Sólo Nietzsche

Friedrich Nietzsche (1844-1900) vivía la desesperación (ausencia apasionada de toda espera) como nadie. El calmo construye soluciones y aprisiona, el desesperado destruye problemas y libera. La mayoría de los filósofos siempre saben a donde se dirigen. En su camino nunca tropiezan con piedras que los desorienten, que los obliguen a negar la oficialidad de lo ya pensado. Porque en realidad, no piensan, se protegen. No destruyen lo anterior, lo justifican. Definen el mundo sólo por lo que encuentran, y ese es el mayor error. El óvulo fértil de la virgen perdida existe y espera ansiosamente ser fecundado.

Lamentablemente, la brújula siempre señala los atajos. La distancia más corta entre dos puntos es la recta (pensaba Muhammad Ali mientras propinaba directos al mentón de su rival de turno). Sin dudas, es la distancia más corta (por lo tanto, la más previsible) pero no la más enriquecedora. En ese trayecto celosamente pautado será imposible cruzar la frontera rumbo al territorio desconocido.

Cuando alguien elabora una frase que estructura lo que tú habías imaginado, ese tipo es tu “pariente”. Por eso Nietzsche es el bisabuelo de muchos. La historia nos demuestra que fue uno de los pocos que evitó generar una armonía complaciente entre sus decires.

“SI TU MORAL NO TE SIRVE PARA VIVIR, MATA TU MORAL”. Con esa frase combatió el sin sentido. Identificó la celda del encierro (construida por el calmo) y encima te dio la llave del escape. Esa frase es una patada en los huevos de la culpa.

Pero Nietzsche no hizo escuela. Para la mayoría de sus contemporáneos no era un buen escritor, tampoco lo consideraban filósofo. Incluso hoy en día se lo sigue cuestionando. (“Desconfía de muchas bocas cantando la misma canción”). Por esto y por mucho más, fue un hermoso pedazo de mierda que enchastró los modales y olfateó el futuro…

Desafinó cuando era imprescindible hacerlo.

Hugo Gutiérrez