Los ’80 representaron para una generación, a la que pertenezco, una forma de vivir la música. Vivimos los coletazos finales del punk primigenio, su desencanto, su furia y sus desvelos. Y vivimos también, más de cerca, todo lo que ese explosivo momento musical e histórico nos legó. Crecimos con esa manera de unir necesidades y sentires en un solo camino y nos arropamos, en la gris Montevideo de aquellos años, con canciones.

A mediados de la década de los 80’s y una vez acabada la dictadura militar, dos amigos del Liceo Zorrilla, Daniel y Leonardo, decidieron armar un grupo musical. A ellos se les sumó Edgardo, que había sido baterista de la banda Ácido. En sus comienzos conforman una banda con influencias del heavy y con una fuerte dosis de pop, pero cambiarían sustancialmente con la integración del tecladista Eduardo Gómez, al que conocieron en la grabación de un jingle que nunca salió. Gómez incorporo en la banda un sonido especial con su sintetizador monofónico y, finalmente, conformaron un cuarteto. El nombre Zero lo propuso Edgardo y viene de los Kamikazes japoneses.

Todos dicen haber asistido al show de Mano Negra, el 27 de junio de 1992, en la Estación Central de AFE (gira en la que también visitaron Venezuela, Colombia, República Dominicana, Brasil y Argentina). Yo no. Esa gélida noche de sábado estuve presente en un galpón de la Rural del Prado, disfrutando de un demencial y accidentado toque de Los Chicos Eléctricos. La pachanga nunca fue de mi agrado. Mientras en la Estación de AFE, el cantante francés Manu Chao, de torso desnudo, golpeaba el micrófono sobre su pecho emulando un bombo, en la Rural, Andy Adler le mostraba su región anatómica donde el sol no brilla, al sonidista.

En Redes Comunicantes el eje central es presentar conexiones de la música con otras expresiones artísticas o culturales, tender puentes que abran posibilidades a nuevos caminos, nuevas miradas. Este año fui invitado a participar de la llegada, por primera vez a Uruguay, de un festival referente en España. El espíritu de Sonorama Uruguay, que surge como ramal de Sonorama Ribera, se define como una pasarela de ida y vuelta para la presentación de artistas hispanoamericanos que aspira a volverse una costumbre.

El hacer. El poder llevar la idea al hecho es un acto supremo, absolutamente mágico y hace que podamos manifestar eso que existe en un plano, mental o de las ideas, y llevarlo a un plano que es perceptible por el resto de los humanos. El hecho de que se manifieste realizado en este plano no significa que otras personas puedan verlo, compartirlo o disfrutarlo. Eso es otra etapa, complementaria a la manifestación. Vamos a llamarla la difusión.

La suerte puede ser algo y es algo embromado. De la misma manera en que puede hacerte arañar el cielo, puede también hacerte abrazar el suelo. Y a veces ambas cosas en poco tiempo. El rock tiene muchísimas historias, pocas como la de Badfinger y su buena/mala suerte…

Los integrantes de la Generación Graffiti siempre estuvieron varios casilleros adelante. Hace 40 años que nos vienen advirtiendo acerca de las atrocidades que, hoy en día, estamos padeciendo. Los textos de cientos de canciones de los años ochenta, son motivo de análisis en las más prestigiosas universidades del mundo debido a su absoluta vigencia. Lo paradójico del asunto es que ese puñado de jóvenes roqueros uruguayos compartieron instrumentos, pedales, estudio de grabación, técnico de sonido y hasta integrantes. Aún así cada banda tenía su impronta, un sonido particular pero con la misma esencia, lo que le brindaba al movimiento una enorme identidad. En la actualidad, ninguna banda comparte guitarras, ni efectos, ni estudios de grabación, mucho menos ingenieros de sonido, pero, a diferencia de lo que ocurría en los ochenta, hoy en día todo suena igual, el éxito del trapero dominicano se confunde con la banda uruguaya más taquillera.

A finales de los setenta y primeros ochenta, algunos punks mantuvieron contacto con grupos clandestinos, organizaciones armadas y comunas de fugitivos. Se había creado un ecosistema de ayuda, una solidaridad y apoyo mutuos en toda Europa, que funcionaba con naturalidad. Era relativamente sencillo. Se compartía un ideal, pero también una forma de vida. No se podía imaginar vivir de otra manera, al menos para aquella facción de entre los punks, airados y anárquicos, que pasaron de la retórica de las letras a la «Propaganda por el hecho».