Un viernes como tantos otros, me encontraba escuchando Meridiano Juvenil, por CX 26 SODRE. Hacía menos de dos años que había descubierto por accidente (estaba en cama con gripe), este programa que pasaba esta música tan diferente que había dado un sentido a mi vida. No dejaba de ser una invitación a la soledad, pues ninguno de mis compañeros de Liceo (35 varones y 4 mujeres) tenían ni la más mínima idea acerca de esta música. Ellos sabían de Bee Gees y Saturday Night Fever.

En los últimos días, a cuarenta años de la “no edición” del simple perdido de Los Estómagos, ha circulado información falsa sobre el mismo, que incluso hizo dudar a los mismísimos autores de la obra. Con este artículo pretendo, humildemente, despejar las interrogantes planteadas al respecto.

Gracias a la invitación que hace el Colectivo La Cuna, heredero de aquel colectivo Extremo, soy invitado a participar del Pando Patrimonio Rock en calidad de jurado, junto a Mónica Navarro (ex cantante de La Tabaré) y Marcelo Lasso, ex baterista de Estómagos y Buitres.

Fue en 1983, en un bar ubicado en 26 de marzo y Gabriel Pereira, donde Renzo Teflón conoció a Leonardo Baroncini, el baterista de aquel momento que tocaba con todo el mundo; era como si no hubiera otro y efectivamente no había otro que tocara como él. Tenía el punch y la precisión de Copeland. En ese entonces estaba grabando el primer álbum compartido de Alberto Wolf y El Cuarteto De Nos, entre otras cosas. También era un gran letrista; ahí mismo en el bar abrió su carpeta y le mostró a Renzo sus letras prolijamente mecanografiadas, entre las cuales se encontraba el texto de lo que, a la postre, sería el mayor éxito del rock uruguayo: “Himno de los conductores imprudentes”. He aquí la enigmática historia de cómo se llega a su accidentada grabación.

Aclaración sobre “La Celebración Del Cadáver”, por Guillermo Baltar Prendez.

Dicho texto es el resultado de mis observaciones sobre el estado del rock nacional, entre fines del pasado siglo y los primeros años de éste, siendo en su momento publicado por la Revista Digital 45.rpm.com. Por entonces, solía ir y venir con cierta frecuencia desde Madrid, lo cual me permitía tomar notas y conciencia, sobre los cambios sociales y culturales que estaban sucediendo en el país. Entre ellos los que se producían en torno al rock nacional, como parte de nuestra identidad y sus consideraciones a través de los medios de comunicación. El texto surgió como un proyecto de libro, que incluiría además diferentes reflexiones de artistas, extraídas de mis entrevistas hechas años anteriores, tanto para “La Semana” de El Día, como para el Semanario Jaque, y otras de cuño más reciente, realizadas en una breve estadía para la Revista Posdata.

En el apartamento de “Taquito” no existía espacio en las paredes libre de frases y dibujos pintados de todas maneras, salvo atrás del armario y del ropero. Era un apartamento con living comedor, cocina, cuarto, baño y un pequeño balcón interior. Las frases rozaban la locura y parecía la casa de Charly García en los ’90. En la casa nunca faltaba el salamín y el queso para una picada. Y el escabio podía ser un vino, una caña, un Espinillar o alguna petaca de whisky barato.

Hoy es una práctica habitual y es parte del folclore en las tribunas del futbol, encontrar banderas de todo tipo en las hinchadas de los equipos de cualquier divisional en todo el mundo. Banderas que remiten a ciudades, barrios y a agrupaciones, banderas que referencian a tal o cual ídolo del club, banderas políticas y así también, banderas que referencian a bandas de rock.