Historias, anécdotas y entrevistas de Hugo Gutiérrez, baterista de la histórica banda uruguaya de punk rock, La Sangre de Verónika.

El recientemente publicado Anthology 4 de The Beatles, nostalgia mediante, se transformó en un nuevo argumento para aquellos que suscribimos a la teoría “Paul está muerto”. Las principales diferencias en la voz de Paul McCartney registradas al hablar y cantar en las tomas de varias canciones incluidas en el Anthology 4 (al igual que en las tres entregas anteriores) son una evidencia más de que existe un antes y un después de 1966.

Cada diciembre llegan dos acontecimientos que alteran la pasividad montevideana: La Bajada y el Wrapped de Spotify, rituales colectivos tan inevitables como patéticos que nos recuerdan quiénes somos. A La Bajada ya le dediqué una columna entera por lo que en esta oportunidad me centraré en el Wrapped, resumen que Spotify ofrece a cada usuario con sus canciones más escuchadas del año, datos y conclusiones por doquier.

“Ser pobre es como darte un baño de agua helada: a nadie le gusta, pero en cierto modo sienta bien. Hace que tus sentidos estén más despiertos”. Esos dichos, de William Reid, abren la formidable autobiografía, a dos voces, de los Jesus And Mary Chain publicada, en castellano por Contraediciones en 2024.

Cuenta Andrea Prodan que el 13 de diciembre de 1977, The Clash tocó en el mítico Rainbow Theatre de Londres, show para el cual Luca consiguió un par de entradas. Fue así como los dos hermanos, subte mediante, asistieron al teatro ubicado al norte de la capital inglesa.

Son pocos los compositores que se sumergen en el universo de la literatura con éxito. Garo Arakelián es uno de ellos. Al igual que Bob Dylan, Lou Reed o Bruce Springsteen, seguramente quiso ser escritor pero fue músico. Cuando uno escucha sus canciones siempre queda esa duda, pues se posiciona como un meticuloso narrador que usa el lenguaje, de manera precisa, en función de la historia que quiere contar. Su inconfundible voz no falsea la tristeza ni la tragedia, simplemente las transforma en versos maravillosos.

En los últimos días, a cuarenta años de la “no edición” del simple perdido de Los Estómagos, ha circulado información falsa sobre el mismo, que incluso hizo dudar a los mismísimos autores de la obra. Con este artículo pretendo, humildemente, despejar las interrogantes planteadas al respecto.

Fue en 1983, en un bar ubicado en 26 de marzo y Gabriel Pereira, donde Renzo Teflón conoció a Leonardo Baroncini, el baterista de aquel momento que tocaba con todo el mundo; era como si no hubiera otro y efectivamente no había otro que tocara como él. Tenía el punch y la precisión de Copeland. En ese entonces estaba grabando el primer álbum compartido de Alberto Wolf y El Cuarteto De Nos, entre otras cosas. También era un gran letrista; ahí mismo en el bar abrió su carpeta y le mostró a Renzo sus letras prolijamente mecanografiadas, entre las cuales se encontraba el texto de lo que, a la postre, sería el mayor éxito del rock uruguayo: “Himno de los conductores imprudentes”. He aquí la enigmática historia de cómo se llega a su accidentada grabación.

La lucha de trincheras durante la Primera Guerra Mundial nos ha traído historias curiosas sobre la dura vida y constante prueba de resistencia humana que tuvieron que soportar aquellos soldados. También en esas mismas trincheras se dice que nació la superstición de no encender tres cigarros con la misma cerilla, porque traía mala suerte.

Ese día Villa Dolores amaneció bajo una copiosa lluvia. Desde la ventana de un tercer piso apenas podía distinguir el Club Valle Miñor, a pesar de vivir enfrente. Era invierno de 1987, me aprontaba para entrar al IAVA mientras escuchaba, en una rústica bandeja Philips, las escasas ediciones de rock uruguayo publicadas hasta ese entonces. Vinilos que costeaba ahorrando el dinero del boleto. 34 interminables cuadras separaban Julio César de Eduardo Acevedo.