frases sueltas de él con pedacitos de video, con cositas. Y con estos últimos discos que juegan mucho con la esencia, digamos, del joven perdedor o friki -que somos todos, en realidad-, se empezó a correr mucho la bola. Y una cosa que pasa en Latinoamérica con las redes sociales es el FOMO (Fear Of Missing Out, miedo a perderse algo) que se aplica en otras cosas, como la economía, pero que se lleva a la música, también. Nos decía un productor mexicano, que como tenemos un público tan joven, tenemos la suerte de que toda esa gente escribe en TikTok o manda fotos. Entonces claro, metimos 10.000 personas en un lugar y cada uno de ellos genera que haya dos o tres más la vez que viene, y de esa edad. Si Pepito y Juancito no estaban ahí, miran la foto y estaban viendo esta banda, ¿cuál es esta banda? Entonces la escuchan y quieren estar ahí la próxima vez. Y como son menores, implica que los papás también los llevan, y como nosotros somos grandes y nuestras letras no son para ellos sino para los papás, se enganchan con nosotros aunque los hijos después se aburran. Entonces, hay un proceso de crecimiento que es una bola de nieve que produce eso de que ya no vamos a lugares chicos, vamos a lugares muy grandes porque es muy requerida la banda en festivales, en lugares muy grandes.
SR: No deja de llamar la atención la diferencia generacional.
Alvin: Es increíble, sí. Pero bueno, creo que fue porque utilizamos iconos. Ellos lo llaman Cuarteto de referencia. Puede ser, porque el lenguaje de las redes tiene mucha referencia a lo que a vos te gusta. Pasa con muchos músicos, ¿no? Ahora leen o buscan sobre nosotros y hacen un dibujito y hacen referencias a eso. A veces nos muestran cosas de hace 1.000 años como algo nuevo. A veces son cosas de Maxi Animados y referencias a Morcillo López. La otra vez llevamos a la Negra de Radio Cero para hacer una cobertura, y un niño le decía: «Gracias a eso, conocemos al primer uruguayo que fue a la luna» (risas). Hay muchas anécdotas de eso.
SR: ¿El éxito actual condiciona de alguna manera las composiciones por venir?
Alvin: Bueno, no. Todo esto que venimos escuchando ahora es Roberto re loco. Estuvo encerrado en la pandemia y la verdad que le hizo bárbaro. Mucho de la composición que hay es muy interna, una cosa muy hablando desde adentro, como él padeció la pandemia, cómo la vivió, y qué sale de ahí. Después de la trilogía de Raro, Bipolar y Porfiado, que fue con lo que ganamos los Grammy y que fue como un reconocimiento a todo el movimiento latino, salieron discos como Lámina 11, y eso sale mucho del encierro de Roberto. Lo vamos a volver a encerrar para que produzca (risas).
SR: En lo personal tuyo, ¿qué es lo jodido y qué es lo bueno de la fama?
Alvin: Se disfruta mucho. De una manera, fue mi aspiración ser músico y estoy viviendo el sueño multiplicado por 10, porque mi sueño no era éste. Nunca pensé que iba a estar en Venezuela y me gritaran “vamo’ arriba El Cuarteto”. O que llegara a México y me tuviera que sacar la policía del aeropuerto. Es una locura. Pasa también que cada uno de nosotros adquirió como un personaje, porque para ellos somos como iconitos: nos dibujan, nos hacen fotos. Entonces no es que soy Alvin el músico, no, soy ya como un personaje más del Cuarteto. Somos como un álbum que se llena con figuritas con eso. Se puede ver incluso en Uruguay. Lo que pasa es que acá somos más recatados. A mí me cuesta más ir a comer en Argentina a un restaurant que acá. Siempre me ven en el barrio y siempre estuve acá. Pero allá es como “Ah, ¿me puedo sacar una foto?”. Yo estaba muy acostumbrado a pasear mucho en Buenos Aires, y día me subí a un subte y me di cuenta que se forma algo que vos no querés porque estás en otra, estás queriendo pasear y ya. En México fuimos a 30 ciudades, por ejemplo, cuando por lo general vas a la capital, y lo hicimos a la uruguaya. El pueblo mexicano agradeció mucho que fuéramos a visitar sus ciudades. Hacíamos recorridas internas y fuimos a las fronteras complicadas, que los músicos no van. No nos da mucho miedo nada y vamos. Y en Colombia hicimos lo mismo, pero es un poco más difícil porque tomamos muchos aviones porque las montañas no te dejan. Ahí lo recontra agradecen. Y cuando hacemos algo en Bogotá, Cali o Medellín, que son los tres focos fuertes, están tan agradecidos que van a vernos de muchos lugares. Hay gente que dice: «Me pasé 12 horas para llegar acá y los vine a ver, porque hasta el año que viene no los voy a ver». Todo eso ocurre y te cuenta realidades muy extrañas. Me acuerdo de un bolivianito chiquitito que me dice; “Yo soy muy fan de ustedes”. Tendría 13 ó 14 años. «La canción “Ya no sé qué hacer conmigo” me la hiciste para mí”. “¿Cómo?”, le dije, “eso es para toda una vida”. “No, no, yo ya le tiré una piedra a la maestra, le pegué, falté a la escuela, tiré manzanas en no sé dónde…”. No había entendido nada, el tipo vivía en una montaña en Bolivia y me estaba hablando de su mala interpretación de la canción. Pero bueno, ya lo va a entender. Igual me llamó mucho la atención que un boliviano que vivía en no sé dónde, nos escuchaba todas las mañanas yendo en su caballo a la escuela con su auricular.
SR: Esas cosas les pegan, ¿no? Escuchar esas historias que nunca se imaginaron.
Alvin: Sí, nunca imaginamos. Y sobre todo lo que más te pega son los meet and greet, que nosotros hacemos mucho porque nos quieren conocer, quieren charlar con nosotros, quieren sentirse un rato así. A veces vienen niños o chicos que nos dicen que al conocernos les salvamos la vida, porque estaban muy deprimidos. Eso es fuerte. O chicos que tuvieron una operación muy grande o incluso que tienen enfermedades terminales y que nos van a conocer. No sabés la cantidad de cosas que hemos vivido. Chicos que nos dijeron: «Yo cuando estuve por morirme, pedí por favor que, antes de que me pusieran la anestesia, me dejaran escuchar ‘tal’ canción de ustedes”. También hay muchos que no salvamos, ¿no? Eso es una historia muy triste.

SR: Yo sé que no existe, pero ¿cuál sería la receta del éxito del Cuarteto?
Alvin: La receta del éxito… No sé si es una receta -o por lo menos nosotros lo hicimos sin receta- es que siempre fuimos muy libres, nada nos detuvo. Si había una idea, la hacíamos. Cosas tremendas, ¿no?, como hacer “La pequeña Leti” sin editarla, y ahora que pasaron los años, me pregunto ¿cómo hicimos esa canción? O todo lo que era en los ’90, que ahora es inescuchable, iríamos presos.
SR: “Mabel”.
Alvin: Claro, tremenda. Andá a hacerlo ahora…
SR: Te crucifican.
Alvin: Claro. Sin embargo, es como gracioso porque lo hicimos antes. Yo creo que el éxito está en que nos aburrimos rápido de todo y que no somos una banda que volvemos para atrás, vamos para adelante. Hay muchísimos grupos argentinos que siguen tocando lo de antes, no pueden salir de ese lugar. Nosotros no tocamos “Bo cartero”, “Los bedronclos”, “La prima” y “Andamio Pijuán”. No existen más. Capaz que algún día cuando seamos muy viejos haremos algo como la noche de Otra Navidad En Las Trincheras, o la noche de Barranca Abajo, y ahí tenemos para currar horas en Uruguay y quedarnos tranquilitos acá (risas). Cuando sale un disco nuevo, no le ponemos 12 temas nuevos al repertorio, le ponemos cuatro o cinco; los vamos como entrando. Pero esos cuatro o cinco echan a cinco que no tienen tanto tiempo. Y quedan los clásicos que sostienen a la banda. “Bo cartero” no va más, se jubiló, así como un día se va a jubilar “… Damián”. Ahora no lo podemos sacar, es imposible porque lo que para nosotros tiene 20 años, para todos los demás tiene la mitad de la edad. Pero no hay una receta, es el no aburrirse y hacer las cosas e invertir mucho en todo. Siempre digo que tienen que pasar cosas que sorprendan aparte de la música, que estén muy bien producidas. Tenés que prestar atención a todo, que esté todo muy bien. Nosotros llevamos muchos años invirtiendo, que eso tampoco se ve mucho, por ejemplo, en buenas luces. En el mundo estás compitiendo con bandas muy grandes, no con bandas así nomás. Hay grandes espectáculos, y para ser internacional vos también tenés que pasar un proceso de invertir en tu propia equipación. Nosotros estamos muy digitalizados con inversiones propias. Nuestro sonido ahora sale de computadoras y cosas que tenemos nosotros, procesos. Es mucho más caro El Cuarteto también por eso, para poder mandar todo el equipo, pero con eso te asegurarás que no te van a pasar cosas raras. Ahí está la cosa, me parece.
SR: ¿Cómo afectó a la banda la salida más reciente de Santiago, y cómo te afectó a vos en la dupla bajo/batería?
Alvin: Yo soy muy melancólico, a mí me afecta tanto la salida de Riki como la de Santiago. Todo lo que cambia algo a un proceso tan lindo de la vida, me afecta. Pero bueno, entendí que cada uno tenía sus razones. Riki, que fue el gran productor, en un momento sintió el cambio de que, de alguna manera, su guitarra no fuera como él quería, o que los arreglos no fueran como él quería, o que le estuvieran diciendo cosas. O que se las toquetearan después de que él se iba. Y también un poquito eso de irse del país, que a veces familiarmente no es tan fácil así como uno lo imagina. Y más si no traés plata, porque si vos estás criando a tus hijos, no podés decirle a tu mujer que te vas a ir dos meses. Él tiene otras ideas musicales, y de alguna manera con Formidable pudo sacar sus grandes ideas. Y Santiago, de alguna manera, también. Él estaba con muchas ganas de hacer muchas cosas que no podía hacer. El Cuarteto te absorbe mucho. A Santiago le gusta hacer cosas de pintura, tiene un estudio de grabación que quiere estar ahí cuando se producen las cosas, quiere divertirse, está en la edad de disfrutar de otras cosas. Cambió un poquito eso por lo que le gusta. Aparte, él cuando estaba con nosotros, ya hacía sus propios espectáculos, también, y los sigue haciendo. Sus encuentros, sus cosas. A él le gusta todo eso. Fue un proceso de bastante tiempo, pero la gente se enteró el día que se fue porque nosotros hicimos un comunicado. Ahora no pusimos otro bajista; toca un poco Santiago, un poco Luis, vamos cambiando entre todos. Luis fue a quien incorporamos como otra guitarra, pero él también sabía tocar el bajo. Ahora tenemos que pensar en lo que es la puesta en escena del show porque hay un nuevo integrante.
SR: Siempre fueron muy bien producidos y estudiados los espectáculos de ustedes, pareciendo espontáneos.
Alvin: Claro, y ahora se supone que pasan cosas que están un poquito fuera del libreto, que las dejamos un poco. Pero no es tanto, ahora está todo como muy medido todo. Ahora las pantallas interactúan con nosotros, se abren puertas, se cierran y pasan cosas. La tecnología nos permite hacer cosas muy sincronizadas. Fijate que ahora se larga el play de una computadora y yo no cuento más, escucho la cuenta por los auriculares. Empiezo la canción y ya instantáneamente explotó una bomba de papelitos y las pantallas se prendieron todas de rojo. Son cosas que ocurren exactamente en el mismo momento en todos los países. Robert estuvo muy bien, se adaptó muy bien a todo el nuevo mundo, soltó más la guitarra, tiene buenas caídas (risas).
SR: ¿Cómo es El Cuarteto del futuro?
Alvin: Creo que mientras tengamos fuerzas y ganas de seguir, vamos a seguir. Todos estamos en los 60 y algo. Me da gracia porque todos los músicos jovencitos ahora están en los 50 y pico también. Nosotros somos los más grandes, unos con 60 y pico, y todos nos miran a ver qué hacemos. Yo me siento igual que siempre, sólo que me cansa un poquito más. Lo que sí generamos para que no sea tan difícil, es que mejoramos y en vez de ir en clase turista, vamos un poquito más en business. Y que cada uno duerme en su cuarto, que no tengamos a compartir con otro. Y que de repente haya un día más para descansar. A veces no, y seguimos si nos meten todos juntos.
SR: Hay Cuarteto para rato, entonces.
Alvin: Creo que sí, mientras Robert pueda seguir cantando. Él está bien y está muy feliz de lo que se va logrando, y le gusta mucho el contacto con el público. Esto del meet and greet, a todos nos emociona mucho. Y si no lo tenemos, lo extrañamos, porque es como que te da la bienvenida al lugar. Ahí la gente compra una entrada diferente que es para ir a conocernos. Pero nosotros también ahí conocemos la gente cómo es, cuántos kilómetros hicieron y los problemas que tienen. Conocés cosas que no tenés ni idea. Y después los vemos pegados al escenario.

SR: ¿Hay algo que quisieras agregar?
Alvin: Agradecerte a vos en especial. Si vamos a las primeras revistas de Sólo Rock, fuiste el que hiciste las primeras notas del Cuarteto. Estoy muy contento de estar contigo y recordar el apoyo que le diste al rock nacional, y hacer un reconocimiento acá de que realmente apoyaste mucho lo que fue Nueva Generación, y muchas de las bandas que están ahora, salieron de allá, del Tinglado. De alguna manera, yo replicaba lo que vivía con El Cuarteto contigo, nuestro periodista.
SR: ¡Muchas gracias!
Ariel Scarpa
