El cielo negro está siendo apuñalado por estrellas de puntas brillantes como navajas.
Contemplo el espectáculo entre el ladrido de los perros, en mi jardín.
Aspiro fuerte el aire nocturno.
Y me intoxica el perfume de los jazmines mojados.

Una llovizna fría, intermitente, zumbona, caía sobre Montevideo.
Aquel otoño extraño, extraño como yo.
Las luces de los autos alumbraban las esqueléticas siluetas de los árboles.
Alumbraban también a algunas chicas.
Esas que paran siempre en la misma esquina y muchas veces contra su voluntad.
Para en la misma esquina con frío, calor, tristeza, golpes, hijos, desamor y soledad.
Paran en la misma esquina a venderle un rato de cariño a algún estúpido.

«Abre la puerta que soy el diablo que vengo con perras; abre chiquilla, las piernas que vengo a clavarte semillas.
Como cada día en el infierno me aburría me fui de bar en bar;
vi a la virgen María, cansada de ser virgen, metida en un portal.
Si llega la policía no es pecado, vida mía, ponerse a disparar,
guardé la artillería, es que me estoy haciendo viejo
Y ya empiezo a razonar…»

Pisando el asfalto, partido, gris, tenido con la tenue luz amarilla de las farolas que se cuela entre las tupidas copas verdes de los fresnos callejeros. Coomo siempre, me colgué en esos detalles y al intentar beber de la botella, me manché con tinto la camiseta de David Bowie.

La cerveza enfriaba mis tripas calientes, sentado en el pasto recién cortado de la plaza frente a la Terminal Tres Cruces.
El viento llevó el humo de mi cigarro a la cara de dos chicas cubanas que miraban el atardecer; molestas, se levantaron y partieron diciéndome algún insulto que no pude descifrar.
La caída del sol naranja trajo a mi cabeza varias imágenes, recuerdos…