
Prólogo: Desde hace mucho tiempo las artes, sobre todo las masivas como la música o el cine, han sido sustentadas por estilos, vanguardias y distintas rotulaciones que, de algún modo, han ido a contramano de su desterritorialidad esencial por la cual expresiones como el rock han sido históricamente caracterizadas por modalidades como el de los considerados artistas “de culto”, que redefinen ese carácter desterritorial y heterogéneo por una territorialidad espacial y una homogeneidad cimentada en la adhesión y la cohesión identitaria.
Pero, ¿qué implica realmente el término música o artista de culto? ¿Es apenas un eufemismo vacío de contenido real que alude a una condición dudosa y difusa? ¿Es acaso una construcción con sustento conceptual? De ser así, ¿cuál sería ese sustento? ¿Existen cualidades que puedan definir a un estilo o a un artista a partir de ese distintivo? ¿Es relevante identificar aspectos que nos permitan echar luz en este terreno, en un escenario donde todo parece querer fundirse en una suerte de paleta monocromática?
Puede ser una forma de supervivencia de ciertos artistas o vanguardias el refugiarse en una especie de lógica comunitaria, pero sin dudas el rótulo “Artista de Culto” no parece representar mayores inconvenientes; por el contrario, es una coronación que puede sugerir cierto prestigio o sello de singularidad aludiendo a una posible condición elitista que aunque para el artista no signifique nada, en el plano de lo material lo ubica en una posición que puede resultar beneficiosa para su condición de tal, tomando el sentido más amplio del concepto “Artista”.
- 1. Aproximación primaria a la definición del concepto.
Existen códigos, convenciones, signos o prácticas que pueden decantar y asociarse a rasgos de cierta homogeneidad amparada en un lenguaje comunicativo cuyo posible resultado es la identidad en clave de colectivo. La suma de todas las partes articuladas en una dinámica más o menos establecida, reproduce ciertos patrones cimentados en la expresión musical, la cual podría constituir, a groso modo, el concepto al cual hacemos referencia.
Desde el plano de lo tangible, es menester intentar identificar esos patrones que hacen a la suma total y que funcionan de manera articulada, para luego sí analizar qué posibles resultados arroja esa aleación de elementos a partir de la relación directa entre emisor y receptor (artista y público) donde existen una amplia serie de factores que son claves a la hora de vislumbrar esa lógica; hablamos de medios, gestores, comunicadores, periodistas, formadores de opinión y todo posible nexo que consolida esa estructura, los cuales confluyen e influyen en esa amalgama evolutiva y no siempre piramidal, ni corporativa, sino espontánea, cuyo resultado es la formación de fenómenos como los campos culturales que en el marco de una segmentación consecuente forjan vínculos que motivan el “culto”.
- 2. Campos culturales.
El concepto de Campo Cultural resulta clave para abordar la temática central de este artículo, ya que supone una noción de territorialidad con límites establecidos, donde en el mismo conviven pautas, rasgos, códigos, en una cohesión amparada en lo identitario, donde la clave radica en la historicidad. Es decir, si ciertas pautas o valores trascienden lo generacional o más específicamente un estilo o artista que logran reproducir una idea que se conserva a lo largo del tiempo, significa que la modalidad de culto no era producto de una moda casual o tendencia perecedera, ya que el campo cultural en el que se desarrolla es una noción territorial y espacial más allá de lo temporal. Ese logro se da por una serie de factores que están lejos de reproducir una lógica matemática pero posicionan al artista en un nivel que sale de lo convencional, donde si bien no le da un aura de “mejor” ni “peor” en cuanto a que el arte en su expresión verdadera no es cuantificable, lo ubica en un rango peculiar que algunos suelen llamar “de culto”.
Según el filósofo Pierre Bourdieu, un campo cultural es la sumatoria de una correlación de fuerzas entre distintos actores sociales, ya sea colectivos o individuales, que están interrelacionados, a través de la cultura de elite o de masas, industrial o popular, interrelación de la cual se gestan luchas por formas de dominio.. Es decir, esa hegemonía cultural que planteaba Gramsci allá por los años ’30 que en cierto punto reproducen lo que hoy muchos llaman una «batalla cultural».
En esa noción de territorialidad coexisten distintas formas de cultura, y de esa posible interrelación pueden existir grupos o expresiones artísticas de culto, como una suerte de reacción espontánea a lo hegemónicamente establecido (el Establishment según algunos) por más que luego pueda volverse hegemónico, también. Llevándolo al plano de lo más visible, sería algo así como la dialéctica entre el Mainstream y el plano de lo alternativo, sin descartar que el segundo pueda volverse lo primero, siendo esto una posible resultante de la propia dialéctica, pudiendo generar “conflictos” que no sería conveniente analizar ahora.
La cuestión fundamental en este aspecto desde el campo cultural como objeto de análisis, radica en que si bien es un espacio que proyecta la existencia de objetos, discursos, y sujetos en función de interpretaciones establecidas, la expresión artística (el artista y su obra) se da en un entorno de relaciones sociales cuyas variables derivarán o no en ese culto como consecuencia de esa interacción social, que más allá de aspectos cuantitativos como la circulación o el consumo, la misma posee un origen espontáneo y no forzado, y esa condición tal vez sea la fortaleza más notable de dicho proceso.
La condición de culto como tal suele ser transversal a los distintas paradigmas culturales, más allá de que puede verse condicionado por éstos, ya sea de manera positiva o negativa, pero es ahí donde radica probablemente su mayor grado de relevancia, pues un artista o estilo puede transitar diferentes paradigmas sin perder su rasgo esencial de culto y no tanto por la acción u obra del propio artista, sino por el celoso instinto conservador de los cultores que pueden ser hasta más influyentes que el propio impulsor, es decir el artista.
Supongamos que un grupo determinado conforma un sector de élite o minoría que conserva y atesora una suerte de patrimonio exclusivo que no puede corromperse por la “tiranía de las masas”, pero sin embargo por una cuestión de variables, el mito se expande e inexorablemente el colectivo global por intermedio de sus fuerzas naturales se apropia del producto y luego su evolución podrá desembocar o no en la irreversible lógica mercantil, causando decepción en los fieles primerizos, en una suerte de desvirtuamiento de su culto que ya perdió pureza distando mucho del culto original. Aquí no se aplicaría una lógica rousseuaniana en cuanto al derecho del “primer ocupante” que determine un valor en sí mismo a aquellos que gestaron el “culto” pero sí conservarán, probablemente en su jerga interior, una suerte de título honorífico de ser cultores iniciales de…
Se puede apreciar claramente este tipo de situación en casos como Nirvana, que a más de 30 años de la muerte de su líder, se regeneran nuevas tendencias que se manifiestan en remeras y otros artículos de forma masiva en generaciones más jóvenes, más como acto de reproducción de cierto modismo que por la propia adhesión y cercanía musical a la banda, lo que suele molestar a algunos cultores o descendientes directos de la banda por una cuestión generacional al sentirse probablemente desplazados por la réplica en formato de posible moda pasajera.
No es éste el único dilema que enfrentan los cultores y el posible desviamiento de su creación (Culto), ya que el propio artista puede ser partícipe de este desfasaje al tomar caminos o decisiones que van en detrimento del propio cultor y la concepción ideal que éste creó del artista, como pueden ser acciones de índole político ideológico o filosófico, adherirse a determinadas causas o sectores o tomar determinadas posturas que incidan en su rol como artista, o también obviamente desde lo musical a través de cambios o redefiniciones en su obra que los cultores no consideran pertinente o aceptable. Sin ser específicamente artistas de culto o entrar en clasificaciones similares, sabemos igualmente lo caro que le costó a Metallica, por ejemplo, su supuesta reconversión experimentada en sus discos Load o Reload, proceso que llevó incluso en su momento a varios fans a abandonar su fidelidad o entusiasmo por el grupo liderado por Hetfield y Ulrich.
- 3. Artista – Cultor o Cultor – Artista: una simbiosis que puede volverse dialéctica.
Desde un sentido hermenéutico, creo que es necesario definir qué implica ser un artista de culto en estos tiempos, incluso si el concepto no se redefinió con los vertiginosos cambios comunicacionales y tecnológicos experimentados en los últimos 20 años aproximadamente. ¿La masividad y la apropiación de posibles colectivos o grupos sobre ciertas tendencias o expresiones son factores tan diferenciales hoy en día? ¿Es una forma más valedera que nunca el preservar como instinto de conservación a ciertos artistas o estilos con la intención de que sigan siendo vanguardias en este obstinado presente caracterizado por el imperio de los acontecimientos algorítmicos, o implica esto una limitación para el propio artista? en cuanto a que su obra es una consecuencia de su capacidad y talento y por lo tanto no debe estar condicionada por lo que su público considera apropiado acertado o no…
La clave radica en determinar hasta qué punto el artista es un mero producto de su gente y se debe incondicionalmente a ella y a la proyección de deseo y pulsión de la misma objetivada sobre el artista a partir de la idea de que esa sinergia lo posicionó en cierto lugar.
¿Es el artista una especie de entidad ajena e impermeable de todo contexto? Pues si logra mantener cierto equilibrio entre factores como obra, esencia, perfil y demás y trasciende generaciones sorteándolas como virtud de aquellos que no se deterioran con el paso del tiempo, es probable que pueda mantener su investidura de artista de culto. Pero a su vez, ¿una vez que un artista supera ciertos rangos o estandartes deja de ser culto? Y en caso de que sí sea, ¿en que se convertiría? Por poner un ejemplo, ¿Los Redondos dejaron de ser de culto cuando los cultores ricoteros se volvieron masas incontrolables hasta para el propio grupo? ¿Influyó esto en la calidad de su obra musical? En el caso de los mencionados, su obra musical. a mi humilde entender, fue en permanente ascenso sólo truncado por el final abrupto de su carrera, pero tal vez esa irrupción repentina si fue consecuencia de la incontrolable magnitud y ascendencia generada sobre el público más allá de su propia obra, jugando allí otros factores extra musicales que pusieron a la banda o más precisamente a uno de sus integrantes en un lugar cuasi mesiánico, rol que continuó reproduciendo de hecho como solista. Pero no es la idea de este artículo atribuir responsabilidades ni roles pre establecidos, pues el vínculo entre cultores y artista puede verse condicionado por variables también externas como la idiosincrasia y el entono donde se produce el fenómeno. Pues no olvidemos antes que nada que el “culto” como tal es producto de un fenómeno social, por lo cual hay un sinfín de alternativas que pueden ser claves para un análisis integral que responda parte de las preguntas planteadas.
En principio, la idea de “culto” no debería afectar la obra del artista en aspectos cualitativos ni repercutir en ella, y si la masificación es producto de una reacción espontánea, no tendría que alterar tampoco los lazos primarios que forjaron esa interacción tan peculiar. Es más, podrían reforzarlo si cada actor en dicha interacción entiende bien su rol y actúa en función del mismo, como es el caso de un Neil Young o Nick Cave, donde las reglas parecen haber sido siempre claras y la lógica del culto al no haber sido nunca exacerbado, mantuvieron las distancias debidas a pesar de la masividad; es decir, reinó la coherencia de ambas partes como hilo conductor.
- 4. El culto como acción colectiva desde el punto de vista referencial.
El culto como tal es un concepto profundo que antropológicamente implica una fuerte adhesión o vínculo a algo, ya sea una entidad abstracta o tangible. Esa adhesión se materializa en ritos, conductas, actos vinculantes, etc. que reproducen ciertas lógicas comunales, llegando a expresar hasta grados de sometimiento si el vínculo se torna insano. En el caso de la música concretamente, algunas conductas de fanatismo se han tornado cuasi obsesivas, pero convengamos que es la excepción y no la regla.
Lo fundamental aquí (en el caso de la música) es que la entidad no es abstracta (aunque algunos cultores pierdan de vista ese detalle) ni tampoco su vinculación es iconoclasta; aquí hay referencias humanas -por más que algunos sean endiosados por momentos- y por lo tanto son seres con aciertos y errores. Tal vez el ejemplo más elocuente sea Johnny Cash, quien transitó etapas que van desde el anonimato al culto y a la consagración definitiva sin permitir que sus desbordes emocionales o cuestiones personales afecten su intachable carrera como artista ni que los cultores se apropien de su lado humano; por el contrario, en mi opinión, lo fortalecieron.
Debemos considerar que el artista sigue una línea evolutiva que varía según factores externos e internos, pero el artista de “culto”, una vez que logra esa suerte de aureola, no tendrá una línea evolutiva definida, pues su relación con el devenir temporal podría ser la clave. Es decir, artistas como Nirvana o Joy Division no precisaron de carreras extensas ni obras fluctuantes y pulidas. En el caso de la primera, tan sólo cinco discos (cuatro de estudio) fueron suficientes para gestar un culto que a su vez fue masivo y que se fortalece generación tras generación sin perder un gramo de vigencia. Y en el segundo caso, tan sólo dos discos editados oficialmente alcanzaron para generar un culto que se transformó en legado inevitable. Ambos casos, de todos modos, tienen aspectos en común que no son menores, no sólo desde lo musical sino también desde lo sociológico. En el caso de Joy Division (siguiendo un orden estrictamente cronológico) el grupo surge como banda de un circuito under y particular como el manchesteriano de mediados de los ’70, caracterizado por un contexto de avidez y necesidad de renovación, movida gestora de escenas alternativas y pro vanguardistas, donde la conexión entre artista y público es genuina e intensa y en modo horizontal más que vertical. Algo similar sucede con Nirvana y su procedencia, pues también surgen en cierta forma de contextos sociológicamente parecidos, ya que la escena under de Seattle de mediados de los ’80 y principios de los ’90 se caracterizó históricamente por ser un circuito lleno de inquietudes y demandas canalizadas por y desde el arte. Ambas son ciudades industriales con altibajos, cuya clase trabajadora experimentó una suerte de conciencia de clase muy influenciada por la música, contexto del cual se generaron movidas fuertes, de lazos originarios y plenamente identitarios. Por lo cual, no es extraño tampoco que se proyectaran figuras como Ian Curtis o Kurt Cobain, portadores de una sensibilidad tanto humana como artística que posibilitó vínculos empáticos (en el sentido más amplio del término), donde el sentimiento más espontáneo se traslucía en su obra y generaba por lo tanto una interacción de la misma naturaleza. Esa noción de desamparo y desolación que ambos evocaban en sus letras y en su música, tenía un sentido real que era compartido en principio por una generación de coterráneos. Ian Curtis expresaba en una entrevista que sus letras no podían escapar de la oscuridad, ya que todo el escenario que alguna vez representó felicidad para él, había desaparecido y no era más que una desolada y fría planta química. Y Cobain, en un sinfín de ocasiones también expresó que su contexto de angustia y desolación habían sido forjadores fundamentales de su esencia, tanto como artista como ser humano. Por último, no podemos dejar de mencionar que ambos casos están marcados por una muerte abrupta y temprana, y eso generó lazos aún más fuertes de inmortalidad artística y cultos que lejos de apagarse, se intensificaron. Pues sin dudas que uno de los factores claves yace en que cuanto más fuerte son los lazos originales y más intensos los aspectos identitarios que unen a público y artista, más fuerte será el culto por ser más genuino y por ello más duradero. Es decir, el tiempo no será un factor de debilitamiento sino que por el contrario agrandará el mito, ya que los cultores son los fieles continuadores del legado en clave musical, estética, actitudinal, etc., “protegiéndolo” incluso de posibles modas oportunistas producto de la frivolidad que caracteriza estos tiempos. Aclaro que este paralelismo está basado en las similitudes previamente expresadas y no con ánimo comparativo, ya que ya que existen diferencias notorias como el alcance, la popularidad y masividad que han alcanzado una y otra banda pero con un legado muy similar desde su impronta y su esencia.
- 5. Los guetos culturales.
Etimológicamente, el concepto de Culto remite al confinamiento, la segregación que se daba, por ejemplo, en la Edad Media entre judíos y cristianos. Pero también siguiendo en la misma línea, la condición de marginalidad de estos grupos segregados posibilitó la organización de actividades culturales tales como conciertos o producciones teatrales, los cuales reforzaban los vínculos comunitarios entre los miembros del gueto generando un verdadero sentido de pertenencia surgido de una realidad originariamente deshumanizante, donde la propia impronta monolítica consolidaba una coraza para el gueto a través de la adopción de patrones culturales.
Este proceso podía ser en principio la resultante de un instinto de supervivencia, pero luego podía significar una suerte de superación de dicho gueto, logrando consolidar y expandir sus lazos como comunidad. La misma lógica podríamos decir que se aplica en el caso de los artistas de culto y sus cultores, donde si bien la clave es la retroalimentación, los miembros del rito pueden trascender al propio artista. Es decir, su culto nace y se inspira en la obra y en lo que representa o ellos perciben, pero el mismo crece y desarrolla independiente del segundo sin necesitar de la existencia tangible del icono, sí de su obra. Esto se podría simplificar en la conclusión de que el ejercicio del culto es, de alguna forma, la continuación y expansión del legado.
- 6. Conclusiones de este humilde servidor.
Si bien este es un tema cuya resolución depende de cuestiones subjetivas derivadas en interpretaciones, se ha intentado durante el artículo despejar algunas cuestiones y sumar elementos que contribuyan a una visión más amplia respecto al tema. Probablemente la mayoría de las preguntas disparadoras a lo largo del mismo no fueron del todo respondidas, pues la misión no era encontrar exactitud ni verdades reveladoras en cuanto al hecho, pero sí que se pudieran, al menos, ratificar algunos de los conceptos vertidos.
La pasión, la lealtad, la adhesión desde un colectivo determinado hacia un artista, componen la interacción primaria de lo que podríamos considerar de culto. Interacción que se manifiesta en clave de nichos o sectores en principio minoritarios, que no quita que luego el artista pueda consagrarse a gran escala y volverse masivo, pues ahí la suerte del culto dependerá de otros factores. El culto para reunir las condiciones de tal debe preservar cierto nivel de coherencia y homogeneidad y una noción de territorialidad que si bien puede atravesar fronteras físicas y temporales, debe mantener parámetros gestados en esa interacción inicial. Tal vez los ejemplos más ilustrativos de lo que podemos considerar como artistas o bandas de culto sean casos como el de Grateful Dead, The Velvet Underground, Wilco, The Smiths, The Cure, donde si bien en algunos ejemplos la masividad es indiscutible, como el caso de la banda liderada por Robert Smith, tienen en común el aspecto identitario que define vínculos peculiares y con lógicas propias de relación entre público y artista.
En síntesis, hablamos de un grupo determinado de individuos que siente una plena identificación hacia una banda (en principio no demasiado masiva) y reproduce a partir del mismo un sentido de pertenencia mediante conductas, comportamientos, actos que pueden manifestarse a través de aspectos como la jerga, la gestualidad, indumentaria, etc. Desarrollados a su vez en ciertos entornos propios (los “no lugares”), y forjar hasta pautas de índole filosófico o ideológico que pueden concebirse incluso independientemente del artista en cuestión, con o sin la anuencia del mismo, pues sólo el ideal que el cultor realiza o interpreta puede resultar suficiente para consolidar y establecer parámetros concernientes al culto.
En conclusión, un artista, una vez que trasciende a través de su obra y genera una resonancia, puede pasar a representar una idea basada y objetivada en el deseo y la percepción de sus seguidores, pudiendo ser beneficioso para el mismo y fortalecerlo o no, dependiendo esto de las variables manejadas a lo largo del artículo.
Gonzalo Guido

