Still Life

Luca Prodan revolvía vinilos en una disquería de Wardour Street, cuando lo encontró, Still Life de Van Der Graaf Generator. La banda que tanto le gustaba a su hermana Claudia, muy populares en su Italia natal. Sus tres primeros discos los había escuchado tantas veces que las canciones estaban prensadas en su respiración. No podía sacar sus ojos de la portada, había salido un par de años atrás, pero para él era una novedad.

Mientras pagaba el vinilo en el mostrador, el dueño de la tienda de discos le avisó que, en unas horas, Van Der Graaf Generator tocaría en el club de la esquina. Volvió a pensar en su hermana y en el destino. Hizo tiempo con un café frío en una mano y el vinilo, recién comprado, en la otra. Soho acumulaba cargas eléctricas, quizás en alusión al nombre de la banda. The Vortex, funcionaba en el sótano de la discoteca Crackers en el número 203 de Wardour Street. Estaba iluminado con unos pocos focos forrados de celofán y refugiaba a varios corazones anfetaminados. El centenar de asistentes, mezcla de veteranos pelilargos y jóvenes punks, se miraban con desconfianza. Debido a sus oscuros textos, Van der Graaf Generator era la única banda de rock progresivo que podía compartir cartel con los afamados grupos punks de la época.

Sobre el destartalado escenario, los instrumentos aguardaban, recostados a los equipos. Cuando las luces se apagaron, la voz de Peter Hammill atravesó la penumbra, más áspera que de costumbre. Luca sintió que cada palabra le golpeaba la frente, cada acorde del Hammond abría un pasadizo secreto en su inconsciente. La música le traía un mapa que señalaba un lugar que todavía no conocía. En medio de una canción, se sorprendió pensando en irse. No del concierto, sino de Londres. La ciudad, con su gris constante, le había dado mucho, pero también le había robado algo. Necesitaba escapar de una mala compañía, necesitaba un horizonte nuevo bajo un cielo distinto. Recordó una carta de un viejo compañero de colegio, hablándole de un país lejano, de montañas, llanuras y noches estrelladas. Cuando el último tema terminó y el público aplaudió, Luca quedó inmóvil, quería registrar ese instante en su piel. Sabía que no volvería a vivir algo así, al menos no de esa forma. Afuera, la llovizna lo recibió como a un entrañable cómplice. Caminó hacia su departamento con el vinilo apretado contra el pecho, sintiendo que llevaba consigo no solo un disco, sino una brújula.

Semanas después, en la bodega de un avión rumbo al sur, Still Life descansaba dentro de una maltratada maleta. Luca no lo sabía aún, pero en Argentina encontraría otra música, otros colores y formaría una banda que, como aquella noche en Londres, haría temblar algo más que los parlantes. Y mientras el avión se despedía de la niebla de Heathrow, supo que la vida era eso, un show interminable, con canciones que te exigen buscar el próximo tablado.

Lic. Hugo Gutiérrez