AC/DC – Back In Black (1980)

Vemos que muchas veces las denominadas “frases hechas” lamentablemente, en la mayoría de los casos, resumen una realidad que tiene una cabal aplicación en la cotidianidad que nos envuelve. Ejemplo de ello podrían ser: “Todo tiempo pasado fue mejor” o “Debemos aprender del pasado para no repetir los errores” entre otras tantas. Y este es el caso del evento que hoy estamos conmemorando. Se cumplen 40 años de publicado el disco Back in Black. ¿Por qué la historia no se repite, por qué la banda no pudo sacar otro disco igual? ¿Todo debe quedar en aquel añorado pasado? ¿No pudieron cometer otro error como aquél, siendo que es el hombre el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra? Para vuestra tranquilidad, ninguna de estas interrogantes serán develadas en estas líneas. Mitad porque si así fuese, me dedicaría a la sicología y/o sociología en vez de intentar transmitir mis gustos sobre el rock.

Para entender porqué es el mejor álbum de la historia presente y tal vez del futuro del rock, al ser el segundo disco más vendido de todos los géneros musicales, con 50 millones de copias alrededor del mundo, siendo superado únicamente por el Thriller de un muy entrañable y afable Michael Jackson con 65 millones de ventas, debemos analizar el contexto que rodea esta creación.

AC/DC a junio de 1980 venía de transitar por un camino con una dualidad de sentimientos que podían dejar a cualquiera de ellos con un síndrome de bipolaridad galopante totalmente entendible (otra vez mi inclinación hacia la sicología, no entiendo porqué. Mañana prometo planteárselo a mi terapeuta).

Para comenzar con las malas noticias, en febrero de 1980 fallecía Bon Scott por derivaciones y agravamientos en sus problemas físicos por su adicción con la ingesta de alcohol. Bon no sólo fue quien catapultó a la banda hacia la escena global, sino que además de líder, fue como frontman uno de las mejores diez voces del rock mundial, tanto de aquella época, como de la actualidad. Por lo tanto, no fue cualquier pérdida para la banda, ni a su vez tampoco indiferente para la escena global del rock.

Por el lado positivo, el grupo recientemente había lanzado lo que hasta el momento era su mayor obra, el disco Highway to Hell, con el cual lograron vender 6 millones de copias (en USA y UK).

En esa encrucijada se encontraba la banda, de la cual ya sabemos cuál fue la salida y el éxito que obtuvieron, pero nunca está de más recordarlo. Así como intentamos describir en un artículo anterior acerca de esta situación de AC/DC, la banda supo reponerse a esa tragedia y logró obtener un nuevo cantante al adquirir lo que por aquellos tiempos era una gema en bruto, como Brian Johnson. Hoy, ya bastante más pulida y menos bruta esa piedra, continúa timoneando el barco el viejo Brian.

Otro de los cambios que la banda logró hacer con éxito en su historia y también sucedió por aquellos meses, fue la sustitución de sus productores originales, Vanda y Young, para pasar a trabajar con Robert Lange como productor y Tony Platt como ingeniero de sonido, lo cual les redundó en el golpe de gracia para dar un salto hacia la escena global. No fue fácil la decisión de cambiar a estos sujetos, mitad por los vínculos familiares que les implicaba; pero lo cierto era que con ellos ya habían logrado todo lo que se habían propuesto, y el dúo de técnicos no tenía mayor experiencia ni mucho más para dar.

Rearmada la banda y con la energía recargada, decidieron comenzar la grabación de su séptimo disco, por lo que emprendieron el viaje hacia un destino nuevo. Fueron hacia Nassau en las Bahamas, al estudio Compass Point, del productor Chris Blackwell, fundador del sello Island y descubridor, por ejemplo, de Bob Marley. Puede tomarse este viaje como una decisión de los productores en cuanto a que la banda se refugiara en una zona amable y de buen clima como para hacer surgir la claridad mental y compositiva, e intentar sacar el mejor disco que se pudiese.

Cuenta en una entrevista el novel integrante Brian Johnson que los primeros días en la isla fueron terroríficos para él. Irónicamente, lo relajado y tranquilo del medio ambiente en aquella parte del planeta le provocaba mucho estrés a Brian, al tener que suplir la tarea de Bon cantando y componiendo. Uno de los hechos más inexplicables que le sucedieron a Brian en aquellos días de grabaciones, fue lo que podemos calificar como un encuentro con el más allá, un hecho paranormal según cuenta el cantante. Explicó que mientras estaba cantando aseguró que el mismo Bon Scott se le manifestó y le dio su beneplácito para que continuara con su tarea. Acá podemos asegurar que la decisión de los productores de ir a la isla para obtener un ambiente calmado y sin stress, fue obtenido también gracias a las hojas que se habrán fumado durante esos días.

Algo peculiar también les sucedió con respecto al clima que vivían en la isla por esos días de grabación y las consecuencias que sobre ellos les trajo. Cuenta Brian que tuvieron varios días en donde además del calor agobiante padecieron tormentas con lluvias y vientos huracanados como nunca habían visto antes, lo cual no redundaba necesariamente en tranquilidad para cualquiera de ellos. Tal es así que para la grabación de la canción “Hells bells”, Brian no lograba poder arrancar con la primera parte de la letra, hasta que Mutt Lange se sentó junto a él y, al comenzar una de estas fuertes tormentas, le sugirió arrancar con “I’m a rolling thunder”. Luego con la fuerte lluvia que continuaba en el exterior del estudio, cuenta Brian que se le ocurrió “Pouring rain”, lo que provocó en Lange un gesto de alegría y un grito de “¡¡¡ahí lo tienes!!!”, para luego Brian continuar con “I’m comin’ on like a hurricane, my lightning’s flashing across the sky…”. Está todo dicho, la isla y su clima hicieron efecto en la creación artística.

Otra anécdota que cuenta Brian de esos días de grabaciones resulta bastante jocosa y demuestra su personalidad. Resulta que parece que en otro momento de las sesiones de su parte vocal, Brian no daba pie con bola, no se sentía a gusto y veía que no lograba vociferar en la forma como estaba acostumbrado. Enojado, salió del estudio sin más que explicar y luego de una hora o un poco más retornó y empezó a cantar de una forma exquisita. ¿Qué sucedió? Declaró Brian que por el clima que azotaba la isla en las primeras oportunidades, estaba intentando cantar de ojotas, bermudas y remera, lo cual al darse cuenta, hizo que no se sintiera cómodo. Fue así que decidió ir a cambiarse, hidratarse con alguna poción mágica, para retornar al estudio con su clásico jean, camisa y boina para ahora sí deslumbrar a todos.

El disco se terminó de masterizar en Electric Lady Studios (Nueva York) y es un homenaje claro a Bon Scott, desde su carátula de absoluto negro (la que tuvieron que pelear con su sello discográfico, ya que no les agradaba del todo), por la lírica del tema que da nombre al disco, así como con canciones como “Have a drink on me” (Tómate una en mi nombre). El disco se publicó el 25 de julio de 1980, conteniendo diez canciones por un total de 42 minutos de puro rock ’n’ roll.

No haremos en esta oportunidad, a diferencia de otras ocasiones, un detalle de cada uno de los tracks del disco que homenajeamos. Principalmente, dado que es inconcebible que pueda existir alguna persona que se defina como rockero, o aún así, que manifieste un mínimo gusto por el rock, y que no haya escuchado este disco. O por lo menos alguna de sus canciones.

Como breve reseña diremos que el disco tiene uno de los mejores comienzos de todos los discos de rock, siendo con ese redoble de campana uno de los más originales, luego de unos segundos de Angus con el riff de “Hells bells”, para dar definitiva entrada a la totalidad de los músicos, y enseguida se devela la incógnita por tantos esperada, la nueva voz de la banda, Brian con su rasguño de cuerdas, el cual durante décadas ha mantenido.

Acto seguido nos martillea el tímpano “Shoot to thrill” la cual en su traducción literal viene a significar “Un disparo para emocionar” y objetivamente creo que consigue su objetivo, sobre todo cuando quedan tocando solos Angus y Cliff, siendo el momento que en vivo el público acompaña con aplausos. Continúa el disco con “What do you do for money honey”; un riff bien marcado, sencillo y directo para que continúes en la línea de mover el cuerpo de arriba a abajo al estilo Angus. Luego viene “Given the dog a bone”, un tema muy rockero con mucho ritmo y velocidad que te hace mover bastante. Hacemos una pausa llegando a la mitad del disco y bajamos los decibeles y la velocidad un poco con “Let me put my love into you”, dado que es un tema lento, toda una balada al mejor estilo power rock.

Para arrancar con la segunda mitad del disco se nos presenta nada más ni nada menos que el himno al rock, el tema sublime del álbum, y mojón fundamental en la historia de la música. “Back in black” es literalmente una obra maestra, creada con tan solo tres acordes, un ritmo hiper marcado y sustentado en la base, como siempre, por el extinto Malcom (RIP): es desde un deleite hasta una total locura y desenfreno. El solo de Angus es magistral por su base blusera y su perfecto uso de la escala pentatónica clásica del estilo, y luego de un par de acordes puentes te introduce nuevamente en el ritmo del tema para no darte respiro siquiera hasta el final. Porque a diferencia de muchas de las canciones de la banda, esta epopeya no termina con un simbronazo, sino que finaliza con un fade out de toda la banda tocando y Angus deleitando con otro de sus solos magistrales. Sinceramente creo que las palabras quedan cortas para describir lo que podés llegar a sentir escuchando este tema. Más aún si sos de esa especie cuasi humana de los que jamás lo hayan escuchado. La letra del tema es, por supuesto, una oda a la vuelta de la banda a pesar del trágico evento padecido pocos meses atrás.

Como si lo escuchado hasta el momento no fuese poco y luego de una introducción al tema con unos sencillos acordes, se nos presenta la imponente “You shook me all night long”, que creo que es tan conocida como su antecesora. El tema, otro clásico de la banda, es una dinamita de energía con un ritmo que te desprende del sofá y te hace saltar mientras los vellos de la espalda se te enredan de tanto peludear.

A continuación “Have a drink on me” es un tema más tranquilo, también un rock muy marcado con ritmo, e irónicamente es una canción en recuerdo de Bon pero tal vez no de la mejor forma, porque invitándome a tomar una y alzar la copa y brindar en salud de Bon, por lo menos resulta tragicómica. Luego “Shake a leg” ya tiene otro tiempo, es más rápida con más ritmo y más veloz, pero lamentablemente no llegará a ser un clásico de esos que te permita recordar ni su existencia ni al disco en su conjunto.

Finalmente cierra la placa el tema “Rock and roll ain’t noise pollution”, en donde el grupo hace su manifestación de principios: “El rock no es contaminación acústica… y nunca morirá”. Un tema con mucho ambiente de blues, ese que tanto le gusta tocar a Angus.

En resumen, es por donde se lo mire, o escuche mejor dicho, una obra épica. Primero porque es una obra fantástica, y a pesar de ser un disco que en mi modesto concepto es muy desparejo, no por ello no es magistral y escuchable de punta a punta y disfrutable en todas sus canciones. ¿Por qué es desparejo? Porque es un disco con altibajos y con diferencias pausibles entre sus canciones. Cualquiera se da cuenta que no es lo mismo una “Hells bells” que una “Shake a leg” o una “You shook me…” que una “Let put my love…”. NO me refiero al éxito que cada una de las canciones tiene, sino en cuanto a sus desigualdades compositivas. NO da lo mismo crear y cerrar un tema como el que da nombre al disco que componer una “Have a drink on me”.

NO es que sea mala una canción en referencia con otra, pero lo que veo que sucede, y es a la postre lo que ocurrió con cada una de ellas, lo diré para clarificar el punto: “Back in black” está en el set list de todos los conciertos desde el 25/7/80, todos; mientras que una “Shake a leg”, desde su gira promocional del año 1980, no reapareció sobre las tablas sino hasta la última gira entre los años 2014 a 2018. Son lindos temas ambos, pero se sabe que unos tienen como destino el estrellato y otros recorrer los callejones de la ciudad. NO es necesariamente algo malo que suceda esto, sólo es que lo hace distinto a los discos que son en su totalidad más parejos y no tienen esos sobresaltos entre sus tracks.

Mantienen la táctica de discos antecesores como el Highway to Hell o el Let There be Rock, donde incluyen riffs bien rockeros, sencillos y claros, pero directos al alma como una bala disparada contra un muro que lo estremece y quema como TNT encendido.

Es un disco resultado del momento particular en que la banda se encuentra, definitivamente en uno de sus mejores momentos a nivel artístico de todos sus músicos, y a su vez, otorgándoles también si se quiere la derecha en el acierto y hasta la suerte que tuvieron con el ingreso de Brian en las vocales. Muy distinta hubiese sido la historia si el frontman fuese otro.

Una joya que hoy cumple 40 años, que a pesar del tiempo se mantiene vigente y viva como para dar pelea ante cualquier adversario o contendiente que se atreva a páraseles enfrente e intente derribarlo. En esa carretera del rock hacia el infierno, es el trueno imparable y arrollador lleno de TNT que explotará sobre los impávidos imberbes que osen darle play.

Tomás Cámara