«Abre la puerta que soy el diablo que vengo con perras; abre chiquilla, las piernas que vengo a clavarte semillas.
Como cada día en el infierno me aburría me fui de bar en bar;
vi a la virgen María, cansada de ser virgen, metida en un portal.
Si llega la policía no es pecado, vida mía, ponerse a disparar,
guardé la artillería, es que me estoy haciendo viejo
Y ya empiezo a razonar…»

Entre lo inocuo y la redundancia, el ruido y la furia, o el cansancio y el desgaste. Podría definirse así el panorama musical vigente en muchos aspectos. Por eso, frente a esa especie de bosque de concreta monotonía, encontrar una bocanada de aire fresco debe ser recibido con algarabía. Existen, están ahí, ocultos o perdidos entre toneladas de sonidos y cacofonías, artistas y propuestas que merecen ser escuchadas. Por fin, después de varias búsquedas, un excelente disco de 2023 llegó a mis manos.

Ese día Villa Dolores amaneció bajo una copiosa lluvia. Desde la ventana de un tercer piso apenas podía distinguir el Club Valle Miñor, a pesar de vivir enfrente. Era invierno de 1987, me aprontaba para entrar al IAVA mientras escuchaba, en una rústica bandeja Philips, las escasas ediciones de rock uruguayo publicadas hasta ese entonces. Vinilos que costeaba ahorrando el dinero del boleto. 34 interminables cuadras separaban Julio César de Eduardo Acevedo.

Pisando el asfalto, partido, gris, tenido con la tenue luz amarilla de las farolas que se cuela entre las tupidas copas verdes de los fresnos callejeros. Coomo siempre, me colgué en esos detalles y al intentar beber de la botella, me manché con tinto la camiseta de David Bowie.

Repasábamos con el “Gallego” (Wilson Mondelo) las notas sobre Rock UY que hicimos en 2024 en “Rocker City Radio” (Sábados de 21 a 23 horas en Del Molino FM – 89.3): Hueso Hernández, Gustavo Parodi (ese día lo conectamos al aire con Leonardo Baroncini desde USA), Martiniano Olivera (una charla de dos horas, hablando no sólo de música) y con Aldo Silva (a quien agradezco me haya compartido la grabación de la última nota a Estómagos, días antes del “ultimo adiós”) y con las clásicas muzzas mediante le digo: “Falta una”… ¿Cuál?, fue su pregunta inmediata… “Alfonso Carbone”, le tiré… y con su aprobación para hacerlo, puse manos a la obra.

La cerveza enfriaba mis tripas calientes, sentado en el pasto recién cortado de la plaza frente a la Terminal Tres Cruces.
El viento llevó el humo de mi cigarro a la cara de dos chicas cubanas que miraban el atardecer; molestas, se levantaron y partieron diciéndome algún insulto que no pude descifrar.
La caída del sol naranja trajo a mi cabeza varias imágenes, recuerdos…