Ese día Villa Dolores amaneció bajo una copiosa lluvia. Desde la ventana de un tercer piso apenas podía distinguir el Club Valle Miñor, a pesar de vivir enfrente. Era invierno de 1987, me aprontaba para entrar al IAVA mientras escuchaba, en una rústica bandeja Philips, las escasas ediciones de rock uruguayo publicadas hasta ese entonces. Vinilos que costeaba ahorrando el dinero del boleto. 34 interminables cuadras separaban Julio César de Eduardo Acevedo.
Diario Mojado
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