Nuevo Libro de Luis Fernando Iglesias. *
Canciones de estruendos cetrinos.
Guillermo Baltar Prendez
1.
En nuestra niñez, para aquellos nacidos con el rock & roll a mediados de los ’50, un baldío no era exactamente el sinónimo de un campo cubierto de mugre y objetos putrefactos como hoy. En general solía ser un campo descuidado, un terreno abandonado a su suerte donde podían acumularse ciertos deshechos, entre algunas vegetaciones desordenadas. También era un espacio donde chicos de barrio solían jugar al fútbol si sus dimensiones lo permitían, o de lo contrario realizar una suerte de “picaditos” de no más de cuatro o cinco jugadores. Cuando T.S. Elliot escribe “Tierra Baldía” en referencia a los desolados campos de batalla de la 1° Guerra Mundial y a los millares de muertos sobre ellos, no podía suponer que esas extensiones macabras serían también la metáfora de ciertas circunstancias, que acontecerían entre los ’70 y mediados de los ’80 en nuestro continente. Generaciones urdidas entre conflictos políticos y existenciales, donde la espiritualidad parecía ser un papel absorbido por las máscaras de la desgracia. Una sociedad parcialmente destruida donde unos buscaban encontrarse con identidades perdidas. Otros con aquellos tiempos robados que les impidieron tener una juventud acorde a los procesos de búsquedas posibles. Para unos y otros, fueron instancias supeditadas a diferentes decisiones. La que denostaba el poder dictatorial, y las que se pergeñaban desde los cuadros de la resistencia. Así como el poeta nos sumerge por caminos de alienación, también nuestra sociedad civil, que no era de por sí unificada ni en lo político, económico y cultural, sufría esos mismos efectos.
2.
A comienzos de los ’80 cuando la dictadura comenzaba a intuir su fracaso y la canción de resistencia se afincaba en discursos panfletarios e insuflados de patriotismo, ciertos miembros de la intelectualidad intentaban delinear una suerte de discurso nacionalista en las artes. En cuanto a la música, tratando de emular un cierto modelo que tenía como referencia la “trova cubana” o a la MPB (música popular brasileña), aunque esta última le quedara demasiado grande, al igual que la floreciente “trova rosarina”. No era cuestión de tamaño y sí de formatos. De adhesiones ideológicas por tanto, donde el enemigo visible era el rock y la penetración cultural “imperialista”. En esa coctelera de exclusiones también entraba la adhesión a movimientos anarquistas, la influencia del rock argentino, o los supuestos intentos de la administración colorada “por hacerse de sus favores”. Cito estas breves líneas, porque en el exhaustivo marco histórico que Iglesias plantea, aparecen algunas declaraciones de Jorge Bonaldi, integrante entonces de “Los que iban cantando”, donde expone algunas de estas ideas. En un estudio publicado años atrás, sostengo que los mayores interesados por apoderarse del fenómeno del nuevo rock nacional, eran las marcas de gaseosas más conocidas de nuestro medio. La transversalidad que ellas pudieran o no tener con la gobernanza política, parecería estar mucho más enmarcada a la captación de una nueva franja de consumidores. Lo que suponía también establecer un control no sólo de adeptos a una u otra, sino también a afincarse en ciertos modelos de marketing y de hecho de conductas. Con el tiempo, fue una marca cervecera la que se llevó la caza al redil. Me refiero a los tiempos de los exitosos Pilsen Rock, y de manera particular quién si se apropió del fenómeno rock, fue la izquierda montevideana. Algo que habían intentado hacer mientras la vapuleaban. Si a partir del año ’86 el Diario El Día había comenzado a editar “El Día Pop” bajo el influjo de La Pepsi Cola, y los Montevideo Rock se realizaban bajo el auspicio de la Coca Cola, la publicación frenteamplista de La Hora, había comenzado a abrir sus ojos de buey para que el aire fluyera. Su intención congraciándose con las estéticas que no habían podido descatalogar por cuanto candombaile hubiese, era evidente. Gustase a quien gustase, y a quien no también. De todas maneras, no era sólo el rock el único factor de cambio en las actividades artísticas, éstás eran variadas y ocurrían en diferentes áreas plásticas, visuales y literarias. Ese tiempo de fractura auguraba nuevos y auspiciosos despertares, aunque nadie tuviese en claro cuál fuese el resultado final. Tras el plebiscito de los ’80, la firma del Club Naval, el consumo de sustancias nevadas, y cierta algarabía nihilista, Montevideo encontraba un sector de la juventud a la cual los cucumelos, por sí solos ya no los saciaba.
3.
Cuando Luis Fernando Iglesias me habló de su intención de escribir un libro sobre Baldío, me alegré en muchos sentidos. Primero por la necesaria reivindicación del que para mí, fuera el grupo más trascendente de la “canción popular” de entonces. Un término donde cabía de todo. Segundo porque fuese él quién lo escribiera. Y tercero, como le dije en su momento, si me hubiesen propuesto escribir un libro sobre una banda (eliminado aquellas con las que estuve vinculado), Baldío hubiese sido la primera opción en una reducida lista de no más de cinco, seis discos. El libro de Iglesias enmarca de manera ejemplar, el contexto político y social de entonces, que explica en cierta medida, tanto la aparición de una banda rompedora en su medio, y también las razones de su aparente fracaso, si es que puede considerarse como fracaso, la miopía y la ignorancia de una audiencia más proclive a ciertos cúmulos de panegíricos, embarcados más que en las poéticas, en la sordera y contumacia de los discursos ideológicos y las directrices culturales de entonces. Como le comenté a Iglesias en un momento, mientras una argentina post Malvinas, donde el rock y el cosmopolitismo de Buenos Aires (la “Ciudad de la furia” que narró Soda Stereo) en plena ebullición comenzaba a destapar la modernidad que se nos había robado -así como el desarrollo normal de la adolescencia-, tuvo que llegar The Police a nuestras radios y a presentarse en pleno auge en Buenos Aires, para que muchos músicos de aquí, destriparan por los aires los esquemas mentales a los que los habían sometido. Es decir, el “canto popu” como sinónimo de identidad nacional, de confraternidad con los detenidos, erigida como una única voz considerada como representativa de una nacionalidad cultural. Baldío no sólo abrió un camino de hallazgos y libertad creativa, marcó un antes y un después, que anticipó la posterior irrupción de nuevas voces generacionales, la mayoría de ellas integrando las bandas de rock de los ’80, o ciertos cantautores (Jorge Alastra, Raúl Buzo) afincados en lineamientos estéticos mucho más libres y desligados (emulando el espíritu dadaísta de las banda punkies neoyorquinas y británicas) del sometimiento de ciertas normativas de cómo deberían entenderse y desarrollarse la labor compositiva en este caso. Las bandas de los ’80, no recibieron la herencia musical propiamente dicha de Baldío. Seguramente la mayoría no fuesen conscientes de ello, pero la actitud de aquella resignificó la independencia de búsqueda y experimentación, al señalar que había caminos por los cuales transitar ajenos a la formalidad impuesta. Baldío dentro de su medio fue tanto una banda de Avant Garde como una banda punk. Y tenía en Cabrera y sus ex compañeros de MonTresvideo un germen sustancial. MonTresvideo al que se cita en este libro, fueron sin lugar a dudas auténticos “punkies barriales”. Con una impronta mucho más culta e innovadora, que cualquier murga que estuviese por ahí dando saltos. Si “Andamio Pijuán” del Cuarteto de Nos, fue para sus congeneracionales un punto de inflexión, “La Bruja” de Baldío lo fue para los suyos. La música no sólo “estaba enferma” como cantaban Los Estómagos, lo estaba la sociedad toda y por ende, muchos de los referentes no sólo políticos, sino también culturales. La dictadura daba para todo, incluso para permitir validar proyectos y voces que eran tan o igual de perjudiciales que ésta.
4.
“Toda flor que nace en un baldío tiene problemas…” Aquelarre (1973)
En medio de ese entramado histórico, donde la cultura comenzaba a debatirse en sí misma, Baldío no sólo fue un torrente de aire fresco, sino que delimitó un antes y un después, que quizás, hasta la aparición de este libro, nadie se había percatado o tenido en cuenta. (Al igual que sucedió con las “Aguaraguas” de Canzani, sólo que éstas marcharon con él al exilio). Mientras “Los que iban cantando” -sobre los que tantas loas se han escrito-, aparecían como un baluarte en consonancia a ciertas posturas políticas, convertidos en una vanguardia popular e intelectualoide, de la cual algunos de sus ex integrantes terminaron claudicando. Baldío sin salirse totalmente de ese contexto, se sirvió de él para machacarlo desde adentro, e instalar en el colectivo de escuchas un grupo de canciones imbatibles. Entre ellas el “hit” sin Top Ten de “Estas Acabado Joe”, con su señalamiento a la dictadura y a los paradigmas de la colonización estadounidense, y otras que aún continúan vivas en el repertorio de Fernando Cabrera. Iglesias detalla minuciosamente el estado de situación que todos hemos vivido, pudiéndolo analizar desde nuestros correspondientes puntos de vista. No fuimos muchos los que entonces escribimos y celebramos la música de Baldío. Nos reconocimos en sus “Brujas”, en sus “Seis de enero”, en “Llantos de mujer”, “Méritos y merecimientos” y en “Canciones de amor”. Eran la actualidad para aquellos sectores del público que escuchando a Charly no podían ir hasta Buenos Aires, pero reconocían en ellos una cierta cercanía como lenguaje innovador y reticente a las viejas fórmulas de la canción popular y de una imposición ideológica. Está más próxima a la revolución cubana que a la “primavera de Praga”, masacrada por el gobierno comunista de la Unión Soviética. Tal como los versos al inicio de esta sección, la banda tuvo todos los problemas que una flor pudiese tener sobre un baldío. “Canto Cetrino”, la hermosa canción de Aquelarre perteneciente a su segundo disco “Candiles” de 1973, bien puede en esas estrofas resumir los derroteros creativos, circunstanciales y hasta contradictorios del grupo, que finalmente concluyeron en su inacción. Ellos eran la flor, el contexto era la tierra baldía. El fango que aún transitaba a destiempo y no sólo porque hubiese habido una dictadura asesina y cruel, sino porque también nos habían impuesto otras, todas aquellas que nada tenían de magnánimas, sean del tamiz que fueran. Al fin y al cabo, los pueblos tienen lo que se merecen.
5.
¿Primero cuarteto, luego quinteto, posteriormente nuevamente cuarteto, alguna vez un sexteto? Fernando Cabrera, Andrés Bedó, Gustavo Etchenique, Da Silveira, Gregorio Bregstein y Bernardo Aguerre. Los nombres que integraron o pasaron brevemente por BALDÍO o colaboraron con él como Gastón Contenti, Tomás Eastman, “Pocho” Macadar y el artista Gerardo Mantero. El diseño del disco rompía también con la solemnidad estética de entonces, ¿quién podía competir con él?; acaso algunas de las de Jaime Roos, por ejemplo la increíble portada de “Aquello”, uno de los discos que integrarían mi lista de grupos citados, y para develar otro, el de Opus Alfa. De haber escrito el libro de Baldío, sin duda mis disparadores hubiesen sido otros. No hubiese podido igualar el trabajo metódico de Iglesias, entre otras cosas, porque hace mucho que dejé de escribir sobre música, no porque sea ajena a ella, sino porque la música nacional salvo escasas excepciones ha dejado de interesarme, y porque al vivir años en el exterior, mi amistad con los músicos se fue diluyendo, salvo en casos particulares como con Darnauchans o Galemire, con quienes mantuve mi amistad hasta sus finales, o mis esporádicos encuentros con Fabián Hernández y pocos más. El libro de Iglesias promueve un viaje a esas pedanías acotadas de nuestra historia política, que es por hecho, también la de aquellos márgenes culturales por la que unos u otros nos dejaban transitar. Baldío borró los miedos a los esquemas que ciertos dogmatismos ideológicos y pedagógicos se habían impuestos como verdades absolutas. Esto no era pertinente sólo al ámbito musical, abarcaba los espectros de todas las demás artes, el debate sobre la irrupción de nuevas tendencias y la apertura a las ventanas del mundo comenzaban a asomarse tras un horizonte que volvió a claudicar con los Pactos del Club Naval.
6.
A la distancia y al ver el desarrollo que nuestra sociedad ha tenido desde entonces, cada uno es dueño de sacar sus propias conclusiones. El olvido de ciertas realizaciones culturales no es sólo efecto de cierta ignorancia o desinterés por reconocer acontecimientos y realizaciones que propiciaron la continuidad de ciertas independencias artísticas. Es también el advenimiento de capas generacionales ajenas a dichos movimientos históricos, a la llegada de hijos de exiliados que crecieron dentro de otra opulencia y creyeron que venían a instaurar una modernidad que ya había sido instaurada por las generaciones de los ’80, las mismas que claudicaron, emigraron, fenecieron, o terminaron entregándose a los beneplácitos del éxito. “Esa hermana tan buscada…” Baldío tuvo la valentía de confrontar a su propio tiempo y ya se sabe, las vanguardias van siempre por delante, por eso no estoy de acuerdo con ciertas declaraciones de Cabrera citadas casi al final del libro por Iglesias, en torno a una larga entrevista que quién esto escribe realizó sobre Baldío. Cabrera sostiene que el grupo terminó no “porque se adelantó a su tiempo, sino porque él no comprendió que el público no estaba dispuesto a comprender esas canciones”. Respetando sus palabras, en ese momento, recuerdo que corté la grabación y me permití bromear y decirle “Fernando, no me digas que tú eres un compositor fácil”. Momentos antes él señalaba que buscaba ser un cantor popular que se aproximase a las canciones del maestro Raúl Lena. Curiosamente Cabrera acababa de editar “Viva la Patria”, y le señalé al menos tres canciones del mismo, me tomé el atrevimiento de tararearle alguna de ellas y recalcarle: “tú crees que eres un cantor fácil…”. Fernando me miró con su habitual sonrisa cargada de ironía: “es que no siempre lo logro…”. Momentos antes recordábamos algunos de los grupos que escuchábamos de jóvenes, no sólo Viglietti y Zitarrosa, hablamos de Zappa, los Beatles, King Crimson, Coltrane, músicos de la vanguardia culta y de nuestra amistad con Coriún y con la mayoría del grupo de los seis, entre ellos Elbio Rodríguez Barilari. “Me alegra que recuerdes a BALDÍO” me dijo en un momento, tal como señala Iglesias en su libro. Me alegro que Luis Fernando Iglesias haya culminado esta aventura y señalarle a quién no recuerda o no quiere hacerlo, que hubo una banda que en su momento sacudió a muchos y barrió a unos cuantos, más tarde o más temprano, de los escenarios de nuestra música. Algunos continúan arrastrándose como miembros de un club que ya no existe, otros sumergidos en la reiteración de sus arreglos de bronces, o en el beneplácito de instaurar un nicho a orillas del mar. Ninguno de ellos logra retrotraerse a esas inmersiones de aventuras y riesgos, porque lo fácil es perpetuarse en la masividad de los estadios, o en la festividad de los premios Grammy, y no en la reformulación de cómo deben entenderse las vitalidades de búsquedas e irrumpir con los brotes de nuevas canciones y propuestas. Baldío fue tan único e impredecible que quemó con su relevancia sus propios terrenos de la canción citadina, y del que ninguna nueva flor creció, sólo conjuntos de matorrales, que hasta hoy sólo pudieron ocultarlo, pero no (de lo que es ejemplo este libro) destruir la impronta de sus raíces.
Guillermo Baltar Prendez

*BALDÍO, por Luis Fernando Iglesias.
Estuario Editores, Montevideo 2026
Colección Discos # 30
Director de Colección: Gustavo Verdesio
Diseño Integral: Lucía Boiani
249 páginas
11 fotos e ilustraciones
