
«Esta historia que va, nunca nadie se atrevió a contar
Me acuerdo muy bien, sucedió hace mucho tiempo atrás
No había de comer y me faltaba tiempo para pensar
Mis prejuicios maté y nunca más los voy a desenterrar
Comíamos hiel, vomitábamos sin descansar
Ahora tengo sed, recuerdo el whiski atravesando mi piel
Háblame, estoy prohibido y lo sé
Nos hemos dado cuenta
Quiero más, y está jodido el percal…»
Esta mañana desperté con una noticia, una de esas noticias abruptas, inesperadas y que duelen, que duelen como si se tratara de un familiar. El portador era mi amigo y compañero de radio, el Gallego Mondelo. El mensaje el WhatsApp era un escueto “se murió Robe, Niko, ¿te enteraste?”. Me caló el alma, y lo único que pude responderle fue un “no jodas”.
Un “no jodas” que me salió de las tripas. Ahora viajamos 27 años atrás. Un melenudo de 17 años, que era yo, escucha un programa de rock en AM que tenían puesto en la cantina, que era el programa de Lorena Bello, Agítese Antes de Oír. Algo se despierta en él. Yo había leído a Bukowski, y decía que hablar en la poesía de lunas y estrellas era de poetas de cuarta. Pero no, a veces los genios se equivocan, amigos y amigas.
Hay un tipo que hablaba de las estrellas, que hablaba de coger, que hablaba de la leche, que hablaba de una forma tremenda y, como lo describió el gran escritor y periodista español Javier Menéndez Flores en la biografía de Extremaduro no autorizada, que el Robert era satán con lira, que podía escribir esas cosas. Bunbury lo explica mejor, dice “Robe canta esas cosas y escribe esas cosas porque Robe es Robe, y vos, no. Este extremeño lo hacía de puta madre. No sólo eso, eran drogas, desamores, dolor, noches llenas de rayas de merca y el whisky arañando a mi piel.
El rey de Extremadura me acompañó siempre. En cada noche que vi partido mi corazón que pensaba que era de piedra, en cada noche interminable, ya fuera en Montevideo, Madrid, Barcelona o los bares perdidos del pueblo de Euskadi.
En 2014 lo vi en el Teatro de Verano, y todavía me pone los pelos como escarpia. Robe, no estás muerto, nunca lo vas a estar, me niego a que estés muerto. Y cuando me toque partir a mí, espero encontrarte, que me mires a los ojos y me digas: «Por volver como eres, por volver como somos, por la inmensa sonrisa de tus cansados ojos, por volver donde alguien te quiere sin que vuelvas, por poner a los míos con un poco más de luz. Gracias, Robe, hasta siempre.
«Luego todo acabó y ahora sólo queda el mal humor
A veces nacer y a veces ganas de acabar con to’
Te vuelvo a llamar, paso un mal rato hasta que vuelvo a olvidar
Háblame, estoy prohibido y lo sé
Nos hemos dado cuenta
Quiero más, y está jodido el percal…»
Niko Pérez

