Una canción no sólo se escucha, también se lee, sobre todo si su autor tiene una prosa tan apasionada como la de Jim Morrison. Las canciones de los Doors una vez terminadas, se siguen sintiendo en la piel porque las historias que cuentan continúan su curso, aún cuando tu dispositivo se quede sin batería. Intentaré poner en palabras el alfabeto onírico de la música de los de Venice, para que la próxima vez que reproduzcas “Soul kitchen”, puedas escuchar otros matices.

En 2013, en una de mis visitas a Londres, Vic Godard (líder de los Subway Sect, banda que compartía manager y local de ensayo con los Clash) me contó que, en pleno apogeo punk, John Lydon tenía como costumbre susurrar al oído de desconocidos parte de la letra de una añeja y olvidada canción: “Ahora cuando nos levantamos / poder popular / cuando nos levantamos / poder para los pobres / cuando nos levantamos / poder para los trabajadores / cuando nos levantamos / poder para todos”. Era el estribillo de “Ascension day”, corte que abre el primer disco, publicado en 1971, de una ignota banda londinense, Third World War (a la fecha, 360 oyentes mensuales en Spotify).

Todos dicen haber asistido al show de Mano Negra, el 27 de junio de 1992, en la Estación Central de AFE (gira en la que también visitaron Venezuela, Colombia, República Dominicana, Brasil y Argentina). Yo no. Esa gélida noche de sábado estuve presente en un galpón de la Rural del Prado, disfrutando de un demencial y accidentado toque de Los Chicos Eléctricos. La pachanga nunca fue de mi agrado. Mientras en la Estación de AFE, el cantante francés Manu Chao, de torso desnudo, golpeaba el micrófono sobre su pecho emulando un bombo, en la Rural, Andy Adler le mostraba su región anatómica donde el sol no brilla, al sonidista.

Los integrantes de la Generación Graffiti siempre estuvieron varios casilleros adelante. Hace 40 años que nos vienen advirtiendo acerca de las atrocidades que, hoy en día, estamos padeciendo. Los textos de cientos de canciones de los años ochenta, son motivo de análisis en las más prestigiosas universidades del mundo debido a su absoluta vigencia. Lo paradójico del asunto es que ese puñado de jóvenes roqueros uruguayos compartieron instrumentos, pedales, estudio de grabación, técnico de sonido y hasta integrantes. Aún así cada banda tenía su impronta, un sonido particular pero con la misma esencia, lo que le brindaba al movimiento una enorme identidad. En la actualidad, ninguna banda comparte guitarras, ni efectos, ni estudios de grabación, mucho menos ingenieros de sonido, pero, a diferencia de lo que ocurría en los ochenta, hoy en día todo suena igual, el éxito del trapero dominicano se confunde con la banda uruguaya más taquillera.

“El periodismo musical consiste en gente que no sabe escribir, entrevistando a gente que no sabe hablar, para gente que no sabe leer”. Zappa hizo este comentario, en 1977, durante una entrevista con un redactor del periódico Toronto Star. Años después de esa lapidaria frase, la crítica musical comenzó un proceso de paulatina extinción. Actualmente, los únicos géneros periodísticos que se practican son la crítica y la entrevista. Prácticamente ha desaparecido la crónica y el artículo de investigación se transformó en un catálogo promocional discográfico, en un momento en donde los nuevos soportes tecnológicos han cambiado radicalmente el consumo musical junto a su calidad de sonido. Las sucesivas generaciones de nativos digitales (aquellos nacidos entre las nuevas tecnologías) no demandan ni siquiera los créditos de la música popular contemporánea, mucho menos una crítica.

Existe un hecho traumático en la infancia de Renzo Teflón que no sólo marcó su vida, sino también su carrera musical. Resulta que en los convulsionados años sesenta explotó una bomba en la casa ubicada en Ellauri esquina Zudáñez, pleno corazón de Pocitos, donde vivía con sus padres y su hermano menor. Como consecuencia, la enorme puerta de entrada quedó destrozada junto a la mampostería de yeso y absolutamente todos los vidrios de la vivienda. Antes, en la misma zona, le había tocado el turno a la familia Buquet por triplicado, mientras que los Arocena lo habían padecido en dos ocasiones. El hecho fue atribuido a grupos paramilitares debido al vínculo del padre de Renzo con el MLN-Tupamaros. Pero lo peor aún no había llegado.

En la década del setenta, en Pando, existía una hermosa tradición: al rudimentario desfile de Carnaval se le sumaba un concurso de vidrieras, en donde participaban la mayoría de los comerciantes de la otrora Ciudad Industrial. En un mundo sin internet, Yango decía que las vidrieras comerciales eran el cine de los pobres, por lo que solía contratar una vidrierista capitalina para que decorara el enorme ventanal de su tienda.

En un momento en donde nadie tenía en cuenta a las bandas ignotas, el futuro guitarrista del Patti Smith Group, Lenny Kaye, a pedido de Elektra, armó un relevante compilado llamado Nuggets: Original Artyfacts From The First Psychedelic Era (1965-1968); una cuidada colección, formada por 27 gemas, del más exquisito garage-rock de mediados de los años ’60. Muy influyente, especialmente entre la naciente escena punk, Nuggets documentó la explosión del garage estadounidense y la música psicodélica que surgió a raíz de la invasión británica.

Cuenta Greg Shaw (responsable de la revista y sello discográfico Bomp!) que en 1976 llegó a New York, procedente de Londres, deseando encontrar a alguien que hubiese oído hablar sobre la nueva banda Sex Pistols; fue entonces cuando los Dead Boys aparecieron en el destartalado escenario del CBGB y comprendió que la duda sobre qué banda expresaba mejor el sentimiento punk, había concluido.