Ford T

Los sábados de enero, desde temprano en la mañana, el viejo cachilo con parlante en techo, promocionaba el baile del Club de Pesca por las polvorientas calles de Cuchilla Alta y aledaños. Ítalo Colafranceschi contrataba el servicio del veterano Franco, uno de los lugareños más antiguos de toda la Costa de Oro, aún más viejo que su Ford T. Recién comenzaba San 1985; el Partido Colorado, con Sanguinetti a la cabeza, había ganado las elecciones de noviembre del ’84 y se esperaba con ansias el retorno democrático tutelado.

Pablo “El New Wave”, junto a sus padres, hacía seis meses que había regresado al país, procedente de Londres, en donde durante 12 años, transcurrió su exilio familiar. Nos habíamos conocido a fines de diciembre en Pueblo Blanco, único boliche por aquel entonces de Cuchilla Alta. Su raro peinado nuevo y mi cresta verde se hicieron grandes amigos. Él tenía todo el post-punk inglés, mientras yo le aportaba mis cintas piratas de Los Estómagos, ocho meses antes de su debut discográfico.

Técnicamente seguíamos en dictadura pero ya se respiraba otro aire, al menos mediante jabón BAO podíamos mantener nuestros looks, eso sí, soportando los permanentes insultos callejeros sumados a dos detenciones policiales cada cinco cuadras. Las maratónicas jornadas de fútbol playa precedían a las charlas roqueras nocturnas; de esta manera se logró formar un grupo de gente extraña en donde la mayoría de sus integrantes se llamaban Pablo, de ahí la importancia del apodo. El último picado terminaba al atardecer, entre los aplausos de los turistas.

Aquel sábado en particular, dejamos en ridículo a unos metaleros que habían llegado la noche anterior al balneario; les ganamos por goleada ante la perpleja mirada de decenas de veraneantes que no daban crédito con semejante espectáculo. Parches de los Clash y los Pistols se mezclaban con remeras de los Maiden y AC/DC, a la vez que coloridos pelos puntiagudos se enredaban en las vastas y sucias greñas metaleras. Los sábados al ocaso, la escena se repetía. Luego de pasar por “el chorro”, “El Abuelo” terminaba en el techo de la Ford T, sosteniendo el precario parlante, mientras “El Gallego” y yo empujábamos el cachilo que hacía décadas venía quemando aceite. Al rato nos volvíamos a encontrar en el salón de maquinitas del Foca, en donde hacíamos la previa entre el tinto lija de la casa y varias fichas de pool, para luego terminar en la pista de baile del Club, en donde esperábamos horas para que sonara el típico enganche “Private Idaho” de los B-52’s y “Whip it” de Devo. Con suerte, dependiendo del humor del disc-jockey, se podía sumar “Rock the Casbah”.

Los ávidos lectores podrán imaginar que con nuestro aspecto no podíamos levantar ni la quiniela, aunque a veces existían excepciones. Por ejemplo, aquella madrugada los metaleros volvieron por la revancha junto al resto de su barra, quienes no jugaban al fútbol para no quemar calorías. Al grito de ¡Masacra! por parte del heavy metal más obeso, se inició una batalla campal a orillas del mar en donde terminé boca abajo, en la arena, con el peludo más heavy sentado sobre mi columna dorsal, mientras con el pico de la botella del tinto lija, cortaba mi verde cresta. “El New Wave” fue el primero en quedar fuera de combate, un gancho al hígado lo acostó contra las rocas. “El Abuelo” y “El Gallego” ofrecieron mayor resistencia pero también terminaron con una colonia de machucones al ser víctimas de un salvaje Nunchaku. Estábamos en inferioridad numérica, lo que llevó a que cada golpe recibido era directamente proporcional a la goleada que se habían comido en la tarde. De más está decir, que nos perdimos los tres días de playa siguientes, los dolores nos impedían levantarnos de la cama.

Ya llegado el invierno, en Montevideo, me encontraba en la esquina de la heladería Batuk junto a mi barra de Villa Dolores; los domingos a la noche los bailes del Valle Miñor eran un clásico. El pescado se vendía rápido dado que a la 1 A.M. se desalojaba el club. Concurría gente de todos lados y de distintas condiciones. Desde uno de los bancos de la heladería tenía como costumbre observar la parada de la escuela Paraguay que quedaba enfrente, los ómnibus se vaciaban, todo el pasaje tenía como destino el corto y afamado baile. Para mi asombro, uno de esos domingos gélidos, veo bajar de un 144 rumbo al Centro, al metalero más heavy con Nunchaku y dos de los peludos que se habían comido la goleada playera. Imposible olvidar esas risas. Cruzaron al bar La Pocha a llenar las botellas de un clarete de dudosa procedencia y tomaron Julio César rumbo al club. Era mi oportunidad de venganza. Mi barra conocía lo sucedido en el verano, así que con señalarlos fue suficiente.

Los dejamos disfrutar del baile, afuera los estábamos esperando junto a la pesada del Layva y una bolsa llena de tijeras. Planeamos emboscarlos en la parada de la Plaza Viera, pero Atilio no se aguantó y en los escalones del club enterró de cabeza al metalero más heavy, quien fue incapaz de levantarse, ahora los números nos favorecían. Nunchaku fue colgado cabeza abajo del ciprés, de mitad de cuadra, para facilitar la esquilada. Los otros dos metaleros intentaron escapar pero les resultó imposible, tampoco se salvaron de las tijeras. El metalero más heavy necesitó asistencia para caminar los 40 metros que lo separaban de la parada de Av. Rivera; llegó en cuadrupedia, pelado y con 20 kilos menos. A la mañana siguiente, desde una de las ventanas del edificio Ibero 1, observé como el barrendero de la zona recogía los restos de las melenas y de nuestra adolescencia.

Lic. Hugo Gutiérrez