El Círculo

“Son cuatro sombras en la humedad

Nunca hubo besos ni lindos juegos

Son cuatro brujas con cara de niña

De pronto el fuego cambiará sus caritas”

 

Hermana luna, manso viento serrano, pájaros ardientes que se baten en retirada con trinos sepulcrales.

Pasos en la recién inaugurada noche quiebran hojas secas.

Caminan lentamente tres mujeres, tres mujeres y un ritual.

La más alta, rubia, delgada, prepara todo para el fogón.

Una vez fue niña, pero algo la quebró. Ojos morados, golpes, una violación.

Otra víctima de un hijo de puta violador.

La adultez fue un vestido roto que le pusieron de prepo.

María, la morocha, le alcanza hojas, piedras y ramas.

Dice que ya no recuerda cuánto hace que escapa, ni de qué, ni de dónde, pero hoy está feliz, está en su lugar.

Un poco retirada, una chica rapada, de ojos tristes y pendientes de metal, observa.

Es la uruguaya, la que tiene una virtud, nada la rompe, ni la romperá.

La de las manos calientes y fuertes.

La que hace huerta, pinta, esculpe criaturas, la que en el arte puede habitar.

La leña crepita, lame el fuego, las astillas, lanzando pavesas al vecindario lunar.

De pronto, entre los árboles, una brisa fresca, las trae acá.

Sentadas en círculo, parten un cartón, debajo de la lengua y a esperar.

La rubia saca de la mochila, un Tannat mendocino.

Da un buche largo, se lo pasa a María, las tres sentadas en espiral.

El vino, la noche, el fuego, abrazos de almas rotas y hermandad.

Ahora les toca soñar.

Son tres mujeres, bellas y fuertes en soledad, bajo la luna gorda, en este monte espectral.

Niko Pérez