
Prólogo
Si hay una idea que se afirmó a partir del marco de la Modernidad es que el arte y la cultura pueden funcionar como un instrumento de resonancia y ser un fiel reflejo de los contextos sociales. El arte como acción transformadora y ocupando un rol medular en la instancia que llamamos síntesis en el proceso de dialéctica hegeliana, se erige como elemento fundacional de la ruptura con los vestigios de aquello que se considera reprobable u obsoleto, pues el arte como también la cultura, son expresiones que lejos de reproducir un rol distractor implican un nexo social de compromiso sin negar como posibles resultados la recreación o el entretenimiento, pero estos serán una consecuencia (no obligatoria) y no una causa o un fin en sí mismo.
No es la finalidad de este articulo hacer un ejercicio de revisión de cómo evolucionó el arte en su papel de vehículo transformador o espejo de la sociedad materializando sus demandas más urgentes y visibilizándolas mediante la crítica y la reflexión, pero sí contextualizar a la obra en cuestión (Wish You Were Here) como claro ejemplo de ello. Pues analizar el noveno álbum de estudio de Pink Floyd sólo como una obra que continuó el legado rupturista de sus antecesores discos, sobre todo del anterior (Dark Side Of The Moon), desde los ámbitos ya más explorados por la cultura popular como son la ausencia de Syd Barret por la alienación psíquica y espiritual que lo llevó al ostracismo irreversible o el rechazo que empezaba a experimentar sobre todo Waters hacia la industria como un entorno viciado y depositario de los peores síntomas, y que a su vez la sociedad posmoderna en sus inicios empezaba a perfilar; la superficialidad y la hipocresía o la experimentación musical llevada a terrenos tan ricos como existenciales, pues, Wish You Were Here es un disco que tiene “alma” en el sentido más griego de la expresión, a pesar de la profunda desolación en la que fue concebido y que a su vez reproduce, pues quedarnos únicamente con esa veta ya explorada de gran forma por un sinfín de estudios y demás, puede desprender un sesgo y una limitante en su análisis, sin ánimo de generar un antes y un después en cuanto a la forma de percibir dicha obra, tal vez sea conveniente aprovechar esta fecha de celebración de sus 50 años, que no es poca cosa, para intentar desde un presente tan lejano y cercano a la vez, entender a la misma en sí como producto acabado propio de su contexto y como testimonio vivo de un mundo que se encaminaba a una nueva etapa caracterizada por el desencanto y la resignificación.
Wish You Were Here es un fiel exponente de un mundo que se encaminaba hacia valores potencialmente distintos a los de épocas pasadas; la concepción del progreso liberal conformada por verdades reveladas y un sostén ideológico como matriz de todo pensamiento, le daba lugar a un nihilismo en clave instintiva, basado en un escepticismo ecléctico, donde el individualismo le comienza a ganar la pulseada a lo colectivo, donde el consumo y la hiperrealidad desfiguran nuevas posibilidades de abstracción y los vínculos se vuelven mas impersonales, merodeando entre la fragmentación de la materia y una crisis de identidad del propio sentido. Esas transformaciones están contempladas en un disco que es uno de los epitafios más contundentes de su época, pues si Dark Side… es un disco metafísico, Wish You Were Here es probablemente un disco post metafísico, post moderno, post soft rock, post progresivo, donde además de ser un documento fundamental para entender la significancia de la subjetividad autorreferencial, es clave para comprender el mapa sonoro de una época y de las transformaciones que experimentaría tanto la escena musical de esos tiempos como la propia banda, siendo tal vez el principio del fin de una era definida por una dinámica más colectiva que evolucionaría definitivamente hacia un liderazgo acaparado de forma cuasi unipersonal por Waters.
Todo eso y aún mucho más comprende el complejo universo de Wish You Were Here; una entelequia aristotélica y ecléctica llena de virtud y magia cuyo aniversario 50 merece un análisis en clave de revisión que intente al menos desglosar la obra a través de algunas de sus profundas capas.
1.La obra y su significancia contextual
“La revolución cultural de fines del siglo XX debe, pues, entenderse como el triunfo del individuo sobre la sociedad o, mejor, como la ruptura de los hilos que hasta entonces habían imbricado a los individuos en el tejido social. Y es que este tejido no sólo estaba compuesto por las relaciones reales entre los seres humanos y sus formas de organización, sino también por los modelos generales de esas relaciones y por las pautas de conducta que era de prever que siguiesen en su trato mutuo los individuos, cuyos papeles estaban predeterminados, aunque no siempre escritos. De ahí la inseguridad traumática que se producía, en cuanto las antiguas normas de conducta se abolían o perdían su razón de ser, o la incomprensión entre quienes sentían esa desaparición y quienes eran demasiado jóvenes para haber conocido otra cosa que una sociedad sin reglas”. Eric Hobsbawm; La revolución cultural.
No es una casualidad si analizamos estas palabras de Hobsbawm, uno de los historiadores más prolíferos en cuanto a entender las lógicas laberínticas del SXX, al contemplar a la generación post “Baby Boomers” como huérfanos de una cultura rota, que los caminos culturales o más precisamente musicales se hayan bifurcado tanto reflejando incluso patrones de conducta basados en signos sociales tan dispares. La necesidad de una pertenencia cultural llevó a una generación desintegrada por el inminente fracaso de los modelos de bienestar de la posguerra a adoptar patrones referenciales muy distintos, pues esa homogeneidad que de algún modo situaba a los jóvenes en los ’50 y ’60 con sus lógicos matices, se resquebrajaría luego en pos de una fragmentación social que se manifestaba en las diversas expresiones colectivas. No es en vano la proliferación de estilos y corrientes tan distintas a partir de la segunda mitad de los ’70, en una cultura occidental que nadaba entre el punk y la música disco; el CBGB y el Studio 54, el reggae y el ska como posibles alternativas (o incluso luego la new wave como potencial resultado de todo ese crisol) o los inicios del metal como parte fundamental de la escena nueva. Pues como aleatorio a todo eso figuraban corrientes como el rock progresivo, que ya desde fines de los ’60 venía ganando terreno; y finalmente Pink Floyd como universo paralelo, pero a la vez transversal, que oscilaba como un fenómeno algo peculiar entre la popularidad masiva (Dark Side… es un fiel ejemplo de ello) y una elite cultural que se distanciaba de los estereotipos más convencionales, empezando a generar una mezcla de amor y odio (sólo basta con observar hechos de color, como la remera icónica que lucía Syd Vicious con una leyenda que decía “I hate Pink Floyd”). Esa brecha se profundizó definitivamente con Wish You Were Here y ya la transición de la banda sería un hecho sin retorno.
2.Un arte de tapa que dice mucho…
Wish You Were Here es una obra que ya desde su diseño de tapa expresa singularidades comunicacionales. En una época donde comienza a afirmarse la idea global de que el medio es el mensaje y la simbología de las imágenes pierden peso inminente ante la creciente carencia de decodificación, la literalidad obstruyendo al recurso metafórico no parece ser una condicionante para Pink Floyd y su obra. Cuenta la leyenda que la tapa de Wish… está plagada de entretelones y situaciones peculiares. La búsqueda intensa de ilustrar el mensaje hasta los extremos más insólitos llevó a que dos actores estrechen su mano, mientras uno de los mismos arde literalmente en llamas simbolizando el miedo que conlleva mostrarnos tal cual somos en una sociedad determinada por las apariencias al punto de quemarnos.
El significado de la tapa de Wish… conllevó a diversas interpretaciones entre las cuales cobró fuerza la idea de que la banda, sobre todo Waters, experimentaba un grado de desencanto y decepción tal hacia su entorno, más que nada la industria musical que empezaba a mostrar, según su visión, signos de falsedad, ambición e hipocresía, algo que se asociaba también con ciertos males de la sociedad posmoderna en sí misma, y esa idea habría sido motivadora de la misma.
En síntesis, el arte de diseño de tapa es la primera muestra clara de lo que implica el disco como concepto y va en absoluta consonancia con las temáticas profundas que la obra pretende explorar. La misma fue diseñada por Storm Thorgerson, uno de los diseñadores gráficos más prestigiosos de la escena británica de ese momento. La fotografía fue tomada en los estudios de Warner Bros. ubicados en Burbank, California, y su narrativa refleja aspectos como la desconexión emocional, los contrastes de la fama en exceso y la vulnerabilidad a través de una convención social tan tradicional pero a la vez tan vacía y fría como puede resultar el mero acto de dos individuos estrechando su mano mientras uno de ellos arde en llamas en el momento de hacerlo, incendiándose así toda posibilidad de proyección emocional.
3.La ausencia de Barret como motor esencial del disco…
No descubrimos nada al asegurar que este disco es un testimonio inspirado en gran medida en Syd Barret, antiguo líder, fundador de la banda y amigo personal de Waters. La cuestión fundamental radica en poder visualizar la magnitud de lo que ese hecho conlleva y lo inherente que es el mismo al disco en sí.
El álbum transita por emociones realmente profundas, y esa profundidad se debe en gran medida al hecho que implica la ausencia de Barret, asumiéndola como una consecuencia de la alienación, de los problemas que puede aparejar la fama en exceso y la imposibilidad de lidiar con ciertos desniveles emocionales en momentos críticos. La fragilidad psíquica y la alteración absoluta de su ser apagó la estrella antes de tiempo y conllevó al alejamiento definitivo del joven prodigio de la banda que él mismo había creado. La alienación psicotrópica impidió toda posibilidad de regreso y fue un motivo inspirador fundamental para la banda, sobre todo para Waters, que transpoló este hecho con sus propios fantasmas personales y existenciales, amalgamando esas demandas y carencias en una sinfonía de sentidos emocionales y musicales no más virtuosa que su antecesor Dark Side… pero tal vez sí más profunda, logrando algo que Gilmour siempre destacó siendo una de las prioridades fundamentales, y es el hecho de que la combinación entre aspectos musicales y demandas existenciales y conceptuales que rodean al disco están unidas de forma tal que constituyen una única unidad material imposible de disociar.
Si bien resulta archi conocida para todos y a su vez integra el patrimonio más exclusivo del anecdotario que hace del rock un acervo de cultura popular, considero fundamental al menos mencionar la célebre anécdota que le da un condimento al disco haciéndolo aún más especial. Mientras se llevaban a cabo las grabaciones de éste en los estudios Abbey Road, irrumpe una presencia casi fantasmal de un enigmático hombre calvo con sobrepeso y apariencia muy extraña con una actitud ida y distante que sólo los observa sin emitir palabra alguna. Ese hombre era el mismísimo Syd Barret, quien aparecía luego de muchos años sin aparentes razones para inmortalizar su presencia y su sello en el disco, agregando a su proceso de elaboración un manto de misticismo cuasi cinematográfico y marcando un hecho que la banda aprovecharía como motivo inspiracional actuando como un nexo entre un pasado inquietante y un porvenir difuso que ni el poder la música en un nivel superlativo y exponencial pudo sanar.
4.Aspectos musicales de una obra inmortal…
Sin descubrir la pólvora artística, podemos afirmar luego de 50 años que la virtud de Wish… tanto como la del Dark Side… y de sus sucesores, pero sobre todo de Wish…, es su condición de atemporalidad.
La inercia y el temor que podían significar el después de un disco tan emblemático como el Dark Side…, resultaban no sólo un reto sino una prueba de supervivencia para la banda. ¿Cómo se sigue después de algo así? Luego de un período de vacío e incertidumbre en clave de cierto bloqueo musical y hasta emocional, la banda entendió que la respuesta estaba en seguir por el camino de la experimentación sin que eso implicara un delirio artístico ni un suicidio comercial. Explorar aún más en las temáticas existenciales que inquietaban sobre todo a Waters y apostar a una transición aún más profunda entre un rock cada vez más sofisticado y armoniosamente equilibrado y una psicodelia que deambula entre el art rock y vestigios de lo progresivo, pero con elementos modernos que apelarían a un sonido vanguardista y ecléctico para la época, sobresaliendo canciones como “Have a cigar”, que simboliza un ironía desafiante en sí misma a la industria y a los placeres mundanos que puede conllevar la fama en clave de superficialidad, o la misma “Wish you were here”, que a además de darle nombre al álbum es una balada inmortal con una de las intros de guitarra más icónicas jamás realizadas y una letra que eleva a Waters en uno de los compositores y autores más emblemáticos de su generación, evocando a los Dylan, los Young o todos aquellos que integran un preciado olimpo por lograr letras que abordan elevados grados de poesía y profundidad existencial y metafísica sin perder el grado de lo terrenal. “¿Puedes distinguir el cielo del infierno?” o “¿Puedes distinguir un campo verde de una fría barandilla de acero?” resultan una fiel prueba de esa elevación lírica que lo proyectan a un nivel filosófico que interpela al escucha en cuanto a su propia condición humana y la posibilidad de que ésta se vea alterada en un mundo que deshumaniza cada vez más, como si se tratara de una alegoría como la caverna de Platón o algún espacio donde se confunden los sentidos de la percepción.
El disco utiliza recursos poco convencionales, entrelazando sintetizadores y proyectando un sonido industrial adelantado para su tiempo, como el caso de la épica “Welcome to the machine” (probablemente el punto más elevado del mismo) o baladas más power ballad, como la ya mencionada “Wish you were here”, sustentadas en equilibradas guitarras acústicas cuasi artesanales con el sello de Gilmour o transitando a caminos más experimentales y complejos como la multifacética “Shine on you crazy Diamond”, que de algún modo devuelve a Floyd a su tradición más legítima de componer canciones extensas y de secuencias y paisajes diversos, como en su momento “Echoes”.
Conclusiones de este humilde servidor…
No caer en la trivialidad al analizar un álbum tan esencial del cual se ha escrito de forma muy vasta, no parece una tarea sencilla, pero en esa búsqueda intentó centrarse esta veta de análisis la cual no priorizó abordar únicamente en los aspectos cuasi cinematográficos que lo rodean ni en su más que reconocida y legitimada calidad musical, que es crucial, pero no el factor excluyente de su elocuencia sino también entender que Wish… es una pieza clave de una época donde Yes ya había sacado Close To The Edge, en donde Genesis no paraba desde hacía tiempo de apostar a la excelencia como única meta alcanzable, dónde el arte figurativo coexistía con el arte abstracto en universos ya no tan paralelos, pues Wish… es crucial pero no una excepción ni es una isla y tal vez ésa sea su principal virtud: brillar en un contexto cultural tan rico y a su vez en una época de tantos matices. La confirmación de que la solemnidad era la respuesta más pertinente a una coyuntura socio-política tan turbulenta, se dio prácticamente al mismo tiempo cuando cuatro fulanos de Londres llamados Queen redefinían para siempre el mapa musical con un disco (en ese caso sí) netamente singular llamado A Nigth At The Opera, refundando de manera definitiva sus coordenadas, pero esa sería otra historia…
Gonzalo Guido

