Artificio

El día en que se presentaron los Rolling Stones en el Estadio Centenario, una conductora de Canal 10 entrevistó al compositor de NTVG. En una de sus preguntas, la periodista se congratulaba por la existencia de “vasos comunicantes entre el rock y los eventos deportivos que se llevan a cabo en grandes escenarios… “.

La celebración que un recital de rock supone, hace tiempo que viene degenerando en otra configuración que nada tiene que ver con ella. Costumbres prestadas de otros ámbitos se fueron incorporando paulatinamente al público de rock y se transformaron en parte fundamental de los códigos de una audiencia que los reclamó como propios. El rock era un grito disidente, era un canal de comunicación que no reconocía barreras fronterizas, ni religiones, ni lingüísticas. Era una cultura con una iluminación mayor que la de cualquier fuego de artificio. La escala de valores del rock terminó contaminada con las peores cosas de la sociedad, esas mismas que se encargaron de cuestionar (Los Violadores), rechazar (Sumo), combatir (Los Traidores), satirizar (Los Tontos) y denunciar (Los Estómagos) en increíbles textos que supieron marcar a generaciones enteras en ambos márgenes del Plata.

Son varios los agentes que conforman ese cuerpo llamado rock, y entre ellos están los medios de comunicación y la industria, que ayudan a inducir o formar opinión. Pero el rock siempre fue un canal directo entre el artista y su público: en todo tiempo hubo comunicación personal que va más allá de la cadena de transmisión. El artista rock siempre quiso ser sincero, de manera que no puede acomodar su decir en torno a lo que la gente quiera escuchar, porque eso sería demagogia pura, una alta traición a los postulados de honestidad intelectual que el rock siempre defendió. Pero en el Río de la Plata de las últimas décadas, aparecieron, más por facilismo que por habilidad comercial, varios intérpretes rockeros que sintonizaron una necesidad del público y adecuaron su arte para consumo masivo. Ya no hay diferencia de funcionamiento entre un “bachatero dominicano” que hace canciones para que las niñas sueñen con el príncipe azul, y una “banda diabólica” que escribe palabras claves de fisure para que la hinchada salte. Esto nos lleva en ruta directa a República Cromañón.

El rock siempre fue sinónimo de lucidez y virulencia, hoy debería estar a la altura de sus credenciales históricas. Siempre fue visto como una expresión socialmente peligrosa por lo que proponía; ahora es una caricatura de aquella vibración que hacía que miles de jóvenes se ilusionaran con la idea de cambios.

Hugo Gutiérrez