El embrión de Toque De Queda da sus inicios en 1984, cuando dos compañeros del Liceo IBO (Instituto Batlle y Ordóñez), Daniel Durante y Álvaro Braga, afianzan sus vínculos por el amor que ambos tenían por la música. Álvaro iba a clases de música y tocaba teclados, mientras que Daniel ejecutaba la guitarra y cantaba. Había sido seminarista y estuvo vinculado a las actividades de su parroquia, ejecutando música religiosa. En el liceo conocen a Aníbal Perfumo, que se encargaría de la guitarra y composición, que los contacta con un batero (Leonardo Rodríguez), y comienzan a ensayar en la zona del Prado.

El 28 de diciembre de 1987 Juan Faccini (actualmente en El Conde), Héctor Nebuloni, Fernando “Bonzo” Gómez (también actualmente en El Conde) y yo, dimos forma a la primera encarnación de La Incandescente Blues Band. Los tres primeros temas que compusimos como grupo y que ensayamos fueron los que formaron parte del demo que nos ocupa hoy; me atrevería a decir que incluso cronológicamente. El repertorio se completaba con el “Blues para nosotros” de Rescate, “Honky tonk women” cantada por Juan, y “Johnny B. Goode” cantado por mí. Seguro que se me olvida alguna canción más, pero comenzamos con sólo eso.

Hoy quiero hacerles partícipes involuntarios, como lo fui yo también, de una historia de amor trunca (o eso creo): la historia de Ruben y su interés romántico, a quien llamaremos la Señorita X. Todo comenzó sin saberlo, una noche cualquiera en casa, meses atrás. Quizás fue un sábado, aunque no puedo precisarlo con certeza. Tras la cena con mi esposa, no sé a santo de qué, comenzamos a hablar sobre viejas canciones de nuestra adolescencia y a buscar en YouTube sus videos correspondientes. Fueron pasando temas y más temas, mientras íbamos activando nuestros recuerdos y comentando sobre cada uno de ellos. Y así llegamos a Bravo…

Los ojos de María del Mar eran de un verde oscuro, malva, casi como el de las hojas de marihuana cuando están demasiado secas. Pero lo más bonito era su mirada, cuando al preguntarle algo te clavaba en tus pupilas esos ojos, mientras hacía una pausa, para luego responderte. La conocí una tarde de sábado en el Bar Jj en Villena, España. Lugar donde tras un amor, fui a vivir uno de los capítulos más interesantes de mi vida; casi tres años que incluyeron casamiento, divorcio, trabajo, amores, tristezas y alegrías.

En tiempos de indefinición, de incertidumbre semántica, de exploración y cierto desfondamiento intelectual, el rock se ve inmerso en dicha confusión y sufre al menos una crisis identitaria, naufragando en la tempestad de los acontecimientos vertiginosos, en el mar de las dudas camufladas a veces de certezas, escudadas en la diversidad tolerante y complaciente que puede resultar más excluyente y fragmentaria que lo que se promueve en lo discursivo, donde sólo parece haber un lugar para la oda de la diversión, lo ecléctico se devora a lo disruptivo y la inmediatez desterritorializa la dimensión entre cultura y entretenimiento.

En 1964, Bob Dylan ofreció algunas reflexiones sobre la composición de sus canciones, en una entrevista a The New Yorker, mientras continuaban las sesiones de grabación de su cuarto álbum de estudio, Another Side Of Bob Dylan. «Las canciones son muy limitantes», dijo, en aquel entonces, el joven de 23 años. «Woody Guthrie me comentó una vez que las canciones no tienen que rimar, que no tienen que hacer nada de eso. Pero no es cierto. Una letra tiene que tener alguna forma de encastrarse en la música. Podés doblar las palabras y la métrica, pero aún así tiene que encajar de alguna manera».

La esquina de mi casa brillaba bajo el aguacero, la veía a media cuadra, sentado en las escalinatas de piedra, de la vieja casa de mis abuelos. Por un rato me mantuve distraído viendo cómo el peso de las gotas vencía a las flores de hibisco, rojas y más vivas que nunca, mientras ellas seguían allí, fuertes, a pesar del embate cruel del agua.