Existe algo peor que tener una historia de mierda atravesada en la garganta, y es no tener a quién contársela (debería ser considerada como la afasia más cruel). En los últimos meses, varios hechos se transformaron en señales que, burlándose de mi escepticismo, me hicieron descubrir dos escenarios todavía más dolorosos: que la única persona en el mundo a la cual necesitas contar tu historia A) no le interese escucharla o B) un linfoma se haya encargado de distanciarla aún más.
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