Estoy cascado como esas rocas solitarias golpeadas por olas marrones.
Estoy rasgado como el musgo arañado por gaviotas sucias hambrientas.
Astillado
en
La música que importa

Estoy cascado como esas rocas solitarias golpeadas por olas marrones.
Estoy rasgado como el musgo arañado por gaviotas sucias hambrientas.

«Abre la puerta que soy el diablo que vengo con perras; abre chiquilla, las piernas que vengo a clavarte semillas.
Como cada día en el infierno me aburría me fui de bar en bar;
vi a la virgen María, cansada de ser virgen, metida en un portal.
Si llega la policía no es pecado, vida mía, ponerse a disparar,
guardé la artillería, es que me estoy haciendo viejo
Y ya empiezo a razonar…»

Con el corazón lleno de sal y los labios hinchados, la mugre del alma es menos mugre.
Sudor, saliva, licor y cigarrillos.
Atardeceres con los ojos ciegos de luz.
Abrazos que acompasan mi esternón oscuro.

Pisando el asfalto, partido, gris, tenido con la tenue luz amarilla de las farolas que se cuela entre las tupidas copas verdes de los fresnos callejeros. Coomo siempre, me colgué en esos detalles y al intentar beber de la botella, me manché con tinto la camiseta de David Bowie.

La cerveza enfriaba mis tripas calientes, sentado en el pasto recién cortado de la plaza frente a la Terminal Tres Cruces.
El viento llevó el humo de mi cigarro a la cara de dos chicas cubanas que miraban el atardecer; molestas, se levantaron y partieron diciéndome algún insulto que no pude descifrar.
La caída del sol naranja trajo a mi cabeza varias imágenes, recuerdos…

…. «Y me mareo, me mareo, me mareo…
Me mareo. ¡Joder qué mareo!
Se acabó el sufrimiento
se acabó mi martirio
es el fin de mi exilio.

La espuma de nuestros días se derrama sobre los recuerdos, empapa la percepción que creíamos tener sobre acontecimientos y personas que ya no están con nosotros.

La tarde de ese viernes murió con estilo, deslizando sus últimas luces entre las ramas desnudas de los árboles de mi calle. Tiñendo el horizonte de un rojo intenso, mientras la noche agazapada, esperaba. «¿Whisky, Nico?», me preguntó Martín, haciéndome apartar la vista de los ventanales del viejo Bar Smidel. Asentí, «Dos Johnny dobles, Alexis». Bebí un trago largo que me calentó las tripas. «Martín, ¿te acordás cuando acá enfrente era La Última Curva? «. «Sí, no me olvido más el sábado que vimos a Buenos Muchachos y Neanderthal».

El asfalto de 18 de Julio brillaba bajo un cielo nublado cuando me bajé del 103 en la Plaza Independencia. Viernes, ocho de la noche, otoño. Cerré mi chaqueta y me di un saque de aire tormentoso y Montevideano bajo las puertas de la ciudadela.