Guillermo Baltar Prendez
Los caminos de la poesía son inciertos. También los del periodismo, según la manera en que decidas recorrerlos. Te buscan y te llevan. No los buscas y los encuentras. Cada 23 de junio, Gabriela celebraba su fecha de nacimiento. Al hablarme de ella, lo hacía con cierta alegría e incluso devoción, al recordar ciertas fogatas en alguna playa desierta, rodeada por amigos. Me lo dijo, porque sabía que al vivir tantos años en España, estaba consustanciado con dicha fecha.
Todo 23 de junio, sobre todo en el norte de la península ibérica, se celebra las noches de las brujas. Especialmente en Galicia y en el País Vasco, donde la tradición de magia negra y de sus hacedoras, tienen todo un componente tanto mágico como de realidad. Muchos de los edictos contra actos de brujería dictados por la Inquisición Española, hacen referencia a pueblos y aldeas, situadas en esas ubicaciones geográficas. Las hogueras, tanto en la costa, como entre zonas claras del bosque o regiones montañosas, oficiaban como rituales de purificación. A Gabriela le gustaba que su fecha de nacimiento coincidiera con ese día, donde al calor de las llamas, ella también sentía que algún visitante llegaba a alimentarle el alma, purificarla o exorcizarla de “caras extrañas”.
Gabriela Bernardi era periodista. Le gustaba que la consideraran periodista de rock. En ese ámbito difícil y acotado se movía. Pero Gaby era mucho más que eso, aunque quizás no lo fuera plenamente consciente, o no se lo hiciesen ver algunas amistades para nada productivas. Gaby era al menos 12 años menor que yo, pero leía mis artículos de La Semana de El Día y se las arreglaba siendo muy joven, para entrar de una forma u otra, a ciertos conciertos de rock.
Ese medio, que tan bien conozco aunque viva en sus márgenes (por ser uno de los que ayudo a construirlo), sabe que tanto te da, como tanto te quita, si no estás dispuesto a saber cuándo aparcar, detenerte a tiempo, tomar distancias y evaluar hasta qué punto estás dispuesto a entregarte sin que las relaciones tóxicas comiencen a confundirte e imaginar que vives en un contexto que es ilusorio. Sobre todo en un país con un contexto cultural (como en el caso del rock) limitado y siempre sujeto a determinadas estrategias de supervivencia.
Gabriela sabía todo eso. Era sensible, atractiva, inteligente y soñadora, pero el rock lo llevaba como un tatuaje interno que no necesitaba ser grafiteado sobre su piel. A ello le sumaba su amor por las palabras, y entonces escribía secretas poesías que a pocos enseñaba, o tenía amistades con ciertos músicos afines a ella como Fabián Hernández y Gabriela su compañera, o poetas como Julio Inverso, de quién guardaba manuscritos.
Gaby se movía en ese mundo de posibles ficciones e intrincadas realidades. Entre el sonido de guitarras afiladas como sus amigos de Motosierra, o las melodías acompasadas de otros músicos que también formaban parte de su universo. El “Universo Bernardi” como alguna vez me dijo, en el piso de su familia donde vivía, conocido como “La Torre” de la Plaza Independencia, el mismo sobre en el que en lo alto de su azotea, los propios Motosierra filmaron algunos de sus videos. Participó en algunas filmaciones del hijo de Ignacio Suárez, a quién consideraba su amigo, y en algún video se la ve bailando. Fue amiga de los Chicos Eléctricos y de otras bandas indies o de garaje de los noventa, mientras yo vivía en el exterior y me las hacía conocer cada vez que volvía por unos meses.
Durante unos años estuvo relacionada con un chico argentino que representaba a una banda interesante, de la que no recuerdo el nombre. Era una banda con múltiples instrumentos y un cantante performer, donde el rock sobrevolaba entre sonidos étnicos o folklóricos, próximo a la banda que entonces tenía el cineasta Emir Kustorica. Recuerdo que me invitaron a un concierto en la sala central del Planetario Municipal, donde aún estaba la enorme hormiga que nos enseñaba las estrellas mientras ella giraba y nosotros lo hacíamos con ella. ¿Seria “Sopalmo” el nombre del grupo?, la verdad no lo sé. Sopalmo en realidad es una zona balnearia sobre el Mediterráneo en España.
Los vi un par de veces antes de volver a Madrid. Pocas cosas me resultaban interesantes, salvo los Gallos Humanos con su nueva formación y con la que grabamos su último demo. Y aunque a algunos les asombre, me gustaba Bufón hasta el fallecimiento de su cantante, y también Sórdromo, una banda que, a la distancia, la escucho hoy y me sigue pareciendo fabulosa, al igual que aquella que grabó en los baños -sino me equivoco- del entonces aún Cine Central o del Plaza, llamada La Rosa Mosqueta, quienes grabaron un video con “Straberry fields” de Los Beatles que me pareció extraordinaria.
Cierta noche en “La Torre”, Gabriela trajo un arcón de madera y lo abrió. Entonces parecieron volar mariposas, suspiros, lirios y perfumes. En ese cajón guardaba sus tesoros. Los textos de Inverso, cintas de demos de grupos sólo conocidos por ella, periódicos que habían editado algunos de sus artículos y fanzines de la movida under, entre viejos posa vasos de cerveza, revistas extranjeras de música, fotos de amigos y recortes de revistas extranjeras, poemas suyos, artículos sin terminar. Estaba muy orgullosa porque El País Cultural le iba a publicar una entrevista que le había realizado -ahora no recuerdo si a Galeano o a Levrero- la que finalmente fue editada como nota de tapa. Me mostró algunas de sus entradas a conciertos y me regaló una a uno de Lou Reed de un 11/11 del 2000, con Sórdromo de banda soporte, junto a unos dibujos, y una pequeña lunita y un angelito de yeso que aún conservo y saludo todas las mañanas. Me dio una foto de ella en Cabo Polonio. El viento jugando con su pelo, y el mar detrás adentrándose en los misterios del cielo tras el horizonte. Bajamos por el ascensor para volver a mi casa y sacó de sus bolsillos un papel con un poema que había escrito para mí, y que cada tanto leo. “Soy tu fan Willie…”, me dijo, y nos abrazamos. A los pocos días volvía a Madrid y no la vi hasta varios años después. Traté de que la incorporaran en Dossier, donde yo entonces escribía, pero sus entrevistas por entonces a Franny Glass o a Martina Gadea, les parecían intrascendentes. Pero curiosamente luego de rechazarla, otros publicaron notas sobre ella. La poeta, la periodista de rock volvió a su escena under, a su nueva casa familiar de la calle Buenos Aires junto a su hermana y su madre profesora de historia. A veces pasaba días con su padre, un artesano del vidrio y le ayudaba en las ventas. Ceniceros hechos con botellas de vidrio de Coca Cola pequeñas.
Ese era el mundo mágico y diverso de Gaby, circunscripto a ciertas manzanas de Montevideo, entre La Ronda y otros pubs de entonces. Ya sonaba Hotel Paradise, la banda de Adler y otras que comenzaban a sonar… En su casa de la calle Buenos Aires fue la última vez que la vi. Le llevé un regalo que le había traído y entre historias escuchamos el disco de Lou Reed, Set The Twilight Reeling. El disco recubierto de plástico azul, tan azul como el mar y el cielo de aquella foto de Cabo Polonio que tengo sobre los libros de cabecera. Como otros, ella buscó sus caminos entre los años oscuros de la dictadura, y como muchos de su generación, de una u otra manera, se fueron antes. Las preguntas se las lleva el viento y las respuestas, al menos éstas, no las responden los vientos. Gaby decidió irse hace unos años a encontrarse con ella misma, se cansó de buscar donde no podía encontrarse. Cada “noche de brujas” pienso que ella está entre las llamas de las hogueras, en su calor y buscando llegar hasta las estrellas. Me gusta pensar que se encontró con Bowie y su Blackstar y se volvió un enorme corazón rojo. Gaby, mi pequeña amiga, mi precoz lectora, muy tarde me enteré de tu viaje, pero sé que estás allí y que quizás los vientos del cosmos te sean favorables. Jamás te he olvidado, y en estos momentos, te he traído nuevamente hasta aquí.
