Greta Van Fleet en Teatro Gran Rex

A las poco más de 3.000 personas que colmaron el Gran Rex de Buenos Aires el pasado 1° de abril, poco parecía importarles si Greta Van Fleet sonaba demasiado a Led Zeppelin. El gozo fue a rabiar. Pero…¿estamos siendo engañados otra vez?

La máquina de picar y procesar que el sistema capitalista pone en marcha cuando visualiza réditos, no discrimina los productos por su calidad. Eso poco importa cuando se trata de beneficios económicos. Afortunadamente el discernimiento sobre la calidad queda del lado del público, o por lo menos eso creemos. La música, y el rock en este caso, no están exentos de la problemática, y por suerte y para enriquecimiento de todos, las opiniones sobre calidad se tiñen con los colores de los gustos y las preferencias.

Greta Van Fleet llega con mucho bombo, lo cual da mucho que desconfiar. Su quizás exacerbado parecido con El Dirigible pareciera que podría terminar perjudicándolos. En un mundo donde el rock (por suerte) está perdiendo su calidad de masivo, la apuesta retrógrada de Greta genera desconcierto inicial. Pero seguramente luego de escuchar lo que los chicos tienen para decir, ¿importa mucho si suenan como…? ¿Dónde están los músicos (de rock y más allá) que se puedan tildar de originales? Y si la mano viene de refritos, que por lo menos elijan bien al original, que suenen medianamente honestos, y que lo hagan bien. Y Greta cumple con las tres condiciones.

La noche del 1° de abril, los tres hermanos Kiszka y el batero Wagner dejaban bien en claro qué buscan, lo que hacen y cómo lo logran. Un show enérgico, dinámico, completo, profesional, con muy buena música y excelentemente ejecutada. Son todos elementos de un concierto de rock para este tipo de banda. Si lo que se busca es algo más auténtico, habrá que cambiar de circuito, fuera de los grandes recitales y teatros, en el under.

En lo estrictamente personal referido al concierto del lunes, esperaba una mejor calidad de sonido. Desde el pullman al centro, el bajo no sonó definido, la voz sólo destacó en las vocalizaciones altas y prolongadas, y la batería sonó muy pobre, casi sin bombo y sin la contundencia necesaria para el estilo. Otro elemento en contra fueron las luces, que si bien acompañaron al show, se exageró notoriamente su uso sobre el público, no permitiendo ver a los artistas sobre el escenario durante buena parte del concierto. Temas enteros con el escenario en penumbras y luces (muchas) sobre la gente: podrían haber puesto un disco y hubiera sido lo mismo, o quizás hubiera sonado mejor. Esto opacó mucho el lucimiento de los músicos, sobre todo el del guitarrista, cuyos solos varias veces eran a oscuras.

Fuera de estos “detalles”, dio mucho gusto ver la entrega y la potencia de cuatro jóvenes rindiendo tributo al hard rock original. No faltó la vestimenta acorde, ni la pandereta, ni el solo con la guitarra en la nuca: perfectos instrumentistas para lo buscado. La voz muy similar a Plant, con toques de Daltrey, pero con un registro y caudal envidiables. Un guitarrista enérgico, copado con su instrumento y la ejecución, siendo el motor principal de la propuesta. Un eternamente descalzo bajista/tecladista con muy buenas dotes, en perfecta sincronía con su hermano. Un batero que sabe perfectamente lo que tiene que hacer, y así lo cumple. Quizás lo más destacable en lo global sea el aporte creativo al género, con sus composiciones destacadas. Porque la recreación no se queda en la mera emulación de un original excelente e inigualable, sino que apuesta a estar en ese camino pero con ideas propias.

¿Que es mejor escuchar a Zeppelin? Por supuesto, pero ellos no pueden volver a tocar en vivo, aunque el hijo de Bonzo haga sus mejores esfuerzos. El Dirigible naufragó el 25 de setiembre de 1980, cuando su irremplazable batero se ahogó en su propio vómito. Zeppelin se fue junto con esa época única. Greta Van Fleet no es lo mismo, nunca lo será. Pero para poder apreciarlos, se debe cambiar la óptica. A pesar de todo, vale la pena.

Ariel Scarpa

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