Iron Maiden – Seventh Son of a Seventh Son (1988)

Para 1975, un jovenzuelo de nombre Steve Harris se encontraba deambulando por las calles de Londres tratando de descifrar qué hacer con su vida y en qué poner el resto de su energía vital hacia el futuro. Su conciencia se debatía entre dedicarse a intentar ser jugador profesional de soccer en el cuadro de sus amores, el West Ham United, o dedicarse a su otra pasión que era la música.

Con el diario del lunes ya tenemos la respuesta a su disyuntiva de aquellos años, ante la cual nos sentimos plenamente satisfechos, y creemos que él también, dado la enorme cosecha de éxitos que ha conseguido con su opción artística. Claro, un fanático del football podría decir que el West Ham no piensa lo mismo dado que nunca ganó la Premier Ligue inglesa, pero convengamos que difícilmente estemos frente al salvador del West Ham al mejor estilo como fue Maradona para Argentina, Pelé para Brasil o el “Pelusa” Magallanes para Uruguay. Por lo tanto, y a la luz de los hechos acontecidos en los años subsiguientes, hizo bien en optar por la música.

En tal sentido, su prolífera carrera devino ya entrada la década de los ’80 con una serie de discos que pueden resumirse en una trilogía fantástica, tanto para aquel mundo del heavy metal, como para hoy en día, ya que sus sonidos continúan retumbando por nuestros tímpanos sin el más mínimo atisbo de oxidación.

La trilogía a la que estamos haciendo referencia es aquella que incluye a los discos The Number of the Beast del año 1982, el Powerslave de 1984, más finalmente el de la reseña de esta oportunidad, que por estos días cumple 32 años de editado, el Seventh Son of a Seventh Son del año 1988.

Este es uno de esos llamados “discos conceptuales” ya que sus temas son todos como una especie de capítulos de una historia o con un hilo conductor que atraviesa todo el disco. Para el caso de este álbum, la temática del mismo refiere a la antigua leyenda medieval acerca que el séptimo hijo de un séptimo hijo nacería con poderes mágicos, místicos, ocultos o sobrenaturales, siendo una historia basada en la novela de Orson Scott Card, “Seventh son”, que relata justamente esta historia.

Maiden se imponía en la escena rockera imponiendo un estilo que no es innovador musicalmente, dado que el heavy ya tenía unos quince años de vida, pero sí le daba una impronta y una versión única, abriendo así una brecha dentro de la escena del metal, la cual se encontraba dominada en aquellos años por el estilo glam con bandas como Mötley Crüe, Kiss, Def Leppard, Poison, WASP, Van Halen, etc., etc…

Maiden nos ofrece en este disco un heavy revolucionario y redefinido, donde luego de 10 años innovando en el panorama musical se la juegan con la incorporación de teclados y sintetizadores, lo cual ya de por sí para el heavy metal era un cambio rotundo. Algo ya nos había adelantado en su disco antecesor, pero en éste pusieron todas las pilas en que los mismos resaltaran y fueran instrumentos predominantes para lograr unas ambientaciones realmente fantásticas para cada uno de los temas.

Musicalmente el disco es innovador y muy completo. Esto creo que lo consiguieron dada la madurez del quinteto original y más famoso de la banda que hasta ese momento estaba en pie, dado que luego de la edición del presente disco, Adrian Smith decidió dejar el grupo siendo sustituido fue Janick Gers, quien nunca alcanzó la preponderancia de Smith. Las guitarras están a un gran nivel con muy buena técnica, demostrando con los sucesivos riffs que Smith y Murray forman una combinación explosiva e infernal. Por su parte, Steve Harris está en muy alto nivel creando arreglos deslumbrantes y melodías envolventes. Nicko McBrain brinda la fuerza necesaria a las canciones a pura potencia sanguínea de brazos sin caer en la moda de por esos años, como ser el uso d-beat o doble bombo. Y finalmente Bruce Dickinson es un monstruo de cuerdas vocales infernales y es aquí cuando alcanza su mejor nivel coral modulando una voz entre tonalidades que deslumbran.

El disco contiene 8 canciones de la cuales resulta muy difícil resaltar una de otras. La primera de ellas es “Moonchild”, la cual comienza con Dickinson recitando unas frases que describe la visita que tienen los padres del séptimo hijo avisándoles que aquello que estaba por suceder, sin posibilidad de esquivarlo debido a que lo que se encontraba escrito, no era posible obviarlo.

El segundo tema es “Infinite dreams”, el que empieza con un dueto de guitarras en un compás a medio tempo que de a poco va in crescendo conjuntamente con Dickinson, que comienza allá abajo con sus líneas y para cuando llegamos al primer minuto de canción, aumenta el volumen de su voz para cantar el fantástico estribillo. La lírica del tema trata sobre los sueños y pesadillas que sufre el padre, siéndole los mismos incomprensibles.

En tercer lugar llega una canción muy discutida por los fans y la crítica, “Can I play with madness?”. Lo vieron como un tema muy de índole comercial, muy pensado para la promoción del disco y su difusión en las radios. Lo acusaron de cuasi un tema rock pop en una forma totalmente injusta, por ser una canción con estructura sencilla, que no llega a los 4 minutos de extensión y donde irónicamente no tiene sonidos de teclados o sintetizadores, siendo la novedad para este disco. La letra es acerca de la visita que hace el padre del séptimo hijo del séptimo hijo a un vidente para que lo ayude a descifrar sus sueños, y la respuesta que obtiene parece que no le es de su agrado.

“The evil that men do”, aunque al lector le importe poco, para mí es la mejor canción, la más redondita y por lo tanto la que más me gusta del disco. Tiene un riff magistral siendo un tema duro, directo y con un estribillo muy pegadizo. La letra habla del punto definitivo, ya que el niño ya ha sido concebido, por lo tanto, el mal está hecho.

Ahora sí la próxima canción es la que da nombre al disco, “Seveth son of a seventh son”. Una canción larga de casi diez minutos donde el escucha es conducido directamente hacia el inframundo. Comienza la canción con otra gran introducción de guitarra de Murray presentándonos el riff primordial de la canción, conjuntamente con unos coros que de celestiales tienen poco. El tema tiene una parte central, lenta, donde el ritmo descansa gracias a que Nicko McBrain da un ritmo suave, con los platillos, mientras Bruce canta conjuntamente con los coros que vuelven a aparecer. Luego el tema retoma su velocidad con las guitarras que están a la espera de su momento para nuevamente estallar y retornar a la sección heavy de la canción. La letra del tema describe el nacimiento del niño y cómo las fuerzas del bien y del mal tratan de apoderarse de su ser.

Continúa el disco con “The prophecy”, la cual tiene un comienzo con una pequeña introducción tranquila en la que, por supuesto, brillan las guitarras al ofrecernos un gran riff que abre el tema. Trata acerca de que el niño se va dando cuenta de sus poderes, los cuales no puede controlar y trata de advertir a los que le rodean, pero nadie le cree y el pueblo acaba destruido.

La siguiente es “The clairvoyant”, que es una canción donde toma un poco de protagonismo Steve Harris y de nuevo con unas guitarras brutales con un solo genial. La letra explica que el niño ahora es consciente de la fuerza de sus poderes, y aunque logra dominarlos, de todas formas eso le provocará la muerte.

El disco acaba con “Only the good die young”, lo cual ya desde su nombre nos adelanta que el tema viene a ser una especie de resumen o moraleja final sobre la historia del disco. Otro tema con un gran estribillo de sonido muy potente y con unos cuantos solos de guitarra fabulosos, todos los cuales dan un broche de oro a este magnífico disco.

Es para mí su mayor momento de inspiración, de todos sus miembros. La batería y el bajo más o menos se mantienen como en los discos anteriores, sin grandes novedades, cumpliendo en su papel. Pero los que hacen este disco diferente son las guitarras y Dickinson. Los primeros consiguen riffs muy adictivos, melódicos y bien entrelazados, con unos solos bien inspirados y que acompañan el momento de cada canción. Por su parte Bruce hace una gran labor con las voces, mucho mejor que en el anterior disco donde la voz aguda que sacaba de manera repetitiva me acababa por poner de los nervios.

El disco muestra una madurez de los integrantes estando a su vez en el auge de sus carreras y momentos de mayor inspiración. MacBrian y Harris están en el nivel de siempre, o sea, una calidad alta, por lo que creo que la experiencia y el paso del tiempo fue en ganancia del resto de los integrantes de la banda, donde básicamente las guitarras evolucionaron en forma magistral, quienes nos brindan unos riffs muy pegadizos, pesados, y a su vez, melódicos y bien entrelazados, con unos solos bien logados. Y a su vez, Dickinson loga una gran labor con las voces, dominando mucho más su voz y consiguiendo cantar en tonalidades altas tanto en tempos veloces y furiosos así como en momentos más melódicos. No por poco está dentro de las mejores 10 voces del metal de todos los tiempos.

En mi valorada opinión “dos pesos” es el mejor disco de la banda, casualmente también el que más me gusta, y creo que es uno de los pocos que puede escucharse de una, sin pausa y sin prisa, desde el minuto cero hasta su final de casi 45 minutos de su corta duración, lo cual redundará en sensaciones inimaginables para sus valientes escuchas.

Debo sentirme agradecido a la vida dado que durante muchos años escuché y tuve este álbum en una preciosa edición en disco de pasta, lo cual hacía que poder escucharlo fuese todo un ritual que comenzaba con destapar la vieja “victrola” de mis abuelos de principio de siglo XX para desempolvar las púas, colocarlas y arremeter con esos sonidos magistrales que jamás un aparato RCA pensó alguna vez emitir.

Por supuesto que tal calidad de labor en los estudios redundaría en las posiciones en los charts de Europa y Norteamérica, por lo que en el año de su lanzamiento, el disco obtuvo el primer puesto en el chart oficial de UK, y el mejor puesto hasta ese momento en la lista Billboard de los EEUU con su lugar número 12.

Con tales avales, la banda lograría emprender una gira de las más exitosas de su carrera. Así por ejemplo, fueron cabeza de cartel en el festival más famoso del Reino Unido, el “Monsters of Rock” de ese año 1988, siendo acompañados en la grilla por Kiss, Guns N’ Roses, Megadeth, David Lee Roth y Helloween.

Años después y luego del lanzamiento de su disco Fear of the Dark del año 1992, comenzarían su trajín por Sudamérica, lo cual aparejó una serie de hechos anecdóticos. En principio, y como sucede en todos los casos con bandas internacionales, el grupo no tenía en sus planes tocar en Uruguay, y tal es así que finalmente lo hicieron pero de pura casualidad. Y ¿por qué? Porque dado que la fecha de Chile fue suspendida, tocaron en Uruguay. Lo que pasó fue que en el país trasandino aparecieron denuncias de “actos de satanismo” (por escuchar esa música) y en diversas ciudades del país tuvieron mucho peso varios actores, entre ellos la Iglesia Católica y la Iglesia Evangélica pidiendo la cancelación del show. Así fue que con la presión del Cardenal católico, Jorge Medina, hacia el Presidente de la República del momento, Patricio Aylwin, quien era del Partido Demócrata Cristiano, lograron armar una historia de terror y emitieron un comunicado acusando al grupo inglés de “atacar la cristiandad”. En parte y desde el punto de vista de los uruguayos, tuvimos la suerte que se cancelara ya que sólo de esta forma es que pudimos ver este show. Y por lo que contaremos más adelante, jamás regresaron.

Entonces la fecha que no pudo realizarse en Chile fue reemplazada por Uruguay fijándose como lugar para el evento nada más ni nada menos que la vieja estación de trenes abandonada, la Estación General Artigas.

El show fue fantástico y nos dejó atónitos a quienes pudimos asistir. De todas formas y debido a la “idioticracia” de unos pocos energúmenos que siempre rondan los eventos masivos de este país y terminan echando a las familias de los conciertos de metal, en esta oportunidad, hicieron que el show se detuviese en un par de ocasiones. En una de ellas, la banda casi resuelve no volver al escenario a tocar porque constantemente parece que unos “punks” de las primeras filas, según dice la prensa del momento, tiraban pedregullo hacia el escenario, cuando en una de las oportunidades parece que Harris llegó a tragarse parte de las “municiones” arrojadas. Convengamos que a lo que se tragó y comió en su vida Steve Harris, unas piedritas no le hacen mella. Y menos creo que dé como para hacer un escándalo, detener el show y salir declarando días después que: “A Uruguay no volveremos nunca más a tocar”. Lamentablemente son metaleros con palabra, porque a casi 30 años de ese evento, mantienen a rajatabla su promesa, y eso que por la zona han pasado varias veces desde entonces. Y bueno, como siempre, los vivos somos nosotros…

A pesar de los malos momentos sobre el escenario, la banda supo sacar jugo a su visita al país y al quedar fascinados con la exquisita arquitectura del lugar en donde tocaron, la cual remite al viejo estilo inglés del siglo XIX para la construcción de estas estaciones, el grupo armó una sesión fotográfica la cual aún se mantiene casi su totalidad en secreto, dado que pocas fotos han trascendido. Además de éstas, se conoce otra que figura en el librillo que acompaña al disco doble en directo: A Real Live/Dead One.​

Tomás Cámara

PROMO IRON MAIDEN en URUGUAY – 1992