
«Los faros encandilan en la curva
Los muros, fríos como tumbas
Esta noche no entiendo lo que pasa en mí»
Una llovizna fría, intermitente, zumbona, caía sobre Montevideo.
Aquel otoño extraño, extraño como yo.
Las luces de los autos alumbraban las esqueléticas siluetas de los árboles.
Alumbraban también a algunas chicas.
Esas que paran siempre en la misma esquina y muchas veces contra su voluntad.
Para en la misma esquina con frío, calor, tristeza, golpes, hijos, desamor y soledad.
Paran en la misma esquina a venderle un rato de cariño a algún estúpido.
Subí el cuello de mi chaqueta de cuero y pasé entre ellas, rumbo al bar, pedí un whisky doble y me acomodé frente al ventanal que da a la calle Gonzalo Ramírez.
Por un rato, pagué el derecho a calentarme el pico.
Pagué el derecho a perderme en el paisaje, lleno de charcos, neón, transeúntes y fantasmas.
Di el último sorbo, me levanté mareado, atravesé la puerta y la madrugada me abrazó como a un hijo.
Con paso lento fui hasta la rambla, las olas marrones golpeaban el murallón con fuerza.
Y el viento salado se llevaba mis lágrimas.
Tenía arena en los ojos y clavada en la nuca, la mirada vidriosa de alguien que no supe cuidar.
Ni un alma, ni siquiera la mía.
Un hombre triste, fumando solo.
Mientras las olas iban y venían, como toda alegría en mi vida…
«Cuántas veces
Tan tarde
El viento, el viento
El viento, el viento se levanta
Tantas veces
Tarde
Lamento, lamento
Lamento, lamento lo que no te di»
Niko Pérez

