Diario Mojado

Ese día Villa Dolores amaneció bajo una copiosa lluvia. Desde la ventana de un tercer piso apenas podía distinguir el Club Valle Miñor, a pesar de vivir enfrente. Era invierno de 1987, me aprontaba para entrar al IAVA mientras escuchaba, en una rústica bandeja Philips, las escasas ediciones de rock uruguayo publicadas hasta ese entonces. Vinilos que costeaba ahorrando el dinero del boleto. 34 interminables cuadras separaban Julio César de Eduardo Acevedo.

Ese mediodía, para proteger mi walkman chino decidí ir a la parada de la Escuela Paraguay, ubicada justo en la esquina de Av. Rivera y Julio César; el pretil de entrada me servía de refugio, dado que si bien la lluvia había mermado, todavía mojaba. A los minutos, me encontraba compartiendo el improvisado refugio con el diariero del barrio enfundado en un nylon que oficiaba de pilot; bajo su brazo derecho asomaba un enorme atado de diarios. Al parecer, la venta había sido escasa. Cruzamos apenas un tímido saludo hasta que asomó el 191.

El ómnibus se detuvo en la parada, descendió un muchacho cuando el diariero se dirigió raudamente hacia el cordón de la vereda no sin antes emitir un grito seco ininteligible. Ni bien el conductor puso primera y arrancó, el diariero metió su cabeza debajo de las últimas ruedas del Mercedes sin amortiguadores. El ruido del viejo neumático Funsa aplastando el cráneo del diariero fue único. Las frecuencias bajas se burlaron de las medias mientras le pegaron una patada en el ojete a las altas. Nunca más volví a escuchar un sonido semejante. Junto al muchacho que había bajado del bondi fuimos al almacén del Gallego, pegado a la escuela, en busca de ayuda.

Ni siquiera se necesitó una ambulancia, directamente vino un patrullero, mientras un efectivo policial tapaba el cuerpo con los diarios mojados, otro pateaba los restos de cerebro hacia el cordón. En cuestión de minutos, se mezclaron las miradas atónitas de travestis amanecidos en el bar La Pocha, escolares junto a sus padres y transeúntes en busca de su almuerzo. No hubo corte de tránsito, el ómnibus se retiró mientras el cuerpo inerte se imprimía con la tinta de los titulares alarmistas de los matutinos ochentosos. La rana ya estaba dentro de la olla y el agua empezaba a entibiarse.

La emergencia móvil fue la última en llegar. Para ese entonces ya no llovía, decidí arrancar caminando rumbo al liceo. Puse play en el walkman pero en mi cabeza, entre tema y tema, seguía sonando la explosión generada por las viejas cubiertas sobre la cabeza del diariero. Un estruendo que supo acompañarme durante varios meses. Frente a lo trágico de la situación, lo único que tenía claro era que me faltaba poco para comprarme el Visitantes de Zero.

Lic. Hugo Gutiérrez