he visto a las peores mentes
de mi generación escarbar entre
sus ruinas
abrir la tierra una y otra vez
para ocultar los cuerpos
olientes y traicionarse a sí
misma
La música que importa

he visto a las peores mentes
de mi generación escarbar entre
sus ruinas
abrir la tierra una y otra vez
para ocultar los cuerpos
olientes y traicionarse a sí
misma

“Son cuatro sombras en la humedad
Nunca hubo besos ni lindos juegos
Son cuatro brujas con cara de niña
De pronto el fuego cambiará sus caritas”

Un viernes como tantos otros, me encontraba escuchando Meridiano Juvenil, por CX 26 SODRE. Hacía menos de dos años que había descubierto por accidente (estaba en cama con gripe), este programa que pasaba esta música tan diferente que había dado un sentido a mi vida. No dejaba de ser una invitación a la soledad, pues ninguno de mis compañeros de Liceo (35 varones y 4 mujeres) tenían ni la más mínima idea acerca de esta música. Ellos sabían de Bee Gees y Saturday Night Fever.

Con la salida en marzo de este año del nuevo disco de Steven Wilson, The Overwiew, metiéndome en la temática que presenta la obra, me encuentro con un concepto que no conocía: El efecto perspectiva.

Llueve,
vomita, escupe el cielo indómito
su furia en forma de agua.
Llueve.
Y patinan sobre el tejado, en carrera mortal,
gotas, precipitándose hacia el pavimento.
Majestuosas, gordas, suicidas.
Revientan, se transforman en flores por un segundo.

En los últimos días, a cuarenta años de la “no edición” del simple perdido de Los Estómagos, ha circulado información falsa sobre el mismo, que incluso hizo dudar a los mismísimos autores de la obra. Con este artículo pretendo, humildemente, despejar las interrogantes planteadas al respecto.

¿Pueden un encuentro y un gesto aparentemente pequeño, tener un impacto cultural y a la vez duradero? Así es, y lo protagonizaron John Lennon y Juan Carrión, un profesor español de inglés.

Gracias a la invitación que hace el Colectivo La Cuna, heredero de aquel colectivo Extremo, soy invitado a participar del Pando Patrimonio Rock en calidad de jurado, junto a Mónica Navarro (ex cantante de La Tabaré) y Marcelo Lasso, ex baterista de Estómagos y Buitres.

Fue en 1983, en un bar ubicado en 26 de marzo y Gabriel Pereira, donde Renzo Teflón conoció a Leonardo Baroncini, el baterista de aquel momento que tocaba con todo el mundo; era como si no hubiera otro y efectivamente no había otro que tocara como él. Tenía el punch y la precisión de Copeland. En ese entonces estaba grabando el primer álbum compartido de Alberto Wolf y El Cuarteto De Nos, entre otras cosas. También era un gran letrista; ahí mismo en el bar abrió su carpeta y le mostró a Renzo sus letras prolijamente mecanografiadas, entre las cuales se encontraba el texto de lo que, a la postre, sería el mayor éxito del rock uruguayo: “Himno de los conductores imprudentes”. He aquí la enigmática historia de cómo se llega a su accidentada grabación.