40 Días

¿Cuánto tiempo se necesita para procesar un acontecimiento? ¿Un mes? ¿Cuatro años? ¿El resto de tus días? No lo sé. Intento descubrirlo. Seguramente exista una relación directamente proporcional entre el tiempo de análisis y lo trágico o confuso de la situación. Cuando una historia concluye podés contarla de atrás para adelante, en tercera persona o como carajo quieras. La única condición es no pretender cambiarle el final. Un añoso puzzle (al cual le faltan piezas), almacenado en el área cerebral incorrecta, no debería ser un impedimento.

Una vez, Symns me aconsejó: “un buen comienzo, un desarrollo mediocre y un final perfecto”. Por ejemplo, podría empezar por el sincero “Good luck” de la chica que selló mi pasaporte en Gatwick, en marzo del 2020 o por el vendaje de Velpeau con los retazos que encontramos aquel día de los inocentes. No ver envejecer a tus seres queridos es una buena opción. De esa manera, un bello rostro reinará tus sueños aún estando, de rodillas, frente a sus cenizas.

Sobrevivir a 40 días de un criminal lockdown británico, en la más absoluta soledad, sería imposible sin música. Quizás, podría empezar por los ojos más lindos que haya conocido, recibiendo, de mis manos, ese disco de Dylan o por las noches de lluvia enlutando un Soho desierto. Son las cosas más simples las únicas capaces de salvar una vida. Esas que nos pertenecen a todos. Sólo hace falta observar con detenimiento, sin prisa. La parafernalia estorba, sobre todo cuando los recuerdos se transforman en tu prisión.

Simplemente, podría empezar por la mayor estafa de la historia con forma de virus o por ese abrazo que nunca nos dimos y por las noches suele despertarme. Agudiza tus sentidos y podrás escuchar los latidos de un corazón hambriento o al menos el sonido del teclado al escribir estas nostálgicas líneas. Se me ocurre que, podría empezar por la película que no vimos juntos para no asistir a un cine Casablanca mutilado o por el vuelo de Lufthansa que me sacó de ese infierno silencioso gracias a un alma bondadosa.

No me olvido de las canciones, por supuesto. Esas que iluminan el lugar más oscuro, en el momento más turbio. Fueron 49, las melodías que escuché, a diario, durante mi prolongada y forzosa estadía en la vieja Londinium.

Mejor, podría empezar por el cielo de abril sobre la Fuente de los Italianos ubicada en el Hyde Park o por alguna sangrienta escena de Pulp Fiction. No creo que existan tantas formas de narrar como personas, aún cuando el relato se realice de forma terapéutica. Tampoco creo en las capacidades. A pesar de todo, mi escepticismo se convirtió en otra cosa.

También podría empezar por los nervios de la joven compañera que llegó, por primera vez, a mi lugar de trabajo o por esa llamada telefónica fatídica, de lunes por la noche. Pensé que el capítulo estaba cerrado pero ya ves, una delicada brisa desordenó las páginas que en este preciso instante intento acomodar. Algunas hojas se perdieron junto con las destartaladas piezas del rompecabezas, las que hablaban del incidente en Millwall, las que tenían como protagonista al veterano del almacén en Paddington y alguna otra más. Tampoco encuentro la carilla en donde describía lo feliz que me hiciste sentir en esas divertidas tardes.

En una de esas, podría empezar por la promesa de encontrarnos en el final de los días o por la asquerosa manipulación de BBC News. ¿Cuánto tiempo se necesita para que una huella desaparezca? Depende del impacto y de la superficie. Lo que la física desconoce es que sobre un corazón solitario queda marcada a fuego, desafiando cualquier parámetro.

Mientras tanto, podría empezar por los 34 hospitales londinenses vacíos, por el hotel “not in service” a mi disposición, por el secuestro domiciliario de 67 millones de personas mientras Johnson se cagaba de risa en Downing Street o por ese cruel exilio que separó nuestros caminos. En realidad, me encantaría empezar por algo que me acercara a ti. Aunque, al igual que muchos, también podría decidir no escribir la novela.

Lic. Hugo Gutiérrez