Queridos rockeros veteranos, ¿Quién dijo que el rock y la panza no pueden ir de la mano? Porque sí, amigos, aquí estamos, atravesando las décadas con nuestras experiencias, nuestras arrugas y, sí, también con nuestras queridas panzas. Pero ¿saben qué? Esa panza es más que sólo un símbolo del paso del tiempo; es un testigo silencioso de todas las noches de rock que vivimos, de todas esas emociones que nos hicieron sentir vivos, de todos esos recuerdos que atesoramos con cariño en lo más profundo de nuestro ser. Recuerdo esas noches de rock en Montevideo, en los años ’80, como si fuera ayer.