
En 1969 en el marco del histórico -y hasta ese momento sin precedentes- festival de Woodstock en Bethel, Estado de Nueva York, se presenta un artista latino de origen mexicano llamado Carlos Santana junto a su banda reconocida popularmente como Santana a secas. La presentación es poderosa, ambiciosa, irradia luz e interpela los sentidos de los Cerca de 400 mil seres humanos que estaban allí presentes. La performance de Santana con su canción “Soul sacrifice” no sólo fue un momento icónico del evento en cuestión, fue un hito para un género aún inexistente sin vías de proyección en el universo musical, adquiriendo una visibilidad a partir de una legitimación de la fusión.
Santana, sin saberlo, abre desde ese momento un horizonte en cuanto a la gestación de una identidad global de lo que implicaría la latinidad en el rock como referencia en sí misma. No sólo México sino Latinoamérica se hacía un lugar en el mapa de este género desde un paradigma de redefinición musical al mostrar una propuesta tan ecléctica pero a la vez tan rica, combinando con estilo y precisión elementos de rock clásico con ritmos afrolatinos envueltos en un crisol psicodélico que honraba tanto a un Jimi Hendrix como a Tito Puente, y esa yuxtaposición no era algo fácil de lograr.
El ánimo de este artículo no es establecer un punto de partida exacto en la gestación del rock latino como posible género musical, pero sí preguntarse si luego de tantos años nos es posible hablar de un rock latino o hispano en términos identitarios y técnicos. De existir, ¿cuál sería su sentido ontológico como expresión cultural? ¿Hay una veta propia o es sólo un derivado del rock con la variable de que es cantado en español o producido en hispanoamérica? ¿Es demasiado ambicioso o globalista hablar desde nuestro lugar de un rock latino o hispanohablante cuando ni siquiera parece saldado el debate sobre si existe en aspectos tangibles un rock uruguayo o nacional? De existir, ¿cuáles serían sus características? ¿Cómo se puede entender su evolución, qué lógicas lo identifican y en cuáles se reprodujo?, y más problemático aún: ¿Cómo lidia con sus propias limitaciones? ¿Bajo qué expectativas se para en el presente de cara a un futuro difuso para el rock en general? ¿Cómo afronta (si es que lo hace) los factores que acrecientan su peligro de extinción en caso de haber existido?
En principio podemos aseverar que su identidad como tal puede radicar en el proceso de hibridación rítmica legitimada desde el episodio mencionado, basada en sonidos autóctonos y recursos folclóricos o en una lírica definida por la reivindicación social y política, amparada en una ecuación homogeneizada bajo procesos de índole regional como también en sus formas de resistencia.
- Orígenes: De la traducción cultural al rol de vehículo contestatario y plataforma reivindicativa.
Identificar al Rock latino como una expresión en sí misma implica la necesidad de entender la dinámica de sus colectivos. Si el rock es un fenómeno que definió el joven como sujeto social con un perfil determinado por ciertas cualidades, el rock latino como expresión debería seguir parámetros similares que vayan más allá de una cuestión meramente geográfica. Hay una condición de arraigo cultural basada en pasajes de la clandestinidad a la era profesional generando un propio mercado donde dicho proceso parece estar marcado por la transición del mimetismo anglosajón al forjamiento de una estética propia inspirado en problemáticas y demandas sociales más propias que ajenas.
No parece ser un hecho casual que en sus posibles orígenes las primeras bandas o artistas de rock en estas latitudes cantaran mayoritariamente en inglés o hicieran covers de clásicos en español pero casi en forma de réplica adaptada y que rápidamente evolucionaran al español. A menudo se juzga al rock producido en Latinoamérica bajo una lente universalista midiendo su cualidad por una serie de estandartes basados en los cánones rítmicos de Los Angeles o Londres, sin embargo esta visión descontexualizada ignora aspectos propios de la naturaleza del fenómeno en la región. Si bien no podemos asegurar a ciencia cierta la viabilidad del término, entiendo que el rock latino como expresión no se concibió en el umbral de un vacío técnico sino como respuesta circunstancial a búsquedas de identidad, escenarios de opresión y crisis económicas. Su pertinencia no reside en la ecuación de un modelo, sino en su capacidad de absorber fuerzas externas para transformarlas en un lenguaje propio que puede variar según la región pero que guarda particularidades producto de la propia evolución histórica. El rock hispano o latino, más que un subgénero, es el resultado de una evolución adaptativa y su valor reside en aspectos propios de la latinidad como su multiculturalidad, su fusión rítmica y sonora, sus temáticas en clave de respuesta a aspectos coyunturales que pintan una realidad más regional que global bajo una desterritorialidad que fortalece su existencia para algunos y, para otros, la debilita. Hablar de rock latino es, probablemente, hablar en base a un hilo conductor que incluye demandas sociales, crisis, dictaduras, reivindicación identitaria, mestizaje y fusión cultural como patrones en común.
El rol de plataforma de resistencia es un sitio que históricamente estuvo ocupado en el contexto de la región por la canción de protesta, en clave de folclore o canto popular que buscaban atender las demandas sociales coyunturales, locales, en algunas circunstancias desde lo rural y en otras desde lo urbano, y no parecía haber indicios de que el rock ocupara ese lugar, pero ciertos factores dependiendo los casos específicos, fueron transformando ese axioma.
Si trazamos una línea evolutiva con los parámetros más estandarizados, podríamos decir que los orígenes se dan en los ’50 y ’60, en lo que conocemos como “Apropiación”, donde la llegada del rock a la región se da como una moda importada a través de artistas como los Teen Pop o Sandro y Los Del Fuego en puntos específicos como México o Argentina. Una réplica sin demasiada ambición que reproducía las influencias más directas de referentes como Elvis o Chuck Berry que evolucionó rápidamente hacia una etapa de maduración compositiva e identitaria en los ’60 y ’70, donde encontramos aspectos fundamentales que ayudarían a reforzar el concepto de viabilidad del término, ya que se transita un camino de experimentación con artistas como Spinetta, Vox Dei o Los Jaivas, que llevan al rock a otro nivel, sobre todo porque esa experimentación se sumerge en sonidos tradicionales pero a la vez propios, que ya posibilita identificar un patrón aunque en modo diverso y heterogéneo.
En los ’70 y los ’80 se da la etapa que podemos reconocer como ciclo de madurez conceptual, donde se convierte definitivamente en una fuerte herramienta social y política y se profundizan los aspectos de experimentación y fortalecimiento identitario. Es imposible ignorar sobre todo en los ’70 los aspectos que refieren al contexto político, donde las dictaduras se convierten en la regla más que la excepción y el rock pasa a ser una fuerte opción como vehículo de resistencia social, sumado a la proscripción de muchos artistas representantes de la canción popular. Más allá de si fue el rock quien realmente ocupó ese lugar o si lo hizo (en caso de que así lo fuese) de una manera eficiente, no es el motivo de este artículo, pero de lo que no podemos dudar es que el rock en Latinomérica experimentó una evolución muy ligada al contexto socio político, es decir, la efervescencia social, el clima, la transición de estabilidad e inestabilidad coyuntural, sumado a los quiebres institucionales o económicos que, de algún modo, fueron permeables en la sensibilidad social y cultural, siendo factores que incidieron de manera más o menos directa en el rock producido en Latinoamérica, son parte de su proceso evolutivo siendo ésta una posible característica que identifica su ADN. A mediados de los ’80 se logra un foco de madurez y estabilidad desde la apropiación, donde es imposible no relacionar esto nuevamente con el contexto socio político, en vistas de que es una época marcada por las post dictaduras y la transición hacia las democracias aún tuteladas con las complejidades que ello refiere. Los traumas y las heridas sociales latentes despertaron una veta del rock en Latinoamérica sumamente testimonial y contestataria, asumida desde la rebeldía e influido a su vez por estéticas y estilos vanguardistas provenientes más que nada de Reino Unido, como el post punk o la new wave.
A su vez, esta época presenta otro rasgo clave a la hora de defender esa viabilidad del concepto, y es la internacionalización. A partir de los ’80, se comienza a profundizar este fenómeno de lo que se conoció como rock sin fronteras, donde algunos artistas logran confeccionar un circuito homogéneo y regional que posiciona al rock latino como una marca o un producto comercial viable. Es imposible obviar la importancia clave de Soda Stereo como abanderada de esa internacionalización, marcando el rumbo a otras bandas que logran la capacidad de ser identificadas en distintos puntos del continente de forma masiva con propuestas que permitían vislumbrar una noción unitaria de rock latino o hispano. Bandas como Héroes Del Silencio y en menor medida Los Prisioneros, siguieron dicho camino y marcaron huella para el futuro del género como algo promisorio. Este rasgo excluye bandas locales que tuvieron una gran incidencia en su país, como el caso de los Redondos. Ya sea por sus propias dinámicas de objetivos o por limitaciones o incompatibilidad con los patrones de la lógica industrial hegemónica que promovía ese modelo, no se consideran parte de ese movimiento, siendo referencias locales pero no “latinas”.
En los ’90 se da el boom a través de un resorte fundamental en esta maquinaria, que es la llegada de MTV a Latinoamérica en su versión propia. Impulsor fundamental de este movimiento, el cual bajo su lema “Rock en tu propio idioma” profundizó la internacionalización de bandas que ya habían gestado esa semilla y a su vez propició la llegada de otras nuevas que a través de una identidad bastante fundada en conjugar estilos como el ska, reggae, raíces folclóricas, generaron un circuito sólido de integración y noción de espacialidad regional a través de bandas como Aterciopelados, Animal, La Ley, Café Tacuba, Maldita Vecindad, Babasónicos y Los fabulosos Cadillacs como mayores iconos de esta etapa. Vale decir también que este fenómeno es un proceso bastante discutido y debatido, en función de que la expansión territorial que se promulgaba no era tan acorde a los hechos, llevando el concepto de rock latino a un probable reduccionismo de lógica maisnstream, cuyos cánones estaban claramente establecidos por la industria hegemónica en la cual muchos países o bandas con gran potencial fueron excluidos, entablando una dinámica algo maniquea en cuanto a “pertenecer” o no “pertenecer”.
La otra etapa de ebullición que prosiguió esa dinámica fue en la segunda mitad de los ’90, donde aparece con gran fuerza otro personaje fundamental y no menos discutido: el músico y productor argentino Gustavo Santaolalla a través del sello Surco Record Latinoamérica, quien fue el otro gran pilar de esta ola, promoviendo y consolidando el concepto de rock latino, centrado en una movida que deambulaba entre estilos urbanos como el hip hop, el hardcore, el rap y elementos del metal, en algunos casos influenciado claramente por el sonido que predominaba en el norte a través de expresiones como el nu metal. Bandas como Molotov, Illia Kuriaky, Tiro De Gracia y los exponentes de la movida de Monterrey a través de grupos claves como Control Machete o Cartel De Santa, profundizan la expansión territorial y también de géneros. La crítica que se planteaba ante estos escenarios de difusión y masividad era que tanto MTV como Santaolalla conformaban circuitos de elite que si bien consolidaron una noción más tangible de rock latino o hispano, también generaron una clara división entren quienes eran funcionales a ciertas formulas pre establecidas, a los cuales se les concedía todo el aval que una industria en ese contexto podía brindar, y aquellos que por diferentes motivos no ingresaban en esa minoría privilegiada, una lógica si se quiere no muy distinta a la que aún impera hoy.
Esta tendencia “globalizadora” cuya intención era de algún modo trazar vectores de validez que legitimaran una versión universal (valga la redundancia) de rock latino, produjo una suerte de relato hegemónico con tintes de historia oficial que encontró tiempo después su coronación con el documental producido por el mismo Santaolalla y la poderosa plataforma Netflix, llamado “Rompan todo”, el cual de algún modo más allá de las razonables críticas, revitalizó el debate y también al propio género.
- Convergencias entre el concepto de latinidad y el rock hispano o latino
El origen del término “Latinoamérica” surge de forma posterior a los procesos independentistas del S. XIX, no como una pulsión de identidad “pura” sino como una mezcla de factores como la herencia indígena, influencia europea (principalmente española y portuguesa) o aportes africanos amalgamados en una idea de mestizaje habitada por la tensión constante entre lo externo y lo propio, pues en cierto modo ese sincretismo que marcó su evolución tiene claros puntos de contacto con el rock latino como expresión artística.
Entre esos puntos de contacto aparece la hibridación cultural en la cual ambos fueron gestados y que consolidó de gran manera su identidad. Esa construcción se da en un marco de fricción basada en la hibridación artística en un sentido antropológico, es decir, la búsqueda de la autenticidad y la legitimidad como sinónimo de autoafirmación.
Apelando un poco a la historia, el término “Latinoamérica” surge en el contexto independentista del S. XIX en parte impulsado por la figura de Napoleón III con la intención de agrupar la esfera de los países de lengua latina de América bajo una idea común. Es decir, si bien surge como un término externo y de connotación geopolítica, es luego reapropiado desde adentro, producto de la propia evolución histórica de la región. Algo similar ocurre con el rock latino como fenómeno, el cual surge a partir del rock anglo pero en su propia realidad se resignifica, incorporando una serie de elementos en cadena que van desde el idioma, fusión de ritmos locales y externos con problemáticas y demandas propias.
Otro aspecto a remarcar dentro de esa hibridación es que, al igual que Latinoamérica no es completamente homogénea ya que su principio fundamental es la fusión de raíces indígenas, africanas, europeas, etc. la cual comprende una identidad en construcción permanente, el rock latino también experimenta esa lógica a partir de la combinación del rock con géneros locales como la salsa, ritmos afro o elementos de la tradición folclórica, por lo que bandas como los Fabulosos Cadillacs, Café Tacuba, Mano negra (aunque ésta es de origen francés pero es parte fundamental de este proceso) lograron materializar esa conjunción produciendo un sonido propio a partir de una reinterpretación genuina del rock anglo.
La cohesión fundamental en la que se basa la latinidad tiene que ver con el predominio del idioma español como parte de su lógica integral, la cual podemos asociar con que el rock en Latinoamérica eligió un camino de autoafirmación optando por cantar en español, ratificando la idea del “rock en tu propio idioma” que valió luego como lema no sólo cultural sino comercial.
La latinidad aplicada al rock afirma su viabilidad como género definido a partir de rasgos como la multiculturalidad y la fusión, pero esa heterogeneidad también puede ser un factor debilitante debido a que exalta una noción indefinida desde una desterritorialización, que para algunos le quitó credibilidad a la idea artística llevándola a un recurso semántico basado en fórmulas pre determinadas alimentadas por un sesgo geográfico que redujo su existencia a Argentina y México, generando una alternativa aleatoria para Chile y Colombia, siendo Brasil un caso aparte al igual que su adaptación a la lógica latina por un tema estructural (cultural e idiomático) y por la capacidad de generar un mercado propio y autosustentable, dejando al resto de los países en una suerte de subordinación arbitraria probablemente por ser mercados que no aportaban cuantitativamente, por lo que no eran funcionales al patrón impuesto por la maquinaria mediática que marcaba esas coordenadas.
- El concepto de “Glocalización” adaptado a esta dinámica.
Allá por la década del ’90 un sociólogo británico llamado Rolan Robertson acuñó un concepto conocido como “Glocalización” en sintonía con la expansión de la globalización, entendiendo que dicha expansión a pesar de sus pretensiones universalizantes no destruía la noción de lo local sino que ambas se retroalimentaban a partir de su simultaneidad y copresencia, razonamiento que aplica y contribuye en gran medida a la comprensión del rock latino en cuanto a su consolidación.
La glocalización es un fenómeno que ocurre cuando un estándar internacional se adapta o incorpora al gusto o demanda de un mercado específico, por lo que los parámetros básicos del rock universal, como el concepto de banda tradicional (guitarra, bajo, batería), el formato canción y álbum como obra, se amalgamaron con otros como el lunfardo, el perfil callejero (o barrial), abordado desde temáticas como la urgencia social y contextual, la desigualdad, el realismo mágico o la reivindicación de la identidad indígena mediante texturas narrativas y sonoras.
En vistas de que la glocalización como tal no acepta la homogeneidad acaparadora, el rock latino reproduce en su esencia una retórica similar, ya que no busca sonar como el rock anglo sino que basa su impronta a partir del ritmo y síncopa en clave de salsa y otros estilos como el ska, conjugado con las bases rítmicas del rock tradicional.
Bandas como Café Tacuba o Los Fabulosos Cadillacs, además de llevar al rock latino o hispano a otro plano y darle significado al concepto, ratificaron la condición de un rock con sello masivo, logrando un producto comercialmente viable y a gran escala desde los cánones tradicionales sin perder de vista elementos propios pero asimilando las vanguardias externas. Esa interconexión cultural desafió la idea de que el rock era algo puramente ajeno. Obviamente ese gen glocalizador fue reforzado por factores como MTV o Surco Records a través de la presencia del ya mencionado Santaolla, cuyo rol fue clave más allá de su influencia negativa o no (la cual daría para un artículo aparte), ya que es indiscutible que sin una maquinaria industrial sólida detrás, ningún género o subgénero con ánimo de proyección sería sostenible.
En los 2000 la era del internet y el desarrollo de las telecomunicaciones consolidaron esta idea global y potenciaron al género desde el punto de vista de los cánones comerciales, transportándolo a su momento más álgido bajo la lógica de un capitalismo auditivo, aunque a pesar de eso resulta paradójico que las bandas surgidas con más fuerza son previas al boom de la internet y las plataformas de descarga de música, lo que lleva a pensar que lo potenció por un lado pero lo cercenó por otro, en vistas de que pudo ser contraproducente llevando al rock latino a una dinámica estática más de reciclaje de fórmulas comprobadas que de redefinición.
- Una leve mirada de cara al futuro
La eterna disputa entre comercialización y autenticidad marca una pulseada en la que el rock en Latinoamérica deambula tal vez reproduciendo una dinámica propia de su realidad. El ADN de Latinoamérica así lo dicta en el sentido de que históricamente en estas latitudes se transitó entre el paradigma de lo tradicional y lo moderno, lo autóctono y lo foráneo, el sincretismo estético y cultural, planteando un permanente reto de cara a la construcción de una identidad que evolucionó de manera compleja, donde lo artístico no fue ajeno, pues el rock se vio en esa encrucijada de reproducir valores propios o importados o conjugarlos como mecanismo más eficiente de supervivencia, siendo ésta su principal y casi única cualidad de cara al futuro.
Al igual que el rock a nivel internacional, el rock latino no parece encontrarse en su momento más auspicioso en función a los parámetros que la agenda del mainstream prioriza o demanda, por lo tanto esa encrucijada mencionada al principio prende más que en ningún otro contexto, ya que la premisa parece simplificarse a mantener la llama viva aunque sea desde un ostracismo anónimo y marginal, y mantener al rock como un culto de nichos o adecuarse a las nuevas tendencias que dictamina la maquinaria hegemónica incorporando lógicas que al parecer están bastante ajenas a lo que es el rock en sí. Ese lugar que el rock, aunque con sus vaivenes, ocupó por tanto tiempo, sería reservado para otros géneros como el reggaeton, el trap o el ecléctico e indefinido género urbano, donde figuras como Rosalía o Bad Bunny completarían esa fórmula de manera casi perfecta, ya que la multiplicidad de factores como respaldo comercial, masividad, industria y hegemonía se articulan como pocas veces un género logró en esta región. Pero esto puede resultar en la extinción definitiva del rock como expresión legitimada por las masas que fueron siempre uno de sus principales sustentos. Si el rock en Latinoamérica no tiene cabida para los planes del mainstream y la industria, deberá entonces redefinir su rol y resolver la dicotomía en cuanto a su objetivo y su esencia.
¿Por dónde debe transitar su búsqueda? Adaptarse en clave de supervivencia a las nuevas preferencias de los canones actuales o reinventarse desde el garaje, el sótano del ostracismo suburbano, la lógica de los “no lugares”, y desde ahí re direccionar su eje y su estrategia de reformulación. Si la redirección se basa en propuestas como La Beriso o Airbag, donde los parámetros ya mencionados completan la fórmula (aparato mediático, masividad y sonidos accesibles), el rock como tal estará en problemas, pues si hubo una fortaleza y credibilidad del género fue a partir de legitimar una identidad propia apelando a una estructura musical versátil, original y honesta y no justamente a reproducir una mimesis elemental del rock anglosajón como receta pre determinada del estatus comercial.
- Conclusiones de este humilde servidor…
Este artículo tuvo la intención de replantear el rol del rock en el universo latinoamericano y revisar aspectos como la viabilidad del género desde factores musicales y culturales, buscando establecer parámetros identitarios, como pueden ser la hibridación, la noción antropológica basada en la natividad, las demandas del contexto social y político y la poesía barrial basada en el lunfardo visceral y la intensidad emocional. Hay un abismo entre los Jaivas y Los Saicos, entre Café Tacuba y Héroes Del Silencio, entre Ilia Kulliaki y Caifanes, sin embargo todos parecen tener un rasgo en común, seguir un patrón, recorrer un hilo conductor respaldado en esas características mencionadas. La construcción de su identidad a partir de su sentido de pertenencia en dicho contexto fue el fin por encima del medio, siendo ésta probablemente su mayor fortaleza. El paradigma del capital auditivo no representó siempre la esencia del rock en Latinoamérica pero sí definió su estructura como género, por ende es menester distinguir aspectos como la plataforma reivindicativa como móvil, la conjugación de ritmos y elementos en clave de adaptación para generar un estilo con aires propios desde la estructura mediática que lo definió y lo impulsó, a través de medios como MTV latina, sellos como Surco Records o festivales como Vive Latino, que establecieron patrones definidos dispuestos como una hegemonía en modo industrial que no siempre se adaptó a las demandas locales y populares pero sin dudas robustecieron el concepto.
Parte de este sesgo que implicó muchas veces una falsa integración y una representatividad parcializada que se denota en roles como el de Santaolalla, quien si bien fue un gran artífice del impulso del género y luego su consolidación como ya se ha destacado anteriormente, su propio documental de Netflix es un fiel ejemplo de la intención premeditada de generar un relato con tintes de oficialidad del rock latino a partir de su presencia o de referencias que intencionalmente que no se salen demasiado de Argentina o México, asumiendo que Brasil tiene su historia aparte de esta lógica regional, aunque negar la influencia de bandas como Titas, Paralamas o Legiao Urbana en ese contexto parece bastante absurdo. Esa especie de mandamiento basado en una verdad parcial donde el ritmo pendular lo marcan patrones como MTV o Universal en cuanto a lo que implica rock latino y lo que no, ya sea por omisión o descarte, generó escozor de parte de algunos artistas o bandas que prefirieron validar sus credenciales fuera de esa lógica, desde un ámbito más local o under a base de autogestión y autonomía artística, sin la intención de poner a éstos en lugar de superioridad moral.
Hace unos meses atrás la llama del rock latino y toda la polémica que rodea al concepto revivió por motivo de una lista publicada por el prestigioso medio Billboard basada en las 50 supuestas mejores bandas en la historia del género. La lista estaba liderada por Soda Stereo -el icono por excelencia de esta película- figurando en los primeros lugares bandas como Héroes Del Silencio, Café Tacuba y Los Fabulosos Cadlillacs. Al igual que el documental “Rompan todo”, el listado reanimó la polémica en cuanto a que el término de rock latino termina quedando una vez más relegado a un ecosistema viciado por la lógica de un mainstream que define el concepto en clave de imperativa regional o capitalismo auditivo, desconociendo bandas fundamentales como Sumo o los Redondos, entendiendo que no entran en los cánones basados en esa cohesión de latinidad que el paradigma de la industria definió a través de Surco, Sony Music o MTV.
De todos modos lo que a mi entender debe destacarse como hecho positivo de estos debates es el hecho de que se ubica al tema en la esfera pública, es decir, obliga aunque sea desde la disconformidad a revisar, a repensar, a visibilizar, épocas, contextos, movimientos, vanguardias y bandas que conformaron esta trama, en vistas de logar una notoriedad en las generaciones más jóvenes mostrando lo que el rock implicó en Latinoamérica alguna vez, aclarando que esta integración identitaria a nivel musical no nació con Daddy Yankee, sino que por el contrario, hubo una ebullición que conjugó unidad regional y rock a partir de una industria viable y rentable que movió masas y estableció los parámetros de la hegemonía musical en su virtud.
En conclusión, podemos afirmar que el rock latino encuentra su fortaleza fundamental en su capacidad de adaptación e hibridación logrando un nivel de credibilidad e identidad apartado del rock anglosajón. El mismo tuvo su propia evolución y su auge no respondió siempre a demandas del mercado externo, hecho que favoreció su desarrollo. Por el contrario, en los ’90 cuando el rock anglosajón deambulaba entre el grunge y el sonido alternativo, y luego referenciado por la movida manchesteriana, el rock latino también tuvo su auge mediático y no reprodujo esos principios, demostrando cierta independencia artística por lo que se entiende que, si se generó una sustancia y un rasgo de credibilidad y solidez, sin dudas fue en el transcurso de su propia historia, no sólo logrando un producto rentable a nivel regional sino, en algunos casos, de exportación aunque no fue ésta la regla.
En 1910 el escritor uruguayo José Enrique Rodó escribió “Magna Patria”, un ensayo literario que exponía la idea de que el concepto “Latinoamérica” era insuficiente para describir la diversidad cultural, social y antropológica que representa a este complejo universo que conlleva un sinfín de cualidades y realidades que no se pueden concentrar en una única idea. Sin embargo, hay patrones en común dentro de esa diversidad basados en la unidad en la cual el rock como expresión artística encontró asidero.
Parafraseando un poco la historia el sueño de Bolívar o San Martín de una América Latina a lo largo y a lo ancho, desde el Río Bravo a Tierra del Fuego, no se materializó y las diferencias existentes entre realidades y formas de sentir desde alma de los diferentes colectivos que conforman ese crisol tan rico y diverso, confirman que ése era el camino más sensato, el de la división geográfica, idiomática y cultural, pero sin embargo existe una noción de unidad e identificación de los rasgos culturales donde tal vez, en algún sentido, el rock fue un vehículo genuino y valedero de esa integración, aunque con sus lógicas fisuras.
Existe una conexión más allá de los matices que dificultan aseverar la viabilidad del término, determinada por una secuencia de patrones más o menos sólidos que nos permite, aunque con reparos, hablar de un rock latino, con puntos álgidos de integración y representatividad desde esa icónica presentación de Santana mencionada al inicio del artículo, pasando por la resistencia cultural en clave de rock en los turbulentos y oscuros ’70, el desencanto de los ’80, donde no todo era fiesta, donde la denuncia a través de bandas como Prisioneros se convertía en la voz de un pueblo disconforme, o el post punk que adoptaron en España, en esa Madrid confundida entre el destape y la melancolía de las heridas aún recientes. La incorporación de un sonido más caribeño con bandas como los Cadillacs fusionando a su vez, ska y otras alternativas variadas, o Café Tacuba llevando a otro nivel el género con un disco que lo revolucionó todo en 1994, como es el caso de Re, donde toda esa amalgama de sonidos y vertientes se conjugaban entre el rock y las raíces autóctonas marcando definitivamente el camino que luego continuaría Mano Negra manteniendo la vara elevada de la fusión experimental. Si hubo un punto de auge y honestidad musical fue sin dudas en esos momentos donde el rock latino encontró un lugar autorreferencial, siendo esa, tal vez, su herramienta más preciada.
Gonzalo Guido

