
Diego “Sapo” Zas junto a Juanchi Hounie llevaban adelante un exitoso programa en radio El Espectador. A fines de 2017, a Diego se le ocurrió armar un ciclo sobre rock uruguayo, en vinilo de época, que separó por décadas. Cuando “Los dueños de la púa“ abordaron los ochenta, me llegó la invitación. Aquella noche de diciembre, en el Bar Brecha, llegué con mi colección de discos bajo el brazo, acompañado por Renzo Teflón. Se había armado una pequeña exhibición de rock uruguayo en las mesas del fondo: las mejores portadas, entradas, flyers y casetes de los ochenta. Sin saberlo, invité a Renzo Teflón cuatro meses antes de que se fuera de gira. Mi intención era que pudiera ver algo que llevaba buscando hacía mucho tiempo.

Renzo entró al local con su risa característica. Se movía lento, pero los ojos le relumbraron cuando vio la mesa abarrotada de material.
-¡Jajaja! Esto es un museo -dijo, pasando la mano por encima de las carátulas como si estuviera acariciando a su gato dormido. Dejé que se emocionara con el simple inédito de Los Estómagos, que se riera de una foto horrible de su propia banda en el ’86. Y entonces abrí el sobre de cartón:
–Renzo… esto es para vos.
Le entregué el vinilo. Edición peruana de Tontos Al Natural. Portada idéntica, colores más opacos, OHM, sello limeño que en Uruguay nadie conocía. Más de treinta años negándole su existencia. Más de treinta años en que el productor uruguayo le había dicho, una y otra vez, mirándolo a los ojos: “No, Renzo, eso no existe. Sólo se editó en Uruguay. No hay otra prensa”.

Renzo tomó el disco con las dos manos. Pasó los dedos por el borde, por la etiqueta con el nombre de los temas y luego, por el logo de la discográfica que nunca había visto en su vida. Dio vuelta la funda, leyó los créditos y se quedó más quieto que de costumbre. El local seguía con su murmullo habitual pero alrededor de Renzo, se hizo un silencio sepulcral. Los ojos se le fueron poniendo vidriosos. Primero fue emoción, un brillo húmedo que le empañaba la mirada. Después llegó la rabia, subiendo desde el estómago. Más de treinta años de que le dijeran que estaba loco, que inventaba cosas.
-Hijo de puta… -murmuró-. Me lo negó en la cara durante décadas.
Se le escapó una lágrima que no disimuló. Siguió mirando el vinilo, girándolo despacio bajo la escasa luz del bar.
-Esta mierda es real.
Me miró a los ojos:
-Gracias, Hugo. No sabés lo que esto significa.
Se quedó con el disco debajo de la mano durante toda la charla, como si hubiera recuperado algo que le habían robado. El vinilo edición peruana, por fin, había llegado a casa.
Cuatro meses después, Renzo ya no estaba. Pero ese vinilo sigue dando vueltas en mi MK2, y cada vez que la púa lo acaricia, puedo escuchar su risa de fondo.
Lic. Hugo Gutiérrez

