A finales de los setenta y primeros ochenta, algunos punks mantuvieron contacto con grupos clandestinos, organizaciones armadas y comunas de fugitivos. Se había creado un ecosistema de ayuda, una solidaridad y apoyo mutuos en toda Europa, que funcionaba con naturalidad. Era relativamente sencillo. Se compartía un ideal, pero también una forma de vida. No se podía imaginar vivir de otra manera, al menos para aquella facción de entre los punks, airados y anárquicos, que pasaron de la retórica de las letras a la «Propaganda por el hecho».
Il Morto Qui Parla
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